lunes, 17 de junio de 2019

Laboratorio lector


Laboratorio lector presenta una visión amplia, interdisciplinaria y divertida de la lectura. Es solo un libro, pero incluye toda clase de experimentos, como en unos auténticos «juegos reunidos»: comprobar la amplitud de las fijaciones oculares, descubrir los automatismos del cerebro, tomar conciencia de las inferencias que hacemos o de la manera en que trabaja la memoria o revisar las estrategias con que exploramos un escrito para detectar su intención, su estructura o su ideología.


Nos dicen, por activa y por pasiva, que leer es divertido, que nos lo tomemos como un juego. Sin embargo, los jóvenes, en cuanto alguien intenta sacarles el tema, ponen los ojos en blanco y suspiran, aburridos de antemano. Los profesores, incansables, intentan demostrarlo, pero se desesperan. “Misión imposible”, dicen. Parece que sólo algunos elegidos tuvieran “el don de la lectura”, el interés por los libros, la paciencia para pasar páginas. Nada de eso. Como una especie de mediador, de experto que coge de las manos a las dos partes implicadas y las lleva a un punto intermedio actúa Daniel Cassany con su último ensayo, Laboratorio lector, publicado por la editorial Anagrama en su colección Argumentos, y donde reivindica precisamente eso: que leer es divertido, es un juego y es estimulante. Y que además, es una herramienta imprescindible para desenvolverse en este mundo moderno. El problema estriba en que, hasta ahora, no hemos sabido transmitirlo. ¿No os lo creéis? Pues seguid leyendo porque esto no ha hecho más que empezar.
             Ya lo revela el título: estamos en un laboratorio, un lugar donde se hacen experimentos, se disecciona y se observa, se ensaya y se toman notas, se investiga y se mezclan elementos, se prueban cosas nuevas y se produce el asombro, la sorpresa o el error. Pues eso es lo que vamos a hacer, pero con la palabra. Metamos el lenguaje en el tubo de ensayo y veamos, por ejemplo, cómo funcionan el cerebro y los ojos en el proceso de la lectura, aprendamos a interpretar entre líneas, a resumir y a construir significados, acostumbrémonos a ser lectores críticos, a dialogar con los textos y adivinar las intenciones de los autores. Y atención, porque aquí está una de las grandes aportaciones de Cassany en este ensayo, también aborda el peliagudo asunto de las fake news, del exceso de información en internet y de la manipulación y la posverdad. El libro, de principio a fin, tiene un objetivo claro y es el de hacer accesible la comprensión lectora. Fíjense que estamos en una sociedad en la que los jóvenes entienden menos lo que leen, en la que tenemos un problema (y grave) porque el mensaje no llega al receptor.
             No sé si conocéis a Daniel Cassany, pero dando conferencias es un auténtico showman. Tiene el carisma de la gente a la que le apasiona lo que hace, tiene la seguridad del que maneja la materia de la que habla. Y eso, precisamente, se contagia a este libro, que funciona como una guía, como una hoja de ruta para ir acercándonos a ese camaleón que es la palabra. El autor –qué lúcido– nos está haciendo un regalo porque nos está proponiendo ejercicios, juegos y experimentos para trabajar nuestras habilidades con algo imprescindible, que va a marcar nuestra relación con el entorno y que vamos a usar siempre: el lenguaje.
             Leer, señores y señoras, no es identificar las letras. Leer es entender qué dice un texto. Y eso es lo que nos enseña Laboratorio lector. Poneos los guantes y la bata blanca y preparaos para trabajar con la palabra. Vamos a sentir su peso y tu textura, vamos a jugar con ella, a experimentar, a darnos cuentas de cuál es su poder. Y es justamente esto lo que provoca este libro: asombro ante la magia del lenguaje, ante sus infinitas posibilidades. Os estoy hablando a vosotros, a los profesores, al alumnado, a los lectores y a los que siguen insistiendo en que leer no va con ellos: esta guía es para todos. Leedla y os daréis cuenta de que al final resulta que sí, que leer es un juego.
 

viernes, 14 de junio de 2019

Un pájaro quemado vivo


En el curso de los años, el piso principal de las Tres Palmeras se transformó en lugar de culto y campo de batalla. Allí, Paula Pinzón Martín venera la memoria de su madre muerta, la divina Celestina Martín, y los fetiches de la tiranía. Allí, evoca la guerra civil que su padre, el brigada Abel Pinzón, ganó contra los republicanos, pero sin haber sabido sacar frutos de la Victoria. En una ceremonia cruel e irrisoria, Paula se entregará al último combate de la memoria, una lucha monstruosa donde la realidad cuenta menos que los delirios de lo imaginario.


Es imposible que uno olvide qué estaba haciendo cuando se enteró del atentado de las Torres Gemelas, dónde estaba cuando conoció al amor de vida o cómo le dijeron que era el seleccionado para ese trabajo que tanto quería. Y también es imposible no recordar la sensación que tuvo cuando leyó por primera vez al autor -injustamente desconocido- Agustín Gómez Arcos. Leí El cordero carnívoro hace diez años y, tras cerrar el libro, estaba taquicárdico, rojo de emoción, con la garganta seca; supe entonces que la lectura era también una actividad física con poder para hacerme sudar, para provocarme sofocos, para dejarme casi al borde del desmayo. Le siguieron después Ana No, El Niño Pan, La Enmilagrada… y mi admiración no hacía más que crecer, que hacerse más sólida. Desde ese momento, Agustín Gómez Arcos se convirtió en un mito, en una leyenda, en mi tesoro. Y de él vamos a hablar hoy con la excusa de la publicación de Un pájaro quemado vivo, la última de sus obras publicadas en castellano, rescatada gracias al empeño de la editorial Cabaret Voltaire y que he devorado en sólo un par de días.
             Paula Pinzón, la mujer de la mirada bicolor a la que todos temen y que vive apartada de todos, atrincherada en sus recuerdos, recibe un día cualquiera el telegrama con el anuncio de la muerte de su padre, un brigada mediocre y derrochador, un hombre sin demasiadas aspiraciones en la vida, al que ella ha odiado rabiosamente desde niña y que, tras la larga enfermedad de su madre, formó otra familia con la puta Luciérnaga, a la que ya visitaba cada noche desde mucho antes. Este telegrama, enviado por su hermanastra, sirve a la protagonista para abrir la presa de la memoria y dejarse enterrar bajo sus odios y sus venganzas, bajo la historia que ella misma se ha creído. Paula construye su identidad con dos certezas: la adoración por su madre muerta, que era frágil, delicada y siempre enferma; y el desprecio por su padre, culpable, cree ella, de todas sus desgracias. La acompañan en esta historia el cura tragón, la vieja roja que lleva una peluca rubia a la que ella esclaviza como criada y un joven-amante, con tendencia a la masturbación y con el que ella ha conocido el vicio. Un pájaro quemado vivo trae de vuelta el asfixiante universo de Gómez Arcos, el de las casas en penumbra, el de los odios enquistados y las venganzas cotidianas, el del deseo y el pecado como castigo y como sufrimiento, el de los dolores íntimos de la España de la posguerra, de la primera democracia, el de la gente que sufre y que sólo sabe hacer daño a los demás para sobrevivir.
             Agustín Gómez Arcos, para los que no lo sepan, es todo un referente literario en Francia, adonde emigró durante la Dictadura y donde empezó a escribir en francés. Allí, en el país galo, ha quedado finalista del prestigioso premio Goncourt, fue condecorado con la Orden de las Artes y las letras Francesas con grado de cabalero y oficial y allí, fíjense, se estudia en las escuelas. Es ahora, gracias –insisto- a la editorial Cabaret Voltaire cuando empieza a conocerse en España, a traducirse muchos de sus títulos a su idioma materno. Quédense embobados con su prosa, con esa dureza poética, con esa innegable virtud para zarandearnos, como si las palabras fueran piedras que va lanzando al lector. Y uno, es cierto, sale magullado de la lectura, con la sensación de que lo han herido en alguna parte.
            Un pájaro quemado vivo es un paisaje de negros y blancos –ahí no caben los grises-, de niñas que odian a sus padres y de rencores que trepan por las casas como las enredaderas. Es un retrato nada complaciente de un país cruel donde los curas quieren hartarse a comer, los rojos sólo quieren que los dejen tranquilos y los muertos vuelven para torturar a los vivos. Y por si el ambiente fuera poco estimulante, les hablo también de esa prosa plástica, de ese chorreo constante de poesía, de ese estilo modelado con sangre y furia. A veces, me entran ganas de gritar a los cuatro vientos que leáis a Gómez Arcos, que hagáis el favor de hacerme caso. Otras veces, sólo quiero callármelo y que sea un secreto sólo mío, un placer que sólo me pertenece a mí. Supongo que no hay vuelta atrás: Gómez Arcos es ya uno de los grandes, sólo queda que los lectores españoles nos demos cuenta. Ya saben lo que se están perdiendo. 

miércoles, 12 de junio de 2019

Las cartas de la Pirenaica


Radio España Independiente, la emisora del Partido Comunista de España, fue el más potente altavoz del antifranquismo entre 1941 y 1977. Durante estos años, el programa "Correo de La Pirenaica" dio lectura a las cartas que desde España o desde los países de la emigración sorteaban la censura o las dificultades de comunicación para contar sus experiencias personales y sus anhelos de libertad. Este libro analiza el contenido de las cartas que se han conservado, unas 15.500, e identifica a corresponsales y oyentes, los "ojos y oídos de La Pirenaica", entre los cuales se encuentran antiguos combatientes republicanos, exiliados, expresos, obreros, campesinos, mineros, profesores, amas de casa, escritores y estudiantes. Las cartas de La Pirenaica recogen un largo memorial de agravios, comenzando por los recuerdos dramáticos de la guerra civil y el reguero de fosas comunes, prisiones y vejaciones que dejaron los vencedores. Contienen la peripecia de los inmigrantes que abandonaron sus pueblos, la lucha por la supervivencia en los suburbios, la indignación por la insoportable carestía de la vida y la falta de acceso a una educación digna.


Los derrotados necesitan el consuelo, saber que no están solos. Los derrotados buscan desahogarse, sentirse de algún modo acompañados. Los derrotados, los que tienen que callarse y agachar la cabeza –eso si sobreviven-, los que pierden la esperanza y también el futuro, reivindican el derecho a lamerse las heridas, a defender un mínimo de dignidad. Y de esto vamos a hablar hoy, del honor de los que pierden, del dolor callado de esa media España que se posicionó en el bando ‘equivocado’ durante la Guerra Civil y que se vio obligada a penar durante cuarenta años. Analizamos Las cartas de La Pirenaica, un estudio publicado por la editorial Cátedra y dirigido por Armand Balsebre y Rosario Fontova, que, como dice el subtítulo, se presenta como una memoria viva del antifranquismo. La Pirenaica, para los que no lo sepan, fue la Radio Independiente de España, la emisora del Partido Comunista y voz de los silenciados durante más de treinta años. Fue el testimonio detallado del genocidio.
             El 22 de julio de 1941 emitió por primera vez la Pirenaica, la radio del Partido Comunista de España que estaba dirigida por La Pasionaria y que se convierte enseguida en refugio de los derrotados, de los rojos, de los perseguidos. No es necesario recordar que estaba prohibida en nuestro país y que había que escucharla a escondidas. Los autores recopilan y estudian hasta 15.000 cartas que los oyentes mandaron durante más de treinta años a la emisora y que dibujan otra España, la que no se conocía, la que parecía no existir, pero en la que encontramos testimonios absolutamente desgarradores: se habla de los paseíllos en los que los soldados del bando vencedor se llevaban a los rojos y los fusilaban en las tapias de los cementerios, se habla del hambre, de la cárcel y de las pulgas, se habla de los excesos de los señoritos, de la represión y las huidas, del estigma de ser rojo. Este ensayo está lleno de muerte –de maridos, hijos, hermanos con un tiro en la cabeza-, de hambre y de silencio, está cuajado de sufrimiento, de miedo. Es un documento bestial, sobrecogedor y, a la vez, necesario. 
             Es impresionante el trabajo de estos dos investigadores, que han conseguido poner orden en 15.000 cartas que son 15.000 historias de gente que sufre y que se jugó la vida para mandarlas a La Pirenaica. Está escrito con pulcritud y sensibilidad, con una misión clara: enseñar una realidad sucia porque en estas cartas no están sólo las quejas y el sufrimiento sino también la solidaridad, la comprensión, el apoyo de los iguales porque ¿quién va a entender mejor un sufrimiento que otro que está pasando por lo mismo? Era también un servicio público porque, por ejemplo, usaban la radio para delatar a los chivatos, para alertar de lo que pasaba en algunos pueblos. Los derrotados fueron valientes, conservaron la última pizca de dignidad para compartir su dolor públicamente, para darse ánimos, para decirles a otros derrotados que tenían que aguantar.
            Las cartas de La Pirenaica es Historia de España, pero de esa España vencida y abatida, constantemente perseguida, que pasó hambre, que soñó con huir y que lloró a sus muertos en silencio. Todo en silencio. En este régimen de opresión, los comunistas, los rojos, los derrotados encontraron en la emisora comunista, también llamada Radio Verdad, un lugar de encuentro y de alivio, un lugar en el que alzar la voz, una práctica de riesgo, pero también una necesidad. Y leer este libro es como abrir el balcón en pleno invierno: la carne siempre de gallina, el pecho tiritando. El alma, colgando de un hilo. Porque es la historia de miles de españoles muertos de miedo ante La Bestia. Y uno, ante estas páginas, siente también el miedo. Siente que La Bestia lo está mirando desde algún lugar. 

martes, 11 de junio de 2019

Darwin viene a la ciudad


Las ciudades constituyen un ecosistema nuevo, diferente y acelerado. En ellas conviven multitud de especies, que deben buscar nuevas estrategias de supervivencia para adaptarse a un entorno siempre cambiante. Hay lagartos con patas adaptadas al asfalto. Las cotorras invaden los parques de París, mientras que los escarabajos australianos se sienten atraídos sexualmente por las botellas de cerveza. Más cerca, tenemos peces acostumbrados a la contaminación de los ríos, mariposas que cambian de color según la polución del ambiente y flores que diversifican la forma de sus semillas. La evolución ya no es cosa de entornos apartados, ni se produce a lo largo de los siglos: se está produciendo aquí y ahora, en los entornos urbanos, prácticamente ante nuestros ojos.



Acérquense, no se pierdan este espectáculo. Háganme caso, nunca han visto nada igual. La Naturaleza es inagotable en su capacidad de sorprendernos, de hacer algo parecido a la magia. Lo que les voy a contar va a cambiar –y para siempre- la forma en la que ustedes van a ver su entorno, su calle y su ciudad. Van a dejar de observar los paisajes con sus ojos de humanos. Todos hemos escuchado hablar de la evolución de las especies, de la selección natural, de todas esas transformaciones que tardan siglos en apreciarse en los seres vivos. Pues les adelanto que quizás no hagan falta siglos para verlas, que quizás vamos a ser testigos directos de esta revolución. Y el responsable no es otro que Menno Schilthuizen, importantísimo biólogo e investigador, autor del libro Darwin viene a la ciudad. Evolución de las especies urbanas, un ensayo publicado por la exquisita editorial Turner Noema que nos muestra –nos lo pone frente a las narices- cómo las ciudades están obligando a muchísimas especies a evolucionar para sobrevivir. Sí, así, como lo oyen. Muchas especies están experimentando cambios para adaptarse a las ciudades, para convivir con los humanos, para acostumbrarse al asfalto, al ruido, a los coches. ¿No se lo creen? Sigan leyendo. 
             El futuro a corto y medio plazo, supongo que ya lo intuyen, será de las megaurbes, donde se concentrarán hasta diez millones de habitantes. Estos espacios, donde hay más polución e incluso hasta doce grados más que en los campos circundantes, no sólo estarán poblados por seres humanos sino también por animales. ¿Nunca lo han pensado? ¿Cómo influyen las ciudades (y todo lo que conllevan) en la evolución de las especies? Por lo pronto, quédense con algunos ejemplos: pájaros que usan colillas de cigarros para hacer sus nidos, aves que, para comunicarse con sus iguales, han desarrollado un canto más agudo en medio del ruido del tráfico, perros de una determinada zona que ya miran a los dos lados antes de cruzar la carretera, plantas silvestres más variadas en las zonas con inquilinos más pudientes, escarabajos que copulan con botellas de cerveza porque las consideran irresistibles e incluso pájaros que han aprendido a esperar en los semáforos a que los coches paren para ponerle bajo las ruedas nueces y que así se las abran. No me digan que no se quedan con los ojos redondos, mudos de asombro. Y esto, señores, es sólo un adelanto de lo que las ciudades están provocando en el mundo animal y vegetal, una muestra de cómo no somos la única especie de va a colonizar las grandes urbes. 
              No hace falta recurrir a la ciencia-ficción cuando tenemos Darwin viene a la ciudad, un ensayo rigurosísimo pero accesible sobre un tema en el que pensamos muy poco: cómo los animales también se están adaptando a las ciudades. A nosotros, en varias generaciones, se nos desarrollará el pulgar para poder manejar mejor la pantalla del móvil y los lagartos tendrán las patas más fuertes o los pájaros los picos más largos para adaptarse al nuevo entorno. El cambio ya está en marcha y es imparable. Este libro es una clase magistral, una catarata de conocimiento. Y es que, no en vano, estamos en manos de uno de los mejores en este campo, el autor, que tiene la virtud de hacer este tema interesante, cercano, estimulante, incluso para lo que no somos expertos en la materia.
             Darwin viene a la ciudad para enseñarnos a mirar nuestro entorno con otros ojos, para que nos fascinemos con lo que hace el afán de supervivencia de los animales, su empeño por sobrevivir. Este ensayo está tan bien planteado que se lee como un cuento o como un libro fantástico, uno pasa las páginas con absoluta devoción porque nos habla de lo que pasa aquí y ahora, en nuestras ciudades. Y sepan algo, que los animales urbanos son más listos y están más abiertos a los cambios que los de su especie que viven en el campo. Léanlo, maravíllense y sientan esas ganas de salir a la calle y de mirar el cielo, los árboles, el suelo, porque la magia está ahí fuera, aunque Menno Schilthuizen nos haya mostrado un poco en este libro. Imprescindible 

miércoles, 29 de mayo de 2019

Donde me encuentro


Una mujer camina por una ciudad contemplando su soledad y la de quienes la rodean. A medida que se desarrolla su día a día -de una librería a la consulta de su terapeuta o a un restaurante- se sorprende con la súplica silenciosa de una lápida en la carretera, el diálogo accidentado de un padre con su hija, el recuerdo del encuentro con la inesperada amante de su antigua pareja o la silueta de un puente al anochecer. Cuando se cruza con el novio de su amiga por la calle, las posibilidades agridulces de un amor inexplorado la llevan a interrogarse acerca de su aislamiento y libertad, y cómo ha repercutido en sus relaciones afectivas. Donde me encuentro sigue a esta mujer a través de las cuatro estaciones, dejando que cada una desvele un poco más sobre quién es mientras ella averigua qué es lo que realmente quiere.


La soledad florece en muchos lugares. La soledad tiene muchas caras y muchos días. La soledad, en algunas vidas, es algo sólido, duro, como una piedra o un animal muerto, como una costra sobre la piel. La soledad es eso a lo que no queremos mirar ni ponerle nombre, es eso que nadie reconoce, aunque está ahí, dentro y fuera de casa, en el bar de la esquina y en la parada de autobús. Pero no soy yo sino Jhumpa Lahiri la que nos va a hablar de soledades y silencios en ésta, su última novela, Donde me encuentro, publicada por la editorial Lumen y escrita por primera vez, como ya hiciera otros escritores como Vladimir Nabokov, Joseph Conrad, Samuel Beckett, Milan Kundera u Oscar Wilde, en una lengua que no es la suya, el italiano.  Donde me encuentro es el paseo que nosotros, los lectores, hacemos por un barrio de la mano de la narradora, una mujer que reflexiona sobre su vida, sobre el paso del tiempo y las expectativas, sobre lo que no puede compartir.
             Confieso antes de seguir escribiendo que Jhumpa Lahiri es de mis autoras predilectas, de ésas que uno lee con los ojos cerrados –entiendan la metáfora-. La admiro y la sigo desde que publicó Tierra desacostumbrada, un potentísimo libro de cuentos al que vuelvo cuando necesito reconciliarme con la literatura. Donde me encuentro funciona a modo de relatos pequeños –cada capítulo es un lugar, una avalancha de recuerdos- y el planteamiento es tremendamente sencillo: una mujer que camina, que visita los lugares que componen su día a día, por ejemplo, el bar, la librería, la casa de su amiga, y a los que ella se siente unida por cualquier motivo. Los espacios físicos son la excusa para irnos enseñando otros espacios, los emocionales, en los que nos encontramos a una mujer soltera, sin demasiada confianza en la vida, y que arrastra una relación complicada con la madre. Y ahí se encuentra uno de los temas más fascinantes de Donde me encuentro: la relación madre e hija, a las que une un afecto desdibujado, un amor frío, un silencio feroz. Estamos, pues, ante una mujer sola, sin anclaje en su entorno ni tampoco en su familia.
             Lean a Jhumpa Lahiri sólo por el placer de leer, de dejar que la musicalidad entre en sus oídos y les coloque al borde del ensimismamiento. Es una prosa sencilla y cuidada, potentísima en la claridad, en esa maravillosa virtud de llamar a las cosas por su nombre. Y no hay grandes alardes en el estilo sino una –creo yo- manifiesta intención por contar la soledad como algo íntimo, cotidiano, como quien toma un café a toda prisa en un bar de mala muerte porque aquí, en esta novela, la soledad no se mitifica, no es algo dramático ni gigante, es un líquido que va empapando el día a día. Como encontrarse un céntimo en un bolsillo del pantalón, algo posible.
            Donde me encuentro es ese momento de reflexión en el que uno –usted, yo- hace balance del momento presente, de qué ha conseguido, de quién lo acompaña. Son las reflexiones con las que uno cose su existencia, con las que uno le da sentido a lo que es. Y aparece la soledad, claro que aparece, como un estado interior, como un silencio hondo, como una sensación, la de no esperar nada del destino. “Parece que ya no tengo vida”, dice la narradora en una escena. Y esto es la novela, el de una mujer que deambula por su propia vida, por su propio barrio, deteniéndose en los lugares que alguna vez significaron algo, extrañándose ante los otros, preguntándose una y otra vez dónde se encuentra 

jueves, 23 de mayo de 2019

En el jardín del ogro


Adèle parece tener una vida perfecta. Trabaja como periodista, vive en un bonito apartamento en Montmartre con su marido Richard, médico especialista, y con su hijo de tres años, Lucien. Sin embargo, bajo esta apariencia de cotidianidad, Adèle esconde un inmenso secreto, la necesidad insaciable de coleccionar conquistas. En el jardín del ogro es la historia de un cuerpo esclavo de sus pulsiones, una novela feroz y visceral sobre la adicción sexual y sus implacables consecuencias.


El deseo es, quizás, la parte más primitiva del ser humano. Nos deja a merced de los instintos, nos hace perder la cabeza, nos vuelve animales. El deseo, ustedes lo sabrán, es un calor que nace del pecho y se sube a la garganta y a las mejillas, y casi no nos deja respirar. Nos quedamos boqueando, como un pez fuera del agua. También es un hormigueo que baja hasta las piernas y nos coloca al borde del desmayo, con los ojos entrecerrados, nos obliga a apoyarnos en la pared o en una mesa. El deseo nos mantiene vivos, nos recuerda que no tenemos el control. Y de eso, precisamente, hablamos en En el jardín del ogro, la novela recién traducida de la autora francesa de ascendencia marroquí Leila Slimani, que nos trae la exquisita editorial Cabaret Voltaire –qué buen trabajo hacen- y que nos pone frente a una mujer con una vida en apariencia perfecta que necesita-busca-sufre encuentros sexuales esporádicos, una mujer que es capaz de sacrificarlo todo –su matrimonio, su maternidad, su trabajo- por el placer. O quizás hay algo más bajo esa adicción al placer.
             Leila Slimani ya nos dejó a todos boquiabiertos con Canción dulce, premio Goncourt 2016, el escalofriante relato de una canguro que termina con los niños que cuida y que funciona, de principio a fin, como un retrato demoledor de la sociedad capitalista, de la familia, los afectos y la soledad en la era moderna, de las caóticas prioridades de la clase burguesa. Llega ahora a España su novela anterior, En el jardín del ogro, que aborda, sin complejos y sin pudor, la rendición al sexo de una mujer de mediana edad, guapa, exitosa, pija, con dinero. Está casada con un hombre atento, tiene un hijo encantador, trabaja en un puesto de responsabilidad. Sobre el papel, su vida está satisfecha, debería estarlo. En la realidad, necesita seducir, necesita consumar, necesita sumar nuevas conquistas, cuando más sucias, más depravadas, cuanto más morbosas, mejor. Y es aquí donde la novela queda convertida en paseo por el laberinto de las pasiones bajas, en una radiografía de una mujer dominada por los impulsos sexuales. No sé dónde leí una vez –o si lo leí en algún sitio- que no hay sensación comparable a la de sentirse deseado, a la de ser observado con ojos de lujuria. Y esta certeza puede parecer, grosso modo, el esqueleto de la historia, pero es sólo el barniz. Detrás de la búsqueda obsesiva del sexo hay mucho más y mucho más terrible: la infelicidad consciente, la pérdida absoluta de control, la necesidad de tener algo, de conseguir a alguien, de sentir el poder. Y también están el sexo y el dolor, la bajada a los infiernos, la incursión diaria al jardín del ogro. Y como telón de fondo, fíjense, nos coloca en un debate mucho más antiguo (y a la vez, mucho más moderno): ¿rechazamos el comportamiento de Adéle, la protagonista, sólo porque es mujer? ¿Sentiríamos la misma compasión, el mismo asombro, ante un hombre con esa misma adicción?
             Los que me conocen ya lo saben: me rindo a una buena prosa, a la musicalidad de las palabras, a estética de la literatura. Leila Slimani hace gala de un estilo muy peculiar: es conciso, es directo, alguno dirán que casi frío, pero cuidado al milímetro, pulido hasta la última coma. Su forma de escribir es tan potente que no necesita alargarse en exceso ni darle demasiadas vueltas a nada. A veces, la sencillez es el camino más eficaz para contar historia, para que los lectores empaticemos con los tormentos de sus personajes. Slimani lo hace con maestría: sus propuestas se quedan largo tiempo en la memoria y en las conversaciones, con la sensación de seguir ligeramente aturdido. Supongo que ha quedado claro que estamos ante una de mis autores contemporáneas favoritas. Por su originalidad, por su elegancia. Por su valentía.
            Leila Slimani nos abre las puertas del jardín del ogro, nos deja una invitación para que entremos, para que veamos en todo su esplendor la terrible flor de los deseos. Podría ser una flor carnívora o una venenosa, de ésas tan bellas que a uno no le importa si lo deja medio muerto. Y ya les aseguro yo, que acabo de salir de ahí y que aún estoy conmovido, que es una experiencia terriblemente bella, un paseo estimulante por las pasiones humanas, un vistazo al infierno. Y en la pasión está el desenfreno, la esclavitud y, sobre todo, el placer. El sexo como salvación y perdición, como bálsamo y herida. Y sobre todo, como lugar en el mundo. 

lunes, 18 de febrero de 2019

La hora violeta


Una de las frases que más oye un padre tras la muerte de su hijo es «No tengo palabras». Todo el mundo se queda sin palabras de consuelo en un momento en que los lugares comunes suenan a insulto. Pero Sergio del Molino sí tenía palabras. De hecho, solo tenía palabras, las que forman esta historia de amor titulada La hora violeta. Este libro narra un año de la vida de su hijo Pablo, desde que fue diagnosticado de un raro y grave tipo de leucemia hasta su muerte. La hora violeta no es solo una apasionada carta de amor de un padre a su hijo, sino también la historia de una búsqueda: la de un término para referirse a los «padres huérfanos». Hay tan pocas palabras de consuelo disponibles que el idioma se ha olvidado incluso de reservar un sustantivo para quienes ven morir a sus hijos. Del Molino expresa sin medias tintas la frustración y la angustia de un padre sin incidir en descripciones sensacionalistas del sufrimiento de su hijo. 


La hora violeta es la hora que no avanza, ese momento en el que el minutero parece que no salta hacia adelante. La hora que se repite una y otra vez. ¿Y por qué? Por el sufrimiento, por el dolor que causa, porque el ser humano es incapaz de seguir, de despegarse de ella. Sí, vamos a hablar de una de las experiencias más terribles –posiblemente la que más- a la que se enfrentan unos padres, a la pérdida de un hijo. Hablemos de La hora violeta, en la que el autor Sergio del Molino –lo conocerán porque firmó el imprescindible ensayo La España vacía-, nos cuenta de la mano de Literatura Random House la corta vida de Pablo, su hijo, desde que fue diagnosticado con leucemia hasta que muerte, con dos años. Y sí, están el dolor y la desesperación, pero también el amor y la entrega; conviven en estas páginas lo peor y lo mejor de ser padres, la dulzura y el llanto, la capacidad infinita de amar. Y, como consecuencia, de sufrir.
             Deja claro el autor en numerosas entrevistas que no cree en la literatura terapéutica, que este libro en ningún modo es una novela de superación sino simplemente, y esto lo digo yo, la batalla entre un escritor y su tragedia. Él, Sergio del Molino, usa las únicas armas que conoce, la de las palabras, y la tragedia lo supera, lo abruma, lo obliga casi a rendirse. La hora violeta es, grosso modo, la experiencia de un padre que pierde a un hijo. En estas páginas, no más de doscientas, están los pasillos largos, los médicos serios y los niños calvos. Están las noches en vela, las preguntas de por qué a mí, la necesidad de buscar luz, en algún sitio, en alguna morada. En todo este recorrido triste, el autor-narrador se para a tomar aire, a reflexionar sobre lo que significa ser padre, sobre lo que implica la pérdida. Es cierto que el tema tiene algo que nos llega a todos de inmediato: el sufrimiento de un niño, pero Del Molino no se pasea por lugares comunes –al menos, no más de los precisos-, no se centra en el melodrama ni tampoco se enfanga en el dolor; es decir, no camina en círculos. Y es lo que le aplaudo: su lucidez, su serenidad, la verdad que late bajo las páginas. Es realmente conmovedor escucharlo hablar con ese amor de su hijo. Yo, os lo reconozco, necesitaba un poco de silencio cada treinta páginas. Es tal la intensidad, es tanto el dolor que rezuman estas páginas que necesitaba sacar la cabeza por la ventana, cerrar los ojos y sentir la vida.
             Capítulos cortos, frases concisas, palabras elegidas. Confesiones políticamente incorrectas, recuerdos quizás adulterados por la pena y el cansancio, las ansias de vivir, de volver al día previo al sufrimiento. Y así se narra la tragedia. O más bien, el que la narra es el autor-padre, el hombre sufriente, el ser humano que entiende que su papel es sólo despedirse. No hay grandes estridencias ni artificiosidad, todo está contado en voz baja –que es el tono de la derrota- todo está al servicio de Pablo, de su hijo. Qué generoso el narrador, qué temple para recordar con tanta dulzura. Porque leucemia y niño no debería ir en la misma frase. Y tampoco en la misma vida, como dice la escritora Lorrie Moore en uno de sus cuentos de Pájaros de América.
             La hora violeta le encomienda a la literatura la difícil tarea de ponerle palabras al dolor de unos padres, de convertirlo en algo tangible, para poder enseñarlo, para poder saber qué apariencia tiene. Sergio del Molino, narrador experimentado y analista lúcido, firma esta historia autobiográfica con una decisión clara, la de la ternura a toda costa, y con una capacidad innegable para conmover, para dejarnos plantados –de empatía, de pena–. Y uno, al final, sólo puede preguntarse cómo el dolor de unos padres puede ser contado de una forma tan bella, con tanta delicadeza. Quizás ésta sea la meta del arte, la de hacer soportable lo insoportable. 

domingo, 17 de febrero de 2019

Las cartas de Elena Francis


Elena Francis, un personaje de ficción, se convirtió en la consejera sentimental de las españolas a través de un consultorio de radio. Aunque fue concebido como motor publicitario de una empresa de productos de belleza, la influencia del programa trascendió hasta convertirse en un fenómeno de masas del brazo de la ideología nacionalcatólica. El presente estudio analiza un conjunto de cartas, datado entre 1951 y 1970, que establecen el escenario sentimental, laboral y familiar en el que se movían las mujeres de la clase trabajadora. Las cartas, que en su mayoría no se radiaron, constituyeron una vía de comunicación paralela al programa de radio y se contestaron particularmente, puesto que su contenido excedía la inocente consulta de belleza para describir graves casos de marginación, malos tratos y frustración personal. Este fondo documental confirma la supeditación de la mujer durante la dictadura a un sistema patriarcal que le vetaba la posibilidad de equipararse al varón en el ámbito educativo y social.


Esto, señores y señoras, es Historia de España, así, en mayúsculas. Es la experiencia callada de cientos, miles de mujeres durante la Dictadura, de nuestras abuelas y nuestras bisabuelas, es el reflejo de un país oscuro que estaba convencido de que ellas –o como las llamaban algunos: el bello sexo– debían perseguir pocas metas en la vida: la de hacer un hogar feliz, la de criar hijos felices, la de tener al marido feliz. Y la de no quejarse demasiado. En este paisaje, una voz femenina se alzó para dar consejos, para guiar y consolar. Y ella no es otra que la señorita Francis, a muchos os sonará el nombre porque estuvo más de tres décadas en antena. Hoy reseñamos uno de los libros con los que más he disfrutado, más estimulantes y más interesantes de los últimos años: Las cartas de Elena Francis. Una educación sentimental bajo el franquismo, un estudio firmado por Armand Balsebre y Rosario Fontova que trae la editorial Cátedra y que pretende ser una fotografía exacta de la sociedad de la época a través de las cartas que las entregadísimas oyentes enviaban a la ficticia señorita Francis y donde le consultaban sobre belleza, sobre relaciones, infidelidades y noviazgos, y hasta sobre problemillas de economía familiar. Ya les digo que estamos ante un documento impagable.
             27 de noviembre de 1950. Se emite por primera vez un programa radiofónico que dará a conocer a la consejera más escuchada y más admirada de la España de la posguerra: Elena Francis. Ella hará historia, sus consejos serán seguidos por miles de mujeres. Aunque el programa fue, en principio, concebido como un trampolín publicitario para ciertas marcas de bellezas, se convierte rápidamente en un espacio de conversación en el que una consejera-amiga-sabia atiende miles de consultas de las mujeres de la época, a las que se les habían recortado las libertades conseguidas en la República. El germen de todo esto –de la investigación, de que tengamos documentación tan valiosa sobre los desvelos femeninos de la Dictadura- fue la casualidad: en una masía casi abandonada de Cornellá (Barcelona) se encuentran decenas de sacas con más de un millón de cartas dirigidas a una misma mujer: Elena Francis. Muchas se quemaron, otras, las más reveladoras, se guardaron y han servido para cimentar este estudio que sale ahora publicado en una edición cuidadísima de más de 500 páginas. Elena Francis era la maestra de esta escuela de educación moral, en la que se hablaba, sobre todo, de hombres, del hogar y de los niños. Es curiosa la personalidad de esta mujer, entre mojigata y comprensiva, entre dulce y contundente, entre tajante y protectora. Sus consejos son de los más variopintos. Y para muestra, un botón: “Hágase la sorda, la muda y la ciega, es lo mejor”. “Los hombres son como niños grandes a los que nada les gusta más que conquistar”. “La desgracia de una mujer es siempre otra mujer”, dice en referencia a las que se lían con hombres casados. “Usted tiene el temperamento amargado y tiene el don de querer amargar a los demás. Nadie le abrió la cabeza de un sillazo porque tiene la suerte de estar rodeada de personas educadas y bondadosas”. “La mujer tiene el deber de estar bella”. Sí, a cualquier lector de este nuevo siglo se le abre la boca de asombro pero éstas, señores y señoras, eran las consignas de una época, las directrices habituales para las mujeres honestas.
             Ya les digo, el libro es una auténtica maravilla porque es capaz de retratar desde lo cotidiano las inquietudes y los sufrimientos de estas mujeres que escuchaban el programa de radio en la cocina, en la sala de costura o en las fábricas. El libro está concienzudamente documentado –además, aporta fotos de gran calidad- y tiene una prosa sencilla y fluida. Lo importante son las cartas, las oyentes, sus problemas. Hasta la cancelación del programa, en 1984 –treinta y cuatro años más tarde- no se supo que Elena Francis nunca existió y que eran otros los que atendían, por escrito, las consultas de las mujeres. En algunas cartas, los contestadores –no todas las consultas se leían en antena, pero todas se contestaban como una forma de fidelizar a la audiencia– anotaban un asterisco: era la señal de que tocaba un tema delicado, como un intento de suicidio o una violación, aunque nunca se decían con estas palabras, sino “hizo lo que quiso de mí”, “me hago la dormida y mi hermano…”. Estas cartas eran, atendiendo a la moral de la época, censuradas. Capítulo aparte merecen los originales pseudónimos con los que las mujeres firmaban sus cartas y que tenían el propósito de procurar el anonimato a la remitente: La fea, Desgraciada sin remedio, Doña Manchas, Una que ha sido descubierta…
            Las cartas de Elena Francis es parecido a hurgar en los cajones de nuestras bisabuelas o a ojeras sus diarios o en el joyero de sus secretos. Realmente, esta investigación habla de las mujeres durante la Dictadura, pero también de un país, de sus hombres y de sus corsés morales. Las conclusiones son curiosas –entiéndanme el uso la palabra- y aterradoras al mismo tiempo. El humor lo pone el paso del tiempo; el terror, la conciencia de lo que tuvieron que sufrir esas mujeres. Lo que está claro es que Elena Francis fue una madre para todas ellas, una hermana, una amiga; muchas veces, la única que podía consolar a las mujeres atribuladas. Señores y señores, esto es Historia de España, nuestra Historia. 

domingo, 10 de febrero de 2019

Fealdad. Una historia cultural


Páginas interminables se han escrito sobre la belleza, pero poca cosa hay por ahí sobre lo feo. Es decir, lo que a nosotros nos parece feo. Tenemos un gusto y es muy nuestro, incluso estamos orgullosos de él, pero ¿de dónde viene? He aquí una posible respuesta, un mapa de la fealdad a través de las épocas, las culturas y los continentes, y de cómo ha ido cambiando en la imaginación pública. De las bestias de la Antigüedad clásica a las gárgolas medievales, del monstruo de Mary Shelley a las exposiciones nazis del arte degenerado. El arte, la música e incluso los objetos de consumo masivo, como las muñecas feas de la década de 1980, esto y más está recogido en este libro bellamente ilustrado con ejemplos notorios de fealdad.


La fealdad es la nueva belleza. Lo feo, lo raro, lo imperfecto está de moda, nos llama la atención, quizás por curiosidad, por provocación o porque los cánones estéticos van cambiando con el paso del tiempo. No hay más que fijarse, por ejemplo, en esa tendencia japonesa tan original del kintsugi, que es la de resaltar las heridas, las cicatrices y las roturas de un objeto con oro o el wabi-sabi, una tendencia también japonesa que defiende el gusto por lo marchito, por lo que se considera “fuera de lugar”, por lo rechazado. Pongámonos guapos o feos porque vamos a hablar de modelos estéticos alternativos con Fealdad, Una historia cultural, un potente ensayo escrito por Gretchen H. Henderson y que trae a España la editorial Turner dentro de su colección Turner Noema –qué publicaciones más exquisitas- para hacernos un curiosísimo recorrido por la evolución de la fealdad, por los significados que ha ido adquiriendo en las diferentes civilizaciones y por los ejemplos más potentes de la exaltación de lo no-bello y nombro, por ejemplo, la exposición de arte degenerado que organizaron los nazis para mostrar un anti-ejemplo. Y aquí también caben más figuras: el surrealismo, mucha producción pictórica de Goya, el hombre elefante…
             La fealdad está en los ojos del que mira, dice en la contraportada del ensayo. Sí, porque es también el receptor el que coloca las etiquetas y el que decide desafiar los cánones, provocar o, simplemente, cuestionar las normas. Y porque somos nosotros, desde nuestra construcción y desde la sociedad en la que estamos, los que decidimos qué es feo y por qué lo es. Es cierto que la autora firma un ensayo lúcido, coherente sobre el tema de la fealdad para hablarnos de lo monstruoso, de lo que da miedo y también de lo humano. La belleza ha estado siempre vinculada a la perfección, a lo mitificado; y la fealdad se acerca más a esa necesidad milenaria del ser humano de nombrar lo que no entendía, lo que le daba miedo. Este libro es, sin lugar a dudas, un recorrido fascinante porque la autora sabe enganchar, sabe llevar la teoría a la historia, sabe ejemplificar lo que cuenta. Y tenemos, por ejemplo, los monstruos que decoran algunas iglesias, el expresionismo alemán, el nacimiento del jazz o Frankestein, y encontramos historias como la de la Primera Guerra Mundial, cuando empiezan a crearse máscaras para tapar las terribles deformidades de la cara de los soldados, o el trastorno de la fealdad imaginaria. No es un ensayo que se va por las nubes, es un estudio riguroso, pero accesible, serio, pero con un aire cotidiano que lo hace cercano.
             Sí, puede parecer incómodo hablar de fealdad y de feos, pero Henderson nos ayuda a tener una nueva perspectiva estética del arte, de la vida, de nosotros mismos. Lo feo siempre se ha relacionado con mostrar y con advertir, con  lo que es temido. Y es lo que hace la autora con este ensayo, mostrarnos y advertirnos, ponernos delante de situaciones y obligarnos a reflexionar, a posicionarnos y a advertirnos de que nuestra decisión es también fruto de lo que somos, de nuestra formación, de la época y el lugar en el que hemos nacido. Y es lo maravilloso de este ensayo: la capacidad de conversar con el lector a un nivel muy profundo y que se consigue gracias a la prosa, libre, directa, sin mayores florituras.
            Fealdad. Una historia cultural nos lleva hasta el meollo del asunto y nos hace plantearnos cómo redactamos nuestras leyes de lo feo. Y sí, este libro es un libro bello, interesante, absolutamente estimulante. Lo feo forma parte de nosotros, de lo que somos y de lo que nos rodea, lo que nos hace humanos porque en todas las sociedades siempre hemos intentado nombrar lo incómodo, lo anómalo, lo que daba miedo. Y quédense con esto: una época sin fealdad sería una época sin progreso. A partir de esta lectura, nadie, absolutamente nadie, despreciará con tanta ligereza lo feo. 

viernes, 8 de febrero de 2019

Yo voy, tú vas, él va


A Richard, profesor universitario alemán con una exitosa carrera profesional a sus espaldas, le ha llegado el momento de la jubilación. Desde el escritorio de su casa, mientras contempla el lago tras la ventana, se pregunta cómo llenar todo el tiempo libre del que dispondrá. Se entera entonces de la existencia de un campamento de refugiados en Berlín y decide echar una mano. Allí escuchará historias desgarradoras y esperanzadas de jóvenes llegados desde países lejanos, que vienen huyendo de la guerra y la miseria. Pero la comunicación no siempre es fácil, y en más de una ocasión se producen malentendidos o directamente choques culturales, mientras las autoridades se limitan a aplicar la ley con fría determinación.


Hay libros que son espejos, que ayudan a entender quién somos, dónde estamos, a qué nos enfrentamos como sociedad. La literatura, a veces, mira la realidad que la rodea y adquiere la responsabilidad de obligar a posicionarnos,  de que nos revolvamos incómodos en nuestras sillas. Y es verdad que si hay un tema polémico y urgente en el siglo XXI es, sin duda, el de la migración, el de los cientos de miles de personas que dejan su patria, que se mueven e incluso arriesgan sus vidas en busca de un futuro mejor. Éste es el tema que cimenta Yo voy, tú vas, él va, de la premiadísima autora alemana Jenny Espenbeck, publicado por Anagrama, y que narra la historia de un profesor de universidad jubilado que empieza a colaborar, casi por casualidad, en un centro de acogida de refugiados. Y ahí, a través de las historias personales, de los dramas individuales, está el silencio, el desarraigo, el absoluto fracaso de la Humanidad.
             Nadie ama a los inmigrantes, leemos en una de las páginas, de boca de uno de los afectados. No hay medias tintas, no hay rodeos ni paños calientes a la hora de abordar este asunto, a la hora de escribir sobre él, y ésa parece una de las prioridades de la autora: desnudar el problema, no banalizarlo ni infantilizarlo, hacer visible a los invisibles. No tenemos voz, dice otro inmigrante, porque el viaje no acaba cuando llegan a Europa. El viaje se recrudece cuando intentan sobrevivir dignamente, pero ojo, no es un asunto exclusivo de los que han dejado África; el protagonista, un burgués ocioso y bien posicionado, encuentra en este tema un motivo por el que despertar, un recuerdo de su propia vida: él es alemán, del Este, y también se siente sin arraigo, con un futuro incierto, rodeado de vacío. Es una novela de aprendizaje, para los que vienen, para los que estamos, porque es un problema global, es un escenario nuevo donde todos estamos llamados a colaborar. El asunto, señores y señoras, es complejísimo, pero la autora lo aborda con tal madurez, con tanto compromiso que es imposible no verse sacudido, no quedarse con los deberes de la reflexión.
             Jenny Espenbeck escribe sin prisas, tomándose su tiempo, recreándose en la palabra y en el pensamiento, dejando que los personajes se pierdan, se encuentran y, sobre todo, se pregunten quiénes son y cuál es su responsabilidad en el mundo en el que viven. Una prosa, insisto, con tendencia al preciosismo, con gusto por el detalle, por la calma que, a veces, puede parecer que no avanza, pero lo hace, lentamente.
            Yo voy, tú vas, él va –fíjense en el verbo elegido: ir, moverse- es un vis a vis con la inmigración; es una historia que nos acerca, a través de la literatura, a los dramas personales de los refugiados que, huyendo de sus países africanos, buscan el calor en una tierra desconocida. Y somos capaces de sentir la soledad, la ausencia de raíces y de afectos, el sonido extraño de una lengua desconocida. El desamparo. Y es ahí cuando este libro se hace duro, se vuelve doloroso: somos también la forma en la que tratamos a los desfavorecidos, a los que están debajo de nosotros, somos también cómo recibimos a los invitamos. Eso nos define. Este libro, que ha recibido el aplauso unánime de la crítica, es sin duda una de las novelas más impactantes, más necesarias, más lúcidas de los últimos años. Porque hay novelas que tienen el enorme poder de abrir las mentes, de hacernos mejores personas. Bienvenidas sean. 

jueves, 7 de febrero de 2019

No leer


La inconfundible voz de Alejandro Zambra se oye con fuerza y delicadeza en las páginas de este libro que, alentados por la paradoja del título, podemos comprender como un originalísimo elogio de la lectura. Inventario de filias, fobias y caprichos, delicioso álbum de citas, proyectos frustrados y declaraciones de amor –a las fotocopias, a la penumbra, a la palabra borrador, a la poesía chilena y a los orilleros del boom latinoamericano–, No leer es un libro apasionado, extraño, divertido y melancólico, de quien es uno de los escritores latinoamericanos más talentosos y reconocidos de los tiempos recientes.



Imaginen una muñeca rusa, de ésas que se abren y se repiten infinitamente. Imaginen una semilla en la que está latente un árbol con cientos de ramas. O imaginen unos fuegos artificiales: una estela de luz que se levanta en la noche hasta lo alto y, una vez ahí, explota en miles de estrellas. Algo así pasa con No leer, de Alejandro Zambra, un ensayo recién publicado por Anagrama donde el autor, sin pelos en la lengua, defiende la lectura libre y el vicio literario, repasa su biografía lectora –sus primeros amores y sus primeras decepciones– y, sobre todo, despliega ante nuestros ojos un estimulante catálogo de autores, títulos y referencias, de anécdotas, curiosidades y secretos. Es éste un libro que contiene muchos libros, en sus páginas están los ecos de otras páginas. Es un libro-semilla. Un libro-muñeca rusa. Es una recopilación de artículos publicados en diferentes medios en la última década donde nos muestra miles de caminos, nos señala cientos de puertas y se arrodilla, una y otra vez, ante el poder de la literatura.

            Basándose en esa norma tan efectiva de la psicología inversa –no leer–, Alejandro Zambra invita precisamente a lo contrario: a leer, a leer por placer. Y de aquí sale el brillo que ilumina todo el ensayo: el gusto por la lectura. El disfrute. El hedonismo. El acto solitario y ególatra que es entregarse al deleite. La búsqueda del estímulo estético. La belleza de la palabra. Yo os lo confieso: me sorprende que alguien enseñe su biblioteca, que confiese sus libros-tesoro, porque para mí es tan íntimo como enseñar en cajón de la ropa interior. Él no tiene pudor ni tampoco vergüenza. Habla de los libros como hablan los apasionados: con vehemencia, con intensidad y apasionamiento y, por qué, con cierta pedantería porque hablar de los libros que ha leído es hablar de él, es construirse una identidad. Tiene reflexiones interesantísimas como cuando dice que, en la literatura como en la vida, hay que matar al padre, es decir, hay que superar esos libros que nos apadrinaron en nuestra juventud. Leer No leer es también escribir, apuntar, querer recordar porque está lleno de referencias, de títulos y autores. Miren qué frase, que yo creo que resume el sentimiento de cualquier lector: Es a veces un alivio poder expresarse a través de otro.

            No leer es una recopilación de artículos del autor con un denominador común: su biografía a través de los libros. Él no habla de su nacimiento, de su mayoría de edad o de su primer amor: él habla de su primer vicio lector, de su primera decepción lectora o de su amor platónico literario. Y es curioso conocer a alguien por lo que lee y por lo que decide no leer. Con una prosa cercana, aferrado a un estilo que recuerda a la barra de un bar o a la confesión de alguien al que se le ha soltado la lengua, el autor se siente cómodo en ser provocador, en su acidez a la hora de criticar a ciertos autores, como a Sandor Marái, o de confesar sus manías, sus vergüenzas. Y los que aman los libros sentirán cerca a Zambra, lo verán como uno de los suyos (o uno de los nuestros) ¿Qué pensarían de una persona que pasa más tiempo eligiendo sus lecturas para un viaje que haciendo la maleta? Pues levantaríamos la mano porque muchos hacemos lo mismo: un libro para el hotel, otro para el avión, otro por si alguno de los anteriores no me gusta. Zambra es un obseso de los libros. Alabado sea.

            Pues sí, no lean por obligación, no lean cualquier cosa, no lean sin verse arrebatados por la poderosa energía de la palabra escrita. No lean por leer, no lean con desgana ni por aparentar. Alejandro Zambra lo tiene claro: no lean lo que no quieran. No leer es una provocación y un homenaje, es una declaración de amor y una confesión entre amigos, es una charla caótica y estimulante sobre los libros y las palabras, sobre los autores y sus aciertos, sobre los fracasos y los olvidos. Lo mejor del ensayo es, sin duda, la lucidez del autor, sus reflexiones y su virtud para inspirar, para dejar intuir. Si algo queda claro después de leer a Zambra es que la literatura es maravillosa. Porque la literatura es la vida. Y no leer es lo mismo que no vivir. Así que decidan ustedes mismos…
 

Feliz final


Esta novela reconstruye un gran amor empezando por su final, la historia de una pareja que, como tantas, se enamoró, vivió una ilusión, tuvo hijos y peleó contra todo ―contra ellos mismos y contra los elementos: la incertidumbre, la precariedad, los celos―, luchó para no rendirse, y cayó varias veces. Todo amor es un relato en disputa, y los protagonistas de éste cruzan sus voces, confrontan sus recuerdos, discrepan en las causas, intentan acercarse. Feliz final es una autopsia implacable de sus deseos, expectativas y errores, donde afloran rencores sedimentados, mentiras y desencuentros, pero también muchos momentos felices. Isaac Rosa aborda en esta novela un tema universal, el amor, desde los muchos condicionantes que hoy lo dificultan: la precariedad y la incertidumbre, la insatisfacción vital, las interferencias del deseo, el imaginario del amor en la ficción… Porque es posible que el amor, tal y como nos lo contaron, sea un lujo que no siempre podemos permitirnos.


Regla número 1 para los enamorados: toda historia de amor contiene una posible historia de desamor. Regla número 2: La pasión, la alegría y la entrega con las que se ama son proporcionales al dolor, a la desesperación, a la decepción con las que se soporta la ruptura. Regla número 3. Cuando alguien se atreve a amar, se arriesga también a desamar y a sufrir una serie de contrariedades que sólo afectan-lastiman a los enamorados: desenamorarse, ser infiel, ser cornudo, perder la ilusión, abandonar o ser abandonado, mentir o ser engañado, traicionar o ser traicionado. Sí, amar tiene una oscura (terrible, grotesca, sórdida, pedregosa) cara B y es ésa la experiencia que retrata Isaac Rosa en su nueva novela, curiosamente titulada Feliz final, de la editorial Seix Barral, en la que (de)construye la historia de una pareja, desde su ruptura a su enamoramiento, desde atrás hacia delante, desde que está todo perdido hasta ese momento en el que se rompió todo, en el que la relación comenzó a pudrirse, a descomponerse, a oxidarse. ¿Qué día se hizo evidente que no había salvación? ¿Tras qué error la separación era irreversible? 
             Tiene Feliz final un aire a confesión, a cierto voyerismo: alternando las voces de ella y él van enfrentándose, armando sus monólogos, con los reproches como única munición. Las dos caras de la tragedia. Las dos versiones de una guerra. Los dos culpables de una despedida. Antonio y Ángela, una pareja normal a ojos de todos los demás, decide separarse. O más bien, lo decide él y ella tiene que aceptar. Y a partir de ahí, se construye la historia o, mejor dicho, se escarba la historia, porque es un trabajo de arqueología, de ver qué salió mal, de entender en qué momento quedó sepultado el amor bajo la rutina, la pereza y la desgana. La novedad de Feliz final es, sobre todo, ese interés por entender las rupturas de una pareja que ha llegado a los cuarenta, en la que sus miembros se debaten entre lo que tienen y lo que podrían tener, entre lo malo conocido y lo bueno por conocer. Y tiene reflexiones interesantísimas sobre el dinero y el amor, sobre las redes sociales y el amor –seducir, llega a decir el protagonista, es la gran plaga del siglo XXI-, sobre el amor y la guerra, sobre el amor y la desconfianza. Es una historia particular, en la que también aparecen el reparto de las hijas, de las cuentas y de los amigos, y en la que se mete el dedo en la llaga con poca delicadeza, pero con mucha lucidez.
             Isaac Rosa, que ya ha demostrado de sobra su solvencia narrativa con algunas novelas brutales como La habitación oscura o la brillante El país del miedo, las dos en Seix Barral, tiene un especial don para el detalle y las pequeñeces, para mostrar lo global a través de las menudencias. Y además, en una panorama literario que busca cada vez más la acción y la intriga, el autor se embarca en el fluir de conciencia, en el monólogo interior, en la confesión exhaustiva. Y engancha. Era éste un proyecto complicado: hablar del dolor, de la ruptura y del desamor sin caer en los lugares comunes, sin agarrarse al romanticismo exacerbado o a la pena infinita, sin aburrir al que escucha las desgracias ajenas, pero no hay de qué preocuparse. Isaac Rosa lo consigue: sale indemne, indiscutiblemente victorioso.
            Feliz final habla de lo que no queremos hablar: cuando una pareja, la nuestra, se rompe y no terminamos de aceptarlo, y nos enredamos en reproches, en guerrear, en analizar qué hubiera pasado si… si hubiera sido sincero, si hubiera dicho que me encontraba mal, si no hubiera traicionado. Sí, el amor tiene una parte que no nos gusta mirar, de la que no nos gusta que nos cuenten y eso es lo que nos encontramos aquí: dolor en grandes cantidades, la decepción del amor. La última novela de Isaac Rosa, que ya va por la segunda edición, habla de algo más grande que el drama de unos enamorados: de la condición humana, de cómo nos transformamos cuando estamos en pareja y cómo volvemos a mutar cuando nos desenamoramos. Y aquí está siempre la pregunta constante, la que late bajo la novela y que planea sobre sus letras: ¿cómo dos personas que han sido amantes pueden convertirse en enemigos? Aquí está el misterio. Bienvenidos a este paisaje: el de la absoluta devastación.