lunes, 18 de febrero de 2019

La hora violeta


Una de las frases que más oye un padre tras la muerte de su hijo es «No tengo palabras». Todo el mundo se queda sin palabras de consuelo en un momento en que los lugares comunes suenan a insulto. Pero Sergio del Molino sí tenía palabras. De hecho, solo tenía palabras, las que forman esta historia de amor titulada La hora violeta. Este libro narra un año de la vida de su hijo Pablo, desde que fue diagnosticado de un raro y grave tipo de leucemia hasta su muerte. La hora violeta no es solo una apasionada carta de amor de un padre a su hijo, sino también la historia de una búsqueda: la de un término para referirse a los «padres huérfanos». Hay tan pocas palabras de consuelo disponibles que el idioma se ha olvidado incluso de reservar un sustantivo para quienes ven morir a sus hijos. Del Molino expresa sin medias tintas la frustración y la angustia de un padre sin incidir en descripciones sensacionalistas del sufrimiento de su hijo. 


La hora violeta es la hora que no avanza, ese momento en el que el minutero parece que no salta hacia adelante. La hora que se repite una y otra vez. ¿Y por qué? Por el sufrimiento, por el dolor que causa, porque el ser humano es incapaz de seguir, de despegarse de ella. Sí, vamos a hablar de una de las experiencias más terribles –posiblemente la que más- a la que se enfrentan unos padres, a la pérdida de un hijo. Hablemos de La hora violeta, en la que el autor Sergio del Molino –lo conocerán porque firmó el imprescindible ensayo La España vacía-, nos cuenta de la mano de Literatura Random House la corta vida de Pablo, su hijo, desde que fue diagnosticado con leucemia hasta que muerte, con dos años. Y sí, están el dolor y la desesperación, pero también el amor y la entrega; conviven en estas páginas lo peor y lo mejor de ser padres, la dulzura y el llanto, la capacidad infinita de amar. Y, como consecuencia, de sufrir.
             Deja claro el autor en numerosas entrevistas que no cree en la literatura terapéutica, que este libro en ningún modo es una novela de superación sino simplemente, y esto lo digo yo, la batalla entre un escritor y su tragedia. Él, Sergio del Molino, usa las únicas armas que conoce, la de las palabras, y la tragedia lo supera, lo abruma, lo obliga casi a rendirse. La hora violeta es, grosso modo, la experiencia de un padre que pierde a un hijo. En estas páginas, no más de doscientas, están los pasillos largos, los médicos serios y los niños calvos. Están las noches en vela, las preguntas de por qué a mí, la necesidad de buscar luz, en algún sitio, en alguna morada. En todo este recorrido triste, el autor-narrador se para a tomar aire, a reflexionar sobre lo que significa ser padre, sobre lo que implica la pérdida. Es cierto que el tema tiene algo que nos llega a todos de inmediato: el sufrimiento de un niño, pero Del Molino no se pasea por lugares comunes –al menos, no más de los precisos-, no se centra en el melodrama ni tampoco se enfanga en el dolor; es decir, no camina en círculos. Y es lo que le aplaudo: su lucidez, su serenidad, la verdad que late bajo las páginas. Es realmente conmovedor escucharlo hablar con ese amor de su hijo. Yo, os lo reconozco, necesitaba un poco de silencio cada treinta páginas. Es tal la intensidad, es tanto el dolor que rezuman estas páginas que necesitaba sacar la cabeza por la ventana, cerrar los ojos y sentir la vida.
             Capítulos cortos, frases concisas, palabras elegidas. Confesiones políticamente incorrectas, recuerdos quizás adulterados por la pena y el cansancio, las ansias de vivir, de volver al día previo al sufrimiento. Y así se narra la tragedia. O más bien, el que la narra es el autor-padre, el hombre sufriente, el ser humano que entiende que su papel es sólo despedirse. No hay grandes estridencias ni artificiosidad, todo está contado en voz baja –que es el tono de la derrota- todo está al servicio de Pablo, de su hijo. Qué generoso el narrador, qué temple para recordar con tanta dulzura. Porque leucemia y niño no debería ir en la misma frase. Y tampoco en la misma vida, como dice la escritora Lorrie Moore en uno de sus cuentos de Pájaros de América.
             La hora violeta le encomienda a la literatura la difícil tarea de ponerle palabras al dolor de unos padres, de convertirlo en algo tangible, para poder enseñarlo, para poder saber qué apariencia tiene. Sergio del Molino, narrador experimentado y analista lúcido, firma esta historia autobiográfica con una decisión clara, la de la ternura a toda costa, y con una capacidad innegable para conmover, para dejarnos plantados –de empatía, de pena–. Y uno, al final, sólo puede preguntarse cómo el dolor de unos padres puede ser contado de una forma tan bella, con tanta delicadeza. Quizás ésta sea la meta del arte, la de hacer soportable lo insoportable. 

domingo, 17 de febrero de 2019

Las cartas de Elena Francis


Elena Francis, un personaje de ficción, se convirtió en la consejera sentimental de las españolas a través de un consultorio de radio. Aunque fue concebido como motor publicitario de una empresa de productos de belleza, la influencia del programa trascendió hasta convertirse en un fenómeno de masas del brazo de la ideología nacionalcatólica. El presente estudio analiza un conjunto de cartas, datado entre 1951 y 1970, que establecen el escenario sentimental, laboral y familiar en el que se movían las mujeres de la clase trabajadora. Las cartas, que en su mayoría no se radiaron, constituyeron una vía de comunicación paralela al programa de radio y se contestaron particularmente, puesto que su contenido excedía la inocente consulta de belleza para describir graves casos de marginación, malos tratos y frustración personal. Este fondo documental confirma la supeditación de la mujer durante la dictadura a un sistema patriarcal que le vetaba la posibilidad de equipararse al varón en el ámbito educativo y social.


Esto, señores y señoras, es Historia de España, así, en mayúsculas. Es la experiencia callada de cientos, miles de mujeres durante la Dictadura, de nuestras abuelas y nuestras bisabuelas, es el reflejo de un país oscuro que estaba convencido de que ellas –o como las llamaban algunos: el bello sexo– debían perseguir pocas metas en la vida: la de hacer un hogar feliz, la de criar hijos felices, la de tener al marido feliz. Y la de no quejarse demasiado. En este paisaje, una voz femenina se alzó para dar consejos, para guiar y consolar. Y ella no es otra que la señorita Francis, a muchos os sonará el nombre porque estuvo más de tres décadas en antena. Hoy reseñamos uno de los libros con los que más he disfrutado, más estimulantes y más interesantes de los últimos años: Las cartas de Elena Francis. Una educación sentimental bajo el franquismo, un estudio firmado por Armand Balsebre y Rosario Fontova que trae la editorial Cátedra y que pretende ser una fotografía exacta de la sociedad de la época a través de las cartas que las entregadísimas oyentes enviaban a la ficticia señorita Francis y donde le consultaban sobre belleza, sobre relaciones, infidelidades y noviazgos, y hasta sobre problemillas de economía familiar. Ya les digo que estamos ante un documento impagable.
             27 de noviembre de 1950. Se emite por primera vez un programa radiofónico que dará a conocer a la consejera más escuchada y más admirada de la España de la posguerra: Elena Francis. Ella hará historia, sus consejos serán seguidos por miles de mujeres. Aunque el programa fue, en principio, concebido como un trampolín publicitario para ciertas marcas de bellezas, se convierte rápidamente en un espacio de conversación en el que una consejera-amiga-sabia atiende miles de consultas de las mujeres de la época, a las que se les habían recortado las libertades conseguidas en la República. El germen de todo esto –de la investigación, de que tengamos documentación tan valiosa sobre los desvelos femeninos de la Dictadura- fue la casualidad: en una masía casi abandonada de Cornellá (Barcelona) se encuentran decenas de sacas con más de un millón de cartas dirigidas a una misma mujer: Elena Francis. Muchas se quemaron, otras, las más reveladoras, se guardaron y han servido para cimentar este estudio que sale ahora publicado en una edición cuidadísima de más de 500 páginas. Elena Francis era la maestra de esta escuela de educación moral, en la que se hablaba, sobre todo, de hombres, del hogar y de los niños. Es curiosa la personalidad de esta mujer, entre mojigata y comprensiva, entre dulce y contundente, entre tajante y protectora. Sus consejos son de los más variopintos. Y para muestra, un botón: “Hágase la sorda, la muda y la ciega, es lo mejor”. “Los hombres son como niños grandes a los que nada les gusta más que conquistar”. “La desgracia de una mujer es siempre otra mujer”, dice en referencia a las que se lían con hombres casados. “Usted tiene el temperamento amargado y tiene el don de querer amargar a los demás. Nadie le abrió la cabeza de un sillazo porque tiene la suerte de estar rodeada de personas educadas y bondadosas”. “La mujer tiene el deber de estar bella”. Sí, a cualquier lector de este nuevo siglo se le abre la boca de asombro pero éstas, señores y señoras, eran las consignas de una época, las directrices habituales para las mujeres honestas.
             Ya les digo, el libro es una auténtica maravilla porque es capaz de retratar desde lo cotidiano las inquietudes y los sufrimientos de estas mujeres que escuchaban el programa de radio en la cocina, en la sala de costura o en las fábricas. El libro está concienzudamente documentado –además, aporta fotos de gran calidad- y tiene una prosa sencilla y fluida. Lo importante son las cartas, las oyentes, sus problemas. Hasta la cancelación del programa, en 1984 –treinta y cuatro años más tarde- no se supo que Elena Francis nunca existió y que eran otros los que atendían, por escrito, las consultas de las mujeres. En algunas cartas, los contestadores –no todas las consultas se leían en antena, pero todas se contestaban como una forma de fidelizar a la audiencia– anotaban un asterisco: era la señal de que tocaba un tema delicado, como un intento de suicidio o una violación, aunque nunca se decían con estas palabras, sino “hizo lo que quiso de mí”, “me hago la dormida y mi hermano…”. Estas cartas eran, atendiendo a la moral de la época, censuradas. Capítulo aparte merecen los originales pseudónimos con los que las mujeres firmaban sus cartas y que tenían el propósito de procurar el anonimato a la remitente: La fea, Desgraciada sin remedio, Doña Manchas, Una que ha sido descubierta…
            Las cartas de Elena Francis es parecido a hurgar en los cajones de nuestras bisabuelas o a ojeras sus diarios o en el joyero de sus secretos. Realmente, esta investigación habla de las mujeres durante la Dictadura, pero también de un país, de sus hombres y de sus corsés morales. Las conclusiones son curiosas –entiéndanme el uso la palabra- y aterradoras al mismo tiempo. El humor lo pone el paso del tiempo; el terror, la conciencia de lo que tuvieron que sufrir esas mujeres. Lo que está claro es que Elena Francis fue una madre para todas ellas, una hermana, una amiga; muchas veces, la única que podía consolar a las mujeres atribuladas. Señores y señores, esto es Historia de España, nuestra Historia. 

domingo, 10 de febrero de 2019

Fealdad. Una historia cultural


Páginas interminables se han escrito sobre la belleza, pero poca cosa hay por ahí sobre lo feo. Es decir, lo que a nosotros nos parece feo. Tenemos un gusto y es muy nuestro, incluso estamos orgullosos de él, pero ¿de dónde viene? He aquí una posible respuesta, un mapa de la fealdad a través de las épocas, las culturas y los continentes, y de cómo ha ido cambiando en la imaginación pública. De las bestias de la Antigüedad clásica a las gárgolas medievales, del monstruo de Mary Shelley a las exposiciones nazis del arte degenerado. El arte, la música e incluso los objetos de consumo masivo, como las muñecas feas de la década de 1980, esto y más está recogido en este libro bellamente ilustrado con ejemplos notorios de fealdad.


La fealdad es la nueva belleza. Lo feo, lo raro, lo imperfecto está de moda, nos llama la atención, quizás por curiosidad, por provocación o porque los cánones estéticos van cambiando con el paso del tiempo. No hay más que fijarse, por ejemplo, en esa tendencia japonesa tan original del kintsugi, que es la de resaltar las heridas, las cicatrices y las roturas de un objeto con oro o el wabi-sabi, una tendencia también japonesa que defiende el gusto por lo marchito, por lo que se considera “fuera de lugar”, por lo rechazado. Pongámonos guapos o feos porque vamos a hablar de modelos estéticos alternativos con Fealdad, Una historia cultural, un potente ensayo escrito por Gretchen H. Henderson y que trae a España la editorial Turner dentro de su colección Turner Noema –qué publicaciones más exquisitas- para hacernos un curiosísimo recorrido por la evolución de la fealdad, por los significados que ha ido adquiriendo en las diferentes civilizaciones y por los ejemplos más potentes de la exaltación de lo no-bello y nombro, por ejemplo, la exposición de arte degenerado que organizaron los nazis para mostrar un anti-ejemplo. Y aquí también caben más figuras: el surrealismo, mucha producción pictórica de Goya, el hombre elefante…
             La fealdad está en los ojos del que mira, dice en la contraportada del ensayo. Sí, porque es también el receptor el que coloca las etiquetas y el que decide desafiar los cánones, provocar o, simplemente, cuestionar las normas. Y porque somos nosotros, desde nuestra construcción y desde la sociedad en la que estamos, los que decidimos qué es feo y por qué lo es. Es cierto que la autora firma un ensayo lúcido, coherente sobre el tema de la fealdad para hablarnos de lo monstruoso, de lo que da miedo y también de lo humano. La belleza ha estado siempre vinculada a la perfección, a lo mitificado; y la fealdad se acerca más a esa necesidad milenaria del ser humano de nombrar lo que no entendía, lo que le daba miedo. Este libro es, sin lugar a dudas, un recorrido fascinante porque la autora sabe enganchar, sabe llevar la teoría a la historia, sabe ejemplificar lo que cuenta. Y tenemos, por ejemplo, los monstruos que decoran algunas iglesias, el expresionismo alemán, el nacimiento del jazz o Frankestein, y encontramos historias como la de la Primera Guerra Mundial, cuando empiezan a crearse máscaras para tapar las terribles deformidades de la cara de los soldados, o el trastorno de la fealdad imaginaria. No es un ensayo que se va por las nubes, es un estudio riguroso, pero accesible, serio, pero con un aire cotidiano que lo hace cercano.
             Sí, puede parecer incómodo hablar de fealdad y de feos, pero Henderson nos ayuda a tener una nueva perspectiva estética del arte, de la vida, de nosotros mismos. Lo feo siempre se ha relacionado con mostrar y con advertir, con  lo que es temido. Y es lo que hace la autora con este ensayo, mostrarnos y advertirnos, ponernos delante de situaciones y obligarnos a reflexionar, a posicionarnos y a advertirnos de que nuestra decisión es también fruto de lo que somos, de nuestra formación, de la época y el lugar en el que hemos nacido. Y es lo maravilloso de este ensayo: la capacidad de conversar con el lector a un nivel muy profundo y que se consigue gracias a la prosa, libre, directa, sin mayores florituras.
            Fealdad. Una historia cultural nos lleva hasta el meollo del asunto y nos hace plantearnos cómo redactamos nuestras leyes de lo feo. Y sí, este libro es un libro bello, interesante, absolutamente estimulante. Lo feo forma parte de nosotros, de lo que somos y de lo que nos rodea, lo que nos hace humanos porque en todas las sociedades siempre hemos intentado nombrar lo incómodo, lo anómalo, lo que daba miedo. Y quédense con esto: una época sin fealdad sería una época sin progreso. A partir de esta lectura, nadie, absolutamente nadie, despreciará con tanta ligereza lo feo. 

viernes, 8 de febrero de 2019

Yo voy, tú vas, él va


A Richard, profesor universitario alemán con una exitosa carrera profesional a sus espaldas, le ha llegado el momento de la jubilación. Desde el escritorio de su casa, mientras contempla el lago tras la ventana, se pregunta cómo llenar todo el tiempo libre del que dispondrá. Se entera entonces de la existencia de un campamento de refugiados en Berlín y decide echar una mano. Allí escuchará historias desgarradoras y esperanzadas de jóvenes llegados desde países lejanos, que vienen huyendo de la guerra y la miseria. Pero la comunicación no siempre es fácil, y en más de una ocasión se producen malentendidos o directamente choques culturales, mientras las autoridades se limitan a aplicar la ley con fría determinación.


Hay libros que son espejos, que ayudan a entender quién somos, dónde estamos, a qué nos enfrentamos como sociedad. La literatura, a veces, mira la realidad que la rodea y adquiere la responsabilidad de obligar a posicionarnos,  de que nos revolvamos incómodos en nuestras sillas. Y es verdad que si hay un tema polémico y urgente en el siglo XXI es, sin duda, el de la migración, el de los cientos de miles de personas que dejan su patria, que se mueven e incluso arriesgan sus vidas en busca de un futuro mejor. Éste es el tema que cimenta Yo voy, tú vas, él va, de la premiadísima autora alemana Jenny Espenbeck, publicado por Anagrama, y que narra la historia de un profesor de universidad jubilado que empieza a colaborar, casi por casualidad, en un centro de acogida de refugiados. Y ahí, a través de las historias personales, de los dramas individuales, está el silencio, el desarraigo, el absoluto fracaso de la Humanidad.
             Nadie ama a los inmigrantes, leemos en una de las páginas, de boca de uno de los afectados. No hay medias tintas, no hay rodeos ni paños calientes a la hora de abordar este asunto, a la hora de escribir sobre él, y ésa parece una de las prioridades de la autora: desnudar el problema, no banalizarlo ni infantilizarlo, hacer visible a los invisibles. No tenemos voz, dice otro inmigrante, porque el viaje no acaba cuando llegan a Europa. El viaje se recrudece cuando intentan sobrevivir dignamente, pero ojo, no es un asunto exclusivo de los que han dejado África; el protagonista, un burgués ocioso y bien posicionado, encuentra en este tema un motivo por el que despertar, un recuerdo de su propia vida: él es alemán, del Este, y también se siente sin arraigo, con un futuro incierto, rodeado de vacío. Es una novela de aprendizaje, para los que vienen, para los que estamos, porque es un problema global, es un escenario nuevo donde todos estamos llamados a colaborar. El asunto, señores y señoras, es complejísimo, pero la autora lo aborda con tal madurez, con tanto compromiso que es imposible no verse sacudido, no quedarse con los deberes de la reflexión.
             Jenny Espenbeck escribe sin prisas, tomándose su tiempo, recreándose en la palabra y en el pensamiento, dejando que los personajes se pierdan, se encuentran y, sobre todo, se pregunten quiénes son y cuál es su responsabilidad en el mundo en el que viven. Una prosa, insisto, con tendencia al preciosismo, con gusto por el detalle, por la calma que, a veces, puede parecer que no avanza, pero lo hace, lentamente.
            Yo voy, tú vas, él va –fíjense en el verbo elegido: ir, moverse- es un vis a vis con la inmigración; es una historia que nos acerca, a través de la literatura, a los dramas personales de los refugiados que, huyendo de sus países africanos, buscan el calor en una tierra desconocida. Y somos capaces de sentir la soledad, la ausencia de raíces y de afectos, el sonido extraño de una lengua desconocida. El desamparo. Y es ahí cuando este libro se hace duro, se vuelve doloroso: somos también la forma en la que tratamos a los desfavorecidos, a los que están debajo de nosotros, somos también cómo recibimos a los invitamos. Eso nos define. Este libro, que ha recibido el aplauso unánime de la crítica, es sin duda una de las novelas más impactantes, más necesarias, más lúcidas de los últimos años. Porque hay novelas que tienen el enorme poder de abrir las mentes, de hacernos mejores personas. Bienvenidas sean. 

jueves, 7 de febrero de 2019

No leer


La inconfundible voz de Alejandro Zambra se oye con fuerza y delicadeza en las páginas de este libro que, alentados por la paradoja del título, podemos comprender como un originalísimo elogio de la lectura. Inventario de filias, fobias y caprichos, delicioso álbum de citas, proyectos frustrados y declaraciones de amor –a las fotocopias, a la penumbra, a la palabra borrador, a la poesía chilena y a los orilleros del boom latinoamericano–, No leer es un libro apasionado, extraño, divertido y melancólico, de quien es uno de los escritores latinoamericanos más talentosos y reconocidos de los tiempos recientes.



Imaginen una muñeca rusa, de ésas que se abren y se repiten infinitamente. Imaginen una semilla en la que está latente un árbol con cientos de ramas. O imaginen unos fuegos artificiales: una estela de luz que se levanta en la noche hasta lo alto y, una vez ahí, explota en miles de estrellas. Algo así pasa con No leer, de Alejandro Zambra, un ensayo recién publicado por Anagrama donde el autor, sin pelos en la lengua, defiende la lectura libre y el vicio literario, repasa su biografía lectora –sus primeros amores y sus primeras decepciones– y, sobre todo, despliega ante nuestros ojos un estimulante catálogo de autores, títulos y referencias, de anécdotas, curiosidades y secretos. Es éste un libro que contiene muchos libros, en sus páginas están los ecos de otras páginas. Es un libro-semilla. Un libro-muñeca rusa. Es una recopilación de artículos publicados en diferentes medios en la última década donde nos muestra miles de caminos, nos señala cientos de puertas y se arrodilla, una y otra vez, ante el poder de la literatura.

            Basándose en esa norma tan efectiva de la psicología inversa –no leer–, Alejandro Zambra invita precisamente a lo contrario: a leer, a leer por placer. Y de aquí sale el brillo que ilumina todo el ensayo: el gusto por la lectura. El disfrute. El hedonismo. El acto solitario y ególatra que es entregarse al deleite. La búsqueda del estímulo estético. La belleza de la palabra. Yo os lo confieso: me sorprende que alguien enseñe su biblioteca, que confiese sus libros-tesoro, porque para mí es tan íntimo como enseñar en cajón de la ropa interior. Él no tiene pudor ni tampoco vergüenza. Habla de los libros como hablan los apasionados: con vehemencia, con intensidad y apasionamiento y, por qué, con cierta pedantería porque hablar de los libros que ha leído es hablar de él, es construirse una identidad. Tiene reflexiones interesantísimas como cuando dice que, en la literatura como en la vida, hay que matar al padre, es decir, hay que superar esos libros que nos apadrinaron en nuestra juventud. Leer No leer es también escribir, apuntar, querer recordar porque está lleno de referencias, de títulos y autores. Miren qué frase, que yo creo que resume el sentimiento de cualquier lector: Es a veces un alivio poder expresarse a través de otro.

            No leer es una recopilación de artículos del autor con un denominador común: su biografía a través de los libros. Él no habla de su nacimiento, de su mayoría de edad o de su primer amor: él habla de su primer vicio lector, de su primera decepción lectora o de su amor platónico literario. Y es curioso conocer a alguien por lo que lee y por lo que decide no leer. Con una prosa cercana, aferrado a un estilo que recuerda a la barra de un bar o a la confesión de alguien al que se le ha soltado la lengua, el autor se siente cómodo en ser provocador, en su acidez a la hora de criticar a ciertos autores, como a Sandor Marái, o de confesar sus manías, sus vergüenzas. Y los que aman los libros sentirán cerca a Zambra, lo verán como uno de los suyos (o uno de los nuestros) ¿Qué pensarían de una persona que pasa más tiempo eligiendo sus lecturas para un viaje que haciendo la maleta? Pues levantaríamos la mano porque muchos hacemos lo mismo: un libro para el hotel, otro para el avión, otro por si alguno de los anteriores no me gusta. Zambra es un obseso de los libros. Alabado sea.

            Pues sí, no lean por obligación, no lean cualquier cosa, no lean sin verse arrebatados por la poderosa energía de la palabra escrita. No lean por leer, no lean con desgana ni por aparentar. Alejandro Zambra lo tiene claro: no lean lo que no quieran. No leer es una provocación y un homenaje, es una declaración de amor y una confesión entre amigos, es una charla caótica y estimulante sobre los libros y las palabras, sobre los autores y sus aciertos, sobre los fracasos y los olvidos. Lo mejor del ensayo es, sin duda, la lucidez del autor, sus reflexiones y su virtud para inspirar, para dejar intuir. Si algo queda claro después de leer a Zambra es que la literatura es maravillosa. Porque la literatura es la vida. Y no leer es lo mismo que no vivir. Así que decidan ustedes mismos…
 

Feliz final


Esta novela reconstruye un gran amor empezando por su final, la historia de una pareja que, como tantas, se enamoró, vivió una ilusión, tuvo hijos y peleó contra todo ―contra ellos mismos y contra los elementos: la incertidumbre, la precariedad, los celos―, luchó para no rendirse, y cayó varias veces. Todo amor es un relato en disputa, y los protagonistas de éste cruzan sus voces, confrontan sus recuerdos, discrepan en las causas, intentan acercarse. Feliz final es una autopsia implacable de sus deseos, expectativas y errores, donde afloran rencores sedimentados, mentiras y desencuentros, pero también muchos momentos felices. Isaac Rosa aborda en esta novela un tema universal, el amor, desde los muchos condicionantes que hoy lo dificultan: la precariedad y la incertidumbre, la insatisfacción vital, las interferencias del deseo, el imaginario del amor en la ficción… Porque es posible que el amor, tal y como nos lo contaron, sea un lujo que no siempre podemos permitirnos.


Regla número 1 para los enamorados: toda historia de amor contiene una posible historia de desamor. Regla número 2: La pasión, la alegría y la entrega con las que se ama son proporcionales al dolor, a la desesperación, a la decepción con las que se soporta la ruptura. Regla número 3. Cuando alguien se atreve a amar, se arriesga también a desamar y a sufrir una serie de contrariedades que sólo afectan-lastiman a los enamorados: desenamorarse, ser infiel, ser cornudo, perder la ilusión, abandonar o ser abandonado, mentir o ser engañado, traicionar o ser traicionado. Sí, amar tiene una oscura (terrible, grotesca, sórdida, pedregosa) cara B y es ésa la experiencia que retrata Isaac Rosa en su nueva novela, curiosamente titulada Feliz final, de la editorial Seix Barral, en la que (de)construye la historia de una pareja, desde su ruptura a su enamoramiento, desde atrás hacia delante, desde que está todo perdido hasta ese momento en el que se rompió todo, en el que la relación comenzó a pudrirse, a descomponerse, a oxidarse. ¿Qué día se hizo evidente que no había salvación? ¿Tras qué error la separación era irreversible? 
             Tiene Feliz final un aire a confesión, a cierto voyerismo: alternando las voces de ella y él van enfrentándose, armando sus monólogos, con los reproches como única munición. Las dos caras de la tragedia. Las dos versiones de una guerra. Los dos culpables de una despedida. Antonio y Ángela, una pareja normal a ojos de todos los demás, decide separarse. O más bien, lo decide él y ella tiene que aceptar. Y a partir de ahí, se construye la historia o, mejor dicho, se escarba la historia, porque es un trabajo de arqueología, de ver qué salió mal, de entender en qué momento quedó sepultado el amor bajo la rutina, la pereza y la desgana. La novedad de Feliz final es, sobre todo, ese interés por entender las rupturas de una pareja que ha llegado a los cuarenta, en la que sus miembros se debaten entre lo que tienen y lo que podrían tener, entre lo malo conocido y lo bueno por conocer. Y tiene reflexiones interesantísimas sobre el dinero y el amor, sobre las redes sociales y el amor –seducir, llega a decir el protagonista, es la gran plaga del siglo XXI-, sobre el amor y la guerra, sobre el amor y la desconfianza. Es una historia particular, en la que también aparecen el reparto de las hijas, de las cuentas y de los amigos, y en la que se mete el dedo en la llaga con poca delicadeza, pero con mucha lucidez.
             Isaac Rosa, que ya ha demostrado de sobra su solvencia narrativa con algunas novelas brutales como La habitación oscura o la brillante El país del miedo, las dos en Seix Barral, tiene un especial don para el detalle y las pequeñeces, para mostrar lo global a través de las menudencias. Y además, en una panorama literario que busca cada vez más la acción y la intriga, el autor se embarca en el fluir de conciencia, en el monólogo interior, en la confesión exhaustiva. Y engancha. Era éste un proyecto complicado: hablar del dolor, de la ruptura y del desamor sin caer en los lugares comunes, sin agarrarse al romanticismo exacerbado o a la pena infinita, sin aburrir al que escucha las desgracias ajenas, pero no hay de qué preocuparse. Isaac Rosa lo consigue: sale indemne, indiscutiblemente victorioso.
            Feliz final habla de lo que no queremos hablar: cuando una pareja, la nuestra, se rompe y no terminamos de aceptarlo, y nos enredamos en reproches, en guerrear, en analizar qué hubiera pasado si… si hubiera sido sincero, si hubiera dicho que me encontraba mal, si no hubiera traicionado. Sí, el amor tiene una parte que no nos gusta mirar, de la que no nos gusta que nos cuenten y eso es lo que nos encontramos aquí: dolor en grandes cantidades, la decepción del amor. La última novela de Isaac Rosa, que ya va por la segunda edición, habla de algo más grande que el drama de unos enamorados: de la condición humana, de cómo nos transformamos cuando estamos en pareja y cómo volvemos a mutar cuando nos desenamoramos. Y aquí está siempre la pregunta constante, la que late bajo la novela y que planea sobre sus letras: ¿cómo dos personas que han sido amantes pueden convertirse en enemigos? Aquí está el misterio. Bienvenidos a este paisaje: el de la absoluta devastación.