jueves, 28 de junio de 2018

Comunidad


Un domingo por la tarde en el sur de California, Bert Cousins aparece sin invitación previa en la fiesta del bautizo de Franny Keating. Antes de terminar el día, ha besado ya a la madre de Franny, Beverly, y ha puesto en marcha la disolución de dos matrimonios y la unión de dos familias. Comunidad explora los ecos que este encuentro fortuito despierta a lo largo de cinco décadas en la vida de los cuatro progenitores y los seis hijos involucrados. Los niños Keating y Cousins pasan los veranos juntos en Virginia, donde forjan un vínculo duradero basado en la desilusión respecto a sus padres y el afecto extraño y sincero que crece entre ellos. Cuando Franny, a los veinte años de edad, comienza una relación con el legendario autor Leon Posen y le habla de su familia, la historia de sus hermanos deja de pertenecerle.


Lo confieso: me fascina la familia como núcleo y hogar, como refugio y anclaje, pero también como origen de los traumas y los pesares, como centro de amores y odios, como escenario de lo más primitivo del ser humano: la protección y la destrucción. El entorno más íntimo, eso a lo que llamamos casa, es una galaxia de relaciones personales, es siempre como un agujero negro a punto de tragarnos. Y esto es lo que hace Ann Patchett en Comunidad, de la editorial Alianza de Novelas: mostrarnos a dos familias que, por cosa del destino, quedan unidas para siempre. Aquí están el azar, el destino y también el deseo. Y, como consecuencia lógica: la culpa y los remordimientos, el crujir de dientes.
            En una fiesta de vecinos, un hombre casado besa a una mujer casada. Este gesto de amor no sólo rompe dos matrimonios sino que entrelaza para siempre a dos familias. Y es así que asistimos a la evolución de todos estos personajes, los del clan Keating-Cousins, desde mediados del siglo XX a principios del siglo XXI a través de diferentes voces, a través de diferentes emociones. La vida cambia y ellos también cambian. El tiempo pasa y los años dan el verdadero impacto de los acontecimientos. Y en esta historia, tierna y dura a partes iguales, escuchamos a la narradora hablar de la fragilidad de la vida, de cómo todo puede cambiar en un segundo, de que muchas veces nuestra existencia depende de las decisiones de los otros. Este libro es como la vida, impredecible. Y además, aborda algo que a mí me interesa especialmente: las relaciones padres e hijos, las culpas que se echan en cara, los amores que se comparten y los odios que nunca se verbalizan. A mí me sorprende la lucidez de la escritora a la hora de retratar los laberintos familiares, de escuchar los silencios que se arrastran de generación en generación.
            No hace falta decir que Ann Patchett es una narradora con pulso, con las ideas muy claras: sabe cómo enganchar, cómo contar y cómo emocionarnos, sabe darles voces diferentes a los personajes y sabe, como un titiritero, jugar con las emociones del lector. El estilo tiene esa aura de las grandes sagas familiares. Créanme, hay algo en su prosa que se va metiendo dentro y que nos va dejando en el oído una musiquilla. Me la imagino contándonos Comunidad a media voz, una noche fresca de verano. Y además, es tanto su amor por la literatura que aquí hay un libro dentro de otro libro, una historia que se va repitiendo como un eco, como suele pasar con los traumas familiares..
            Comunidad es una novela tierna (casi achuchable) sobre la felicidad, sobre esa felicidad que, de repente, florece en el sitio menos pensado; en este caso, en un beso furtivo y prohibido. Y este encuentro desencadena un terremoto que aún sigue desestabilizando a los protagonistas varias décadas después. Así es la vida, así es el amor. Y así es la literatura. Pónganse cómodos y disfruten, dejen que Ann Patchett les cuente qué pasó.

                                                                                                      Daniel Blanco 

El presidente ha desaparecido


La presidencia de los Estados Unidos pende de un hilo. El presidente, Jonathan Duncan, está a punto de ser destituido y es presa fácil de los tiburones de Washington cuando, acorralado por la prensa, cuestionado por la opinión pública y sus propios colaboradores, se enfrenta al mayor ataque que Estados Unidos haya sufrido nunca. Sin nadie en quien confiar, el presidente Duncan deberá desaparecer para actuar en la sombra, aún a riesgo de que le consideren sospechoso y traidor. Tres días de infarto en los que el hombre más buscado del planeta se verá inmerso en un juego de estrategia política sin precedentes para poner a salvo el futuro de la nación.


Bill Clinton, uno de los presidentes de Estados Unidos más carismáticos (y también más polémicos) y al que todos recordamos a priori por el escándalo Lewinsky, se estrena en la literatura de ficción con una novela hecha a su medida, una especie de gran superproducción en papel con persecuciones, muertes, explosiones y peligros enormes durante seiscientas páginas. Y no está solo, viene acompañado (y asesorado) por James Patterson, uno de los escritores americanos más conocidos y casi un experto en best-sellers gracias a sus novelas sobre el agente del FBI, Alex Cross. Juntos han parido El presidente ha desparecido, una novela llamada a convertirse la lectura del verano –por el tema, por el estilo- y cuya trama no tiene mucho misterio: una amenaza tiene a la Casa Blanca en vilo. El propio jefe del estado deberá poner su vida en riesgo para salvar su nación y quizás el mundo.
            Impresiona –cómo no- ver el nombre de Bill Clinton en la portada de un libro, como autor, porque dice el eslogan que éste es el thriller que sólo un presidente podía escribir. Sí y no. Da mucho morbo-curiosidad-intriga entrar en la Casa Blanca, andar por los pasillos y conocer algo de la política secreta al más alto nivel, ésa que un ciudadano medio, como tú y como yo, ni siquiera se imagina. ¿Cómo se negocia? ¿Cuáles son los protocolos de seguridad? ¿Cómo hay que proteger al presidente? ¿Qué cosas pasan que se le ocultan a la ciudadanía? La novela, además, no se deja ningún tema en el tintero: habla de la yihad y de la amenaza terrorista, de los virus que podrían dejar paralizada una nación y hasta de los traidores dentro del gobierno más poderoso del mundo. Todo está pensado al milímetro para hacer de ésta una aventura taquicárdica. La cuestión es que esta novela suena a algo, suena a muchas, porque subyace la misma fórmula de siempre: el protagonista carga con una drama personal, sufre una enfermedad medianamente grave y hace gala de unos principios a prueba de bombas. No podemos esperar menos de un presidente de los Estados Unidos.
            Hablemos del estilo, de la trama y de los personajes. Y no hay nada nuevo bajo el sol. Me explico: el estilo es llano, sencillo, directo, y la trama avanza a buen ritmo aunque a veces es necesario que los personajes mantengan conversaciones más o menos forzadas para explicarles al lector qué está pasando y cuáles son las consecuencias de la amenaza que se cierne sobre la Casa Blanca. Los personajes se resumen en buenos y malos, en cuáles son sus intereses y sus motivaciones. Ojo, no lo digo como algo negativo sino corroborando que todas las decisiones narrativas están al servicio de esta novela, concebida para ser un best-seller. Además, es una historia moderna, dirigida a las nuevas generaciones porque aborda temas muy actuales, de ésos que aparecen en los telediarios a menudo. Además, dudo mucho que mi abuela entendiera todo este lío de las nuevas tecnologías.
            El presidente ha desaparecido es como una superproducción en papel: desde los autores hasta la tapa dura y pasando por la trama. Todo está pensado a lo grande en esta historia. De hecho, el protagonista es el hombre más poderoso del mundo y el peligro al que debe hacer frente podría acabar con la sociedad tal y como la conocemos. Nada hay humilde o comedido en este libro. Pues claro que no. El que ya se presenta como uno de los libros superventas para este verano da lo que promete. Acción, bombas y adrenalina. Nada más. Y nada menos. 

miércoles, 27 de junio de 2018

Una infancia feliz en una España feroz


A través de sus propios recuerdos y los de familiares, Jorge M. Reverte reconstruye el día a día de un niño en el Madrid de la posguerra. El enorme peso de la ideología católica, y del franquismo que había triunfado apenas unos años antes en una guerra extremadamente cruel, recorre cada una de estas páginas para ofrecernos un retrato sociológico de la vida en España. A la guerra la siguieron el miedo, el hambre y la miseria, pero la infancia de Reverte y sus hermanos fue feliz, como solo un niño puede serlo ante la adversidad. Un retrato duro y emocionante que nos hace revivir una época tan lejana como presente.


Los que me conocen saben de mis debilidades, de mis pasiones y de mis obsesiones, entre ellas, Nueva York, la Inquisición o la música góspel. Y otra es la vida doméstica de los años 50, las pequeñas historias, todas cotidianas, muchas olvidadas, de esa generación que nació en pleno franquismo y que creció en una sociedad gris, opresora y silenciosa. ¡Cuántos valientes anónimos, cuántas vidas de película! Entenderéis ahora que el libro Una infancia feliz en una España feroz, de Jorge M. Reverte, y que acaba de publicar la editorial Espasa, me tenga fascinado. ¿Por qué? Porque cuenta en primera persona las vivencias de este autor y porque parece no tener pelos en la lengua, porque hay un cariño y una nostalgia indiscutibles, porque es como escuchar a un abuelo hablar cariñosamente de sus recuerdos. Y eso siempre emociona.
            Es esta novela una graciosa compilación de anécdotas, historias y personajes que no parecen obedecer a ningún orden lógico –y de hecho, no lo hacen-, sino que se van sucediendo arbitrariamente, lo que le da un toque de naturalidad y de cercanía. El inicio no puede ser más potente: la presentación a los lectores de las dos tías del autor, entonces niño: dos funcionarias de prisiones que hacían temblar a las reclusas, una amable y otra malvada, una cariñosa y la otra perversa, la tía Amelia. Y así, Jorge M. Reverte va ordenando sus recuerdos como quien ordena sus cajones. Aparecen las figuras fascinantes del sereno, el farolero, la abuela condesa y el prestamista don Basilio, aparecen las primeras películas y las primeras travesuras, encontramos las convulsas relaciones familiares y la inocencia de esos niños acostumbrados a ver pasar las ratas, a contar los coches que circulaban por sus calles y a rezar cada mañana, en el colegio y están también las curiosidades de cómo se hacían los polos o diversos chascarrillos, como el de los monos que, en el zoológico, se tocaban la 'colita'. Y a pesar de la opresión de esos años, tiene esta revisión de la memoria una luz potentísima, casi cegadora, en la que el lector tiene la certeza de que el autor ha sido feliz, que mira al horizonte del pasado con una sonrisa.
           Una infancia feliz en una España feroz está escrito desde la honestidad. No hay grandes artificios ni palabras rimbombantes, todo se cuenta como a pie de calle, y suena a barra de bar, a mesa de camilla y a cerveza en la terraza. Y éste es, sin duda, uno de los aciertos de la novela, esa cercanía hacia el que lee, esa complicidad. Como decíamos antes, está estructurada en capítulos cortos, cortísimos, que no llegan en un orden concreto, sino que responden a los caprichos de la memoria. El autor-narrador parece soltar de vez en cuando grandes carcajadas porque no se despega de la ironía, del doble sentido y del chascarillo. Y sí me sorprende su valentía al criticar a algunos de sus familiares con mucha dureza, como a la insoportable tía Amelia. Y se agradece que no le ponga una pátina de hipocresía a sus recuerdos, que no los dulcifique, que hable de las cosas como las vivió. En su entorno, como en todos, había simpatías y antipatías, ayudas y zancadillas, amores y odios, todos hondísimos.
            Y no hay que hacer nada más, sólo dejar a Jorge M. Reverte que hable… o que escriba. Y leerlo. Porque en esas palabras están sus recuerdos, lo que él cree que fueron sus primeros años y es interesantísimo, estimulante, luminoso. Una infancia feliz en una España feroz es la vida de un niño, pero también las vivencias de millones de españoles. Ahí está la historia de una familia y la Historia de un país. Y, ahora que cada vez quedan menos abuelos, esta novela es un documento valioso, sincero… y, cómo no, valiente.