miércoles, 4 de abril de 2018

Luz brillante


Una pareja—él es médico, y ella, traductora del italiano—que lleva, aparentemente, una vida matrimonial de lo más corriente. Sin embargo, poco a poco, a través de las voces de los dos protagonistas, descubrimos una realidad diferente respecto a la que muestran: la suya es en realidad una unión de conveniencia detrás de la cual ambos se ocultan y se escudan. Mutsuki es homosexual y tiene un amante, Kon, que es su pareja real, un chico extravertido del que siempre ha estado enamorado; Shoko, en cambio, sufre de una inestabilidad emocional que la lleva a la depresión y al abuso de alcohol.

 
Imaginen la situación. Él es gay y tiene pareja (hombre) estable. Ella es hetero pero tiene problemas mentales y también con el alcohol. Pero los dos se han casados, por obligación de sus familias, por mantener las apariencias ante una sociedad que no perdona la diferencia. Y así forman un hogar atípico, una convivencia extrañamente equilibrada en la que cada uno de los dos se verá obligado a hacer un esfuerzo por aceptar al otro, por encontrar un hueco de felicidad en este escaparate. Hablo de una historia mítica en Japón -hay incluso una película- y que además se escribió hace casi treinta años. Hablo de Luz brillante, una de las últimas apuestas de la valiente editorial Funambulista: una pequeña novela escrita por la que se considera la Murakami femenina, Kaori Ekuni y donde nos adentramos en lo más básico de la condición humana: la necesidad de sentirnos queridos, la necesidad de ser aceptados en la comunidad. 
            La premisa del libro ya pone al lector en alerta: esta situación tan atípica produce un impulso de curiosidad irresistible. ¿Qué sienten los protagonistas? ¿Cómo consiguen convivir? Y es así como nos zambullimos en este triángulo amoroso -el matrimonio y el amante de él- que se desarrolla sin grandes dramas, sin morbos innecesarios. Lo mejor de toda esta premisa es que no hay secretos para ninguno de los implicados: ella sabe que su marido tiene pareja, él sabe que ella tiende a la depresión y a la tristeza. La relación entre los tres permite a los lectores reflexionar sobre la fragilidad del ser humano, sobre el respeto como necesidad básica humana, sobre el arte como salvador, como actividad capaz de sanar al desesperado. Y me gustaría hablar de uno de los capítulos más tiernos del libro: cuando ella le pregunta a su marido, en un arrebato de nostalgia, cómo es el amor, el verdadero amor: quiere que él le cuente cómo se siente con su amante.
            No me gusta caer en clichés, pero a veces es inevitable: los autores japoneses –una gran porcentaje- tienen todos esa dulzura, esa delicadeza para tratar incluso los temas más incómodos. Y así lo hace Kaori Ekuni, con una elegancia indiscutible, con un amor infinito por sus personajes, porque sí, porque la historia está llena de luz, de una luz brillante. Su estilo es delicado como el papel de arroz y preciso como la caligrafía japonesa. Sus personajes está construidos a través de los detalles. Y sobre todo, no hay prisas por narrar. Todo en esta novela es lento: el ambiente y las emociones, el argumento. La historia está contada en primera persona: se van alternando la voz de cada uno de los dos protagonistas.
            Luz brillante nos deja cegados, sin poder abrir los ojos durante un tiempo porque la relación de esta pareja es tan original que impacta. Y así, queremos a los protagonistas, los compadecemos y hasta los entendemos. Y todo gracias a la mirada limpia de la narradora. Más libros así, más autores así, más editoriales así y, sobre todo, más luces tan brillantes como éstas. Esta novela demuestra que la literatura puede arrojar luz sobre la realidad e instruirnos sobre el respeto y sobre la tolerancia. 

jueves, 29 de marzo de 2018

Pequeño país


Hijo de una ruandesa tutsi y un empresario francés instalado en Burundi, Gaby tiene diez años y se pasa el día con su panda de amigos en las calles de Buyumbura, un escenario propicio a todo tipo de aventuras: robar mangos en los jardines del barrio, fumar a escondidas, descubrir la pasión por los libros en la casa de una extravagante vecina y bañarse en el río al atardecer. Un paraíso que empieza a resquebrajarse con la separación de sus padres y luego se rompe en mil pedazos con la irrupción de la guerra, que provoca una marea incontenible de odio y violencia que lo impregna todo y obliga a Gabriel y su hermana a marcharse a Francia. Dos décadas después, aquel niño convertido en hombre regresa a su pequeño país y rememora los tiempos felices: el perfume de los árboles frutales y las plantas aromáticas, los paseos vespertinos entre los setos de buganvillas, las noches en vela tras un mosquitero agujereado, las termitas los días de tormenta, las reuniones secretas en la furgoneta abandonada.


Posiblemente ninguno de nosotros puede concebir algo así, ninguno puede hacerse a la idea de un horror parecido. Hablo de crecer en un país en guerra, de sentirse en peligro, de oler la sangre y la carne podrida, de vivir los toques de queda, la desaparición de la gente a la que amas y la huida sin retorno. Esto sólo puede contarlo alguien que lo haya experimentado, alguien que lo lleve en las venas y en la retina, alguien que necesite compartirlo con el mundo, como el joven autor y rapero franco-ruandés Gaël Faye, que publica ahora en España y con la exquisita editorial Salamandra su última novela, merecedora del premio Goncourt del Lycéens 2016, Pequeño país, una delicada historia sobre la nostalgia, sobre la infancia y el hogar, sobre los recuerdos. Y sí, en poco más de 200 páginas, es capaz de construir la vida de un pueblo y de un niño mulato que, en un momento dado, descubre el mundo de los adultos a través de la guerra. 
            El narrador, cuya experiencia vital se parece enormemente a la del autor, vive ahora en Francia, pero decide volver a su tierra porque necesita ver de nuevo su hogar. Es éste el momento en el que se embarca en un mar de recuerdos que nos lleva hasta a esa Burundi de hace algo más de décadas donde se recrudece la desconfianza entre las distintas tribus, donde ya palpita el estallido de la guerra, pero donde una pandilla de jóvenes disfruta de la vida con las manos abiertas. Desde sus ojos de niños –los del protagonista–, nos adentramos en un paisaje desconocido, en cierto modo exótico: el de África y también el de la tensión entre las diferentes comunidades. Lo que, en principio, sólo es juego, inocencia y fechorías inocentes para Gabriel y su grupo de amigos se transforma casi de un día para otro en un intento por sobrevivir, por ponerse a salvo. Y así, de un plumazo, desaparece la tranquilidad, la calma y la confianza en el ser humano. Es cuando los niños se olvidan de jugar. Para siempre. 
            Gael apuesta por un estilo aparentemente sencillo. La baza de su prosa es que está reducida a lo mínimo, a lo imprescindible; las descripciones parecen hechas a color y consigue contagiar el ambiente de África. Ahí están sus olores y sus frutas, ahí está el sol alto y la risa fuerte, ahí está el tiempo lento y las puertas abiertas. La historia está narrada en primera persona y consigue llevar al lector desde esa banalidad de los primeros capítulos, donde conocemos a unos niños que se dedican a eso, a ser niños, a la crudeza de las últimas páginas, donde esos niños se familiarizan con la guerra y con la sangre: un golpe no sólo para el protagonista sino también para nosotros, que asistimos al cambio con la respiración entrecortada. Los personajes están dibujados casi por encima, pero no importa, porque lo esencial, que es la inocencia y la mirada limpia, resplandecen. Tiene, además, un capítulo precioso dedicado a los libros y a la lectura: en medio del horror, la cultura. Contra las armas, las letras.
            Pequeño país con una guerra grande. Pequeño país porque la infancia siempre parece pequeña cuando ya se ha traspasado la treintena. Porque en Pequeño país está la maldad del ser humano y la supervivencia de unos niños y porque, aunque uno salga indemne de la guerra, siempre tiene alguna herida, aunque sea invisible, que no deja de sangrar durante toda la vida. Pequeño país tiene tanta verdad que uno parece leerla en carne viva. Y sí, al final uno aprende algo: que la guerra es cosa de adultos y que, afortunadamente, algunos valientes como Gaël Fayel se atreven a contarla.  

miércoles, 28 de marzo de 2018

Bajo cielos lejanos, Sarah Lark

Un viaje. Un silencio. Un amor.
Los secretos familiares a veces se ocultan bajo cielos lejanos.
Hamburgo, en la actualidad. La periodista alemana Stephanie nació y creció en Nueva Zelanda, pero ha perdido todo recuerdo relacionado con su padre y sus primeros años de vida allí. Ahora debe volver al país de su infancia y enfrentarse a los hechos que su memoria siempre prefirió ocultar. Pronto descubrirá la existencia de un antiguo diario de una joven maorí cuya dramática historia ha ejercido una profunda influencia sobre los hechos del presente. Con él, logrará cerrar la brecha entre el pasado y el futuro.
En su viaje por Nueva Zelanda, Stephanie contará con la compañía de Weru, un carismático y atractivo maorí que la ayudará no solo a descubrir secretos familiares escondidos durante mucho tiempo, sino también emociones que nunca se había atrevido a sentir. Sarah Lark cuenta una historia sobre la verdad y el silencio, sobre decisiones erróneas y correctas, sobre la confianza y el amor.

Esta es la primera novela que leo de esta autora y tengo que decir que mis impresiones han sido buenas, no solo por la trama que cuenta, sino por el conocimiento de la cultura neo zelandesa-maorí, así por el colonialismo anglosajón que sufrió este país. La autora narra dos historias paralelas, la de Stephanie y la de una joven maorí que ha de huir junto a su pueblo cuando las tropas de su majestad la reina Victoria colonizan Nueva Zelanda. 

Stephanie, periodista de profesión, tiene la oportunidad de viajar desde Hamburgo hasta Nueva Zelanda para investigar un asesinato que ocurrió años atrás y que sigue sin resolverse. La revista para la que trabaja cree que podría sacar un buen reportaje de este hecho trágico. Por otra parte, aunque Stephanie pasó los seis primeros años de su vida en Nueva Zelanda, no recuerda nada de aquel tiempo. Una de las investigaciones que lleva a cabo la revista la pone en contacto con un Doctor que hace hipnosis médica. Él podría hacerle recordar todo lo que olvidó de su niñez. Sin embargo, los recuerdos van más allá de su niñez, la llevan hasta una mujer llamada Marama que vivió en el siglo XIX. Una vez que Stephanie vuela hasta Nueva Zelanda, investiga los asesinatos, pero también la vida de esa mujer que parece que está más unida a ella de lo que hubiera pensado en un principio. Para saber de esta mujer maorí tiene la ayuda Weru, un antiguo ayudante que tuvo su madre cuando trabajó en la universidad. 

Bajo cielos lejanos es la historia de Stephanie, pero también es la historia de Marama, dos tramas conectadas y que poco a poco el lector irá descubriendo en qué punto encajan. Tengo que reconocer que me pareció mucho más interesante la historia del pasado, la de Marama, la niña que fue adoptada por una familia inglesa, que la de Stephanie. Desde que la autora descubre a este personaje, sentí fascinación por lo que nos tenía que contar sobre esta mujer. Si bien al principio la autora nos muestra a una Stephanie fuerte, porque desea enfrentarse con su pasado, advertimos que a lo largo de la trama este personaje queda un poco descompensado por la personalidad tan fuerte de Marama. No me ha terminado de convencer la historia de amor de Stephanie con Weru, un hombre que me ha parecido egoísta, además de arrogante. He sentido que la ha metido con calzador. Tampoco me ha terminado de convencer cómo trata a Rick.

Marama o Marian (el nombre que le pone la familia inglesa) es una niña que se muestra desde bien pequeña inteligente y aguda, que ha de amoldarse a una nueva realidad cuando es adoptada. Se cría junto a sus “hermanos” Sassi y Leonard, pero una vez que crecen, las diferencias de clase se hacen evidentes. Sin embargo, Leonard tiene claro que lo que siente por Marama. Esta es, sin duda, la trama más bonita de la novela, pero también la más dramática.  

Se nota que la autora se maneja muy bien la ambientación de países exóticos, así como el contexto histórico en el que sucede esta historia. Muchos de los hechos que se cuentan en la novela son ciertos, como las guerras maoríes o los niños maoríes secuestrados y criados por familias pakehas o como la ciudad de Parihaka, donde se intentó que fuera una comunidad de paz y amor. Te Whiti, el profeta, predicó un nuevo mundo, donde creía que la paz era posible. 

Resumiendo, Bajo cielos lejanos es una novela que muestra una cultura que no conocía, una trama interesante y unos personajes bien definidos. Si os gustan las tramas donde se mezclan dos historias paralelas, esta es una buena opción. No será la última novela que lea de esta autora.