domingo, 22 de julio de 2018

Grandes enigmas y misterios de la Historia


Carlos Taranilla de la Varga nos sorprende con esta obra donde se recogen los grandes enigmas y misterios de la Historia que desde tiempos ancestrales, hasta la época contemporánea, han despertado el interés en nuestro imaginario colectivo. Desde los grandes enigmas que encierran los textos bíblicos, como el Arca de Noé, la torre de Babel, el Arca de la Alianza, las tinieblas del Gólgota o la numerología bíblica, hasta las muertes más desconcertantes como la de Tutankhamón, Nefertiti o Julio César hasta las de los Kennedy, Marilyn Monroe o Bruce Lee, de las que en la actualidad siguen vertiéndose regueros de tinta, con las más increíbles teorías sobre sus trágicos finales. Un libro ameno y riguroso que se adentra en grandes hallazgos arqueológicos, sorprendentes enigmas escondidos tras obras de arte como las colosales cabezas olmecas, el cadáver acéfalo de Goya, La Pesadilla de Füssli o los lugares más intrigantes como los de la leyenda del laberinto de Cnossos, la gran pirámide de Keóps, las estatuas de la isla de Pascua o el triángulo de las Bermudas. Un recorrido extenso y detallado por todos los acontecimientos, lugares y personajes que han mantenido en vilo a la humanidad a lo largo de la Historia.


¿Qué sería de nuestra vida sin misterios? ¿Qué estímulos nos quedarían si lo entendiéramos todo, si lo comprendiéramos todo, si no hubiera lagunas para el conocimiento humano? Pues sí, qué aburrimiento, qué sosería. Para recordarnos que el mundo está lleno de sombras, para contagiarnos de ese cosquilleo que nos entra en el estómago cuando no somos capaces de encontrar una respuesta lógica a algo, llega este libro, que resume todo su contenido en el título: Grandes enigmas y misterios de la Historia, publicado por Almuzara y escrito por Carlos Taranilla de la Varga en el que, y no voy a desvelar nada nuevo, se hace un recorrido por las personas, los hechos y los lugares con más secretos de la historia de la humanidad. Y si usted, como yo, tiene alma de cotilla, siga leyendo, porque vamos a hablar de eso. De lo que nadie sabe. De lo que nos seguimos preguntando, generación tras generación.
            ¿Marilyn Monroe fue asesinada? ¿Qué querían expresar nuestros antepasados con las pinturas rupestres? ¿Cuáles son las palabras que dijeron los astronautas en la primera misión a la Luna que no se oyeron en la Tierra? ¿El alma de verdad pesa 21 gramos?¿Qué son los quipus? ¿Qué dice el apocalipsis de San Juan? Como éstos hay más cien enigmas que se plantean en este libro y, ojo, no todos tienen solución, pero el autor tiene la virtud de exponerlos y compartir cuáles son los datos que tenemos disponibles, pero no se moja, por lo que deja que sea el lector el que llegue a sus propias conclusiones. Fíjese qué responsabilidad: que el receptor valore la información y decida qué cree y cuál es su postura. Cada tema es como un fogonazo que nos deja pensativo, con la mente a mil revoluciones y deseando que alguien, quien sea, nos dé la solución a los misterios.
            Grandes enigmas y misterios de la Historia, que ya va por la segunda edición, está pensado para el gran público: capítulos cortos, un lenguaje claro, directo y sin demasiadas complicaciones, y temas que son muy efectistas y en los que caben desde algunos pasajes bíblicos a batallas misteriosas, desde personajes que revolucionaron su tiempo hasta obras de arte con mensajes ocultos. Hay temas que darían para mucho más de un par de páginas, pero entendemos que esto es una guía, un aperitivo. Lo mejor (y también lo peor) es que son misterios que nos pueden sonar a todos, como la pirámide de Keops, las gigantescas cabezas olmecas o la energía de Stonehenge. El próximo reto es que el autor investigue más y realmente nos deje asombrados ya desde el planteamiento, con hechos que ni nos suenen.
            Entréguense al misterio, convénzanse de que hay cosas que no saben y que nunca sabrán. Este libro es un homenaje a eso, a los grandes secretos de la Historia, a esas sombras que nunca podremos iluminar. El autor ha hecho un trabajo curioso y nos lo ha puesto en bandeja. Grandes enigmas y misterios de la Historia es ideal para desconectar –para pensar en otra cosa, en otros mundos-. Bueno, no. Este título es para que les eche humo el cerebro y para dejarles en un estado catatónico. Bueno, conozcan estos secretos, y tendrán tema de conversación para cualquier cena con amigos. Hagan la prueba.

                                                                                                             Daniel Blanco 

Días sin final


Después de alistarse con apenas diecisiete años en el ejército de los Estados Unidos en la década de 1850, Thomas McNulty y John Cole, su compañero de armas, luchan en las guerras indias y, posteriormente, en la guerra de Secesión. Tras huir de terribles penalidades, estos serán para ellos días llenos de vida y asombro, a pesar de los horrores de los que son testigos y cómplices a la vez. Sus existencias cobrarán una mayor plenitud que peligrará cuando una joven india se cruce en su camino y surja la posibilidad de una felicidad duradera... siempre y cuando logren sobrevivir. La última obra de Sebastian Barry nos lleva por las llanuras del Oeste hasta Tennessee y es una auténtica obra maestra, tanto por la atmósfera que recrea como por su lenguaje. Estamos al mismo tiempo ante una intensa y conmovedora historia de dos hombres y la vida que les toca vivir, y una nueva mirada sobre algunos de los años más fatídicos en la historia de los Estados Unidos.


Todo el mundo habla de este libro. Me llegan recomendaciones desde diferentes puntos, con diferentes voces. Y estoy intrigado. Decían que era la última sensación, que tenía revolucionados a grandes nombres de la literatura –entre ellos, al premio Nobel del año 2017, Kazuo Ishiguro- y que la historia podría recordar a la laureada película Brokeback Mountain. Les hablo de Días sin final, uno de los últimos lanzamientos de la editorial ADN, escrito por Sebastian Barry y ambientado a mediados del siglo XIX en la convulsa Norteamérica, con las guerras indias primero y la Guerra de Secesión después –esas batallas entre los Estados del Norte y los Estados Confederados del Sur, enfrentados por el futuro de la esclavitud; los primeros querían abolirla, los segundos, no. Y en este paisaje bélico, tenemos a dos protagonistas, dos jóvenes, soldados, valientes y enamorados que tienen un único objetivo: ser un poco felices.
             Empecemos a dejar algunas cosas claras. Días sin final no es una historia de amor. Días sin final tampoco es una historia bélica. Días sin final no es una novela al uso. O quizás lo es todo a la vez. Les ubico: cuando conocemos a los protagonistas, Thomas y Cole, ellos son ya una pareja que habla con normalidad de sus sentimientos, de que se van a los barracones a follar, de que se echan de menos desesperadamente. No hay novedad ni asombro en este hecho. Es más, en la primera parte de la novela, su relación queda casi relegado a un segundo plano por los conflictos bélicos. Se habla de las bombas, de las estrategias militares, del sufrimiento de los pobres jóvenes obligados a alistarse en el ejército. Se habla de las matanzas de mujeres y niños, de las enfermedades y del hambre. Y es ahí, en mitad de la muerte y de la destrucción donde brota el amor, como una flor en un estercolero. Por eso insisto en que no es una historia de amor al uso: es una novela sobre la universalidad de los sentimientos, sobre la valentía y el deseo, sobre el amor como excusa para sobrevivir. Tiene Días sin final grandes aciertos y, sobre todo, escenas muy ilustrativas con respecto a algunas costumbres de los Estados Unidos del siglo XIX: los hombres que, para entretener a otros hombres, se disfrazaban de mujer y actuaban delante de ellos. Y era normal. Y estaba aceptado. O los blancos que se pintaban de negro para hacer comedia sobre los esclavos: estos espectáculos se llaman Minstrel.
            No es una novela fácil. Me explico: en un mercado saturado de historias ligeras, el autor tiene una apuesta clara, que no es otra que la de narrar con calma, que la de contarnos con detalle todo lo que ve, que la de sustentar la narración en la descripción. Los diálogos están casi reducidos a lo mínimo. No cae en lo fácil de la acción, ni en darle al público giros ni efectos. La prosa avanza con serenidad, es lenta, se recrea en las cosas pequeñas. Y una decisión curiosa: el narrador se muestra a veces bastante torpe, quizás porque es uno de los soldados el que narra la historia. Y, fíjense, que teniendo elementos muy llamativos al alcance de la mano, prefiere tirar por el camino más difícil, menos efectista, más sobrio. Quizás al principio cueste coger el ritmo, pero uno se acostumbra a la ruda delicadeza del señor Barry.
            Hay tiempos tan felices que parecen que van a durar siempre. Hay etapas en la que no nos atrevemos a pedir nada más y que parecen que no van a acabar nunca. Días sin final cuenta precisamente eso: dos jóvenes en un escenario de guerra, de muerte y de dolor a los que salva el amor. Y ahí están los dos: admirándose, echándose de menos, defendiéndose. Porque en la debilidad sale el amor. Y el lector se da cuenta de que no hacen falta escenas dramáticas ni grandilocuentes promesas  porque lo importante se demuestra en los pequeños hechos, en los gestos cotidianos. Días sin final es una experiencia nueva, valiente, complicada a ratos. Atrévanse.
 
                                                                                                        Daniel Blanco.
 

viernes, 20 de julio de 2018

Mejor la ausencia


'Mejor la ausencia' nos presenta una familia destruida, atravesada por la violencia de su entorno. Amaia, la pequeña de cuatro hermanos, narra ese entorno brutal desde su mirada de niña y adolescente. Compartimos con ella su miedo, su perplejidad, su rabia, ante un padre que hiere, una madre que se esconde, tres hermanos que, como ella, sólo buscan salir adelante. Amaia es la joven que se enfrenta, hasta alcanzar sus propios límites, a este mundo hostil. Amaia es también la mujer que años después vuelve a su pueblo para encontrarse con un pasado irresuelto. En ese camino de ida y vuelta, en sus huidas y regresos, descubrirá, a su pesar, que nadie escapa del entorno en el que se cría, de la familia que le toca en suerte. Y que reconocerlo es la única manera de sobrevivir.

Aunque la sombra de Patria, la novela de Fernando Aramburu, es alargada –de hecho, sigue siendo, años después de su publicación, una de las novelas más vendidas–, la escritora vasca Edurne Portela arma un relato crudo, valiente, desnudo sobre los años dorados de la banda terrorista ETA desde un prisma doméstico, casi cotidiano, en su novela Mejor la ausencia, que publica Galaxia Gutenberg. Y nos metemos en una casa cualquiera y conocemos a una familia corriente para saber, a través de los ojos de una niña que no ha conocido otro entorno, cómo se gesta la violencia, cómo les afecta y cómo contribuyen (o no) a perpetuarla. Porque, y aquí está uno de los cimientos de esta historia, este terror es asunto de todos y a todos les corresponde parte de responsabilidad.
            Nos ponemos de lado de la narradora, Amaia, una niña y después adolescente, que dedica todo su esfuerzo en ponerle un poco de su infantil cordura a la situación que la rodea. Porque esa situación que la rodea no es otra que la muerte y el silencio, que la lucha sangrienta como forma de conseguir unos objetivos, del odio como forma de crecer, de la necesidad de posicionarse: estás conmigo o contra mí. Y son sus ojos inocentes, ésos que no han conocido otro paisaje social y político, los que nos acercan al terror, los que van desgranando, y además de una forma devastadora, cómo la violencia se va haciendo un hueco en el día a día de una familia, cómo desvirtúa las relaciones personales, cómo copa las conversaciones en la mesa y cómo llena de odio, de furia y de miedo –según el caso- a sus miembros. Y eso es un hogar. El hogar de la protagonista. Sí, ETA mata a unos, aterroriza a otros, convence a unos pocos y cambia, de una forma u otra, la vida de todos, lo quieran o no.
            Desde la portada –con la imagen de un peluche- hasta la prosa, todo pugna entre la inocencia y la violencia, entre la niña-testigo y los adultos-odiadores, entre la paz y la furia. Y ésa es la vida que se nos muestra, la que se manifiesta en los pequeños detalles, en el día a día. Con un estilo conciso, corto y brillante, con unos diálogos tan naturales que parece que estamos oyendo a los personajes, la autora es capaz de levantar ante nuestros ojos una realidad complejísima, es capaz de incomodarnos haciéndonos partícipes de un entorno hostil. Los que tenéis en mente la omnipresente Patria, es éste un relato menos edulcorado –y entiéndanme-, más descarnado, más duro y más gris, que confirma a Edurne Portela como una de las narradoras más firmes del panorama. Ella vuelve a abordar este delicadísimo asunto después de su lúcido ensayo El eco de los disparos.
            Mejor la ausencia es la historia de una familia cimentada en el miedo y en la violencia, porque el miedo y la violencia durante muchos años en el País Vasco no pertenecieron sólo a la calle y a las manifestaciones, a los atentados o a los despachos de los políticos, sino también a las relaciones entre padres e hijos, a las caricias de una madre, a una pesadilla. No, el terror se cuela debajo de las puertas y entra en casa pegado a los talones de los ciudadanos, y lo ennegrece todo, lo transforma todo, lo pudre todo. Y así lo narra la protagonista, una niña, que intenta entender el mundo que le ha tocado vivir. Y qué bien lo narra Edurne Portela, porque ahí está la vida de una familia y también la de una sociedad, y la de un fantasma enorme: el miedo que, muchas veces, desemboca en violencia, en destrucción, en un odio absoluto.

                                                                                                                  Daniel Blanco