lunes, 18 de febrero de 2019

La hora violeta


Una de las frases que más oye un padre tras la muerte de su hijo es «No tengo palabras». Todo el mundo se queda sin palabras de consuelo en un momento en que los lugares comunes suenan a insulto. Pero Sergio del Molino sí tenía palabras. De hecho, solo tenía palabras, las que forman esta historia de amor titulada La hora violeta. Este libro narra un año de la vida de su hijo Pablo, desde que fue diagnosticado de un raro y grave tipo de leucemia hasta su muerte. La hora violeta no es solo una apasionada carta de amor de un padre a su hijo, sino también la historia de una búsqueda: la de un término para referirse a los «padres huérfanos». Hay tan pocas palabras de consuelo disponibles que el idioma se ha olvidado incluso de reservar un sustantivo para quienes ven morir a sus hijos. Del Molino expresa sin medias tintas la frustración y la angustia de un padre sin incidir en descripciones sensacionalistas del sufrimiento de su hijo. 


La hora violeta es la hora que no avanza, ese momento en el que el minutero parece que no salta hacia adelante. La hora que se repite una y otra vez. ¿Y por qué? Por el sufrimiento, por el dolor que causa, porque el ser humano es incapaz de seguir, de despegarse de ella. Sí, vamos a hablar de una de las experiencias más terribles –posiblemente la que más- a la que se enfrentan unos padres, a la pérdida de un hijo. Hablemos de La hora violeta, en la que el autor Sergio del Molino –lo conocerán porque firmó el imprescindible ensayo La España vacía-, nos cuenta de la mano de Literatura Random House la corta vida de Pablo, su hijo, desde que fue diagnosticado con leucemia hasta que muerte, con dos años. Y sí, están el dolor y la desesperación, pero también el amor y la entrega; conviven en estas páginas lo peor y lo mejor de ser padres, la dulzura y el llanto, la capacidad infinita de amar. Y, como consecuencia, de sufrir.
             Deja claro el autor en numerosas entrevistas que no cree en la literatura terapéutica, que este libro en ningún modo es una novela de superación sino simplemente, y esto lo digo yo, la batalla entre un escritor y su tragedia. Él, Sergio del Molino, usa las únicas armas que conoce, la de las palabras, y la tragedia lo supera, lo abruma, lo obliga casi a rendirse. La hora violeta es, grosso modo, la experiencia de un padre que pierde a un hijo. En estas páginas, no más de doscientas, están los pasillos largos, los médicos serios y los niños calvos. Están las noches en vela, las preguntas de por qué a mí, la necesidad de buscar luz, en algún sitio, en alguna morada. En todo este recorrido triste, el autor-narrador se para a tomar aire, a reflexionar sobre lo que significa ser padre, sobre lo que implica la pérdida. Es cierto que el tema tiene algo que nos llega a todos de inmediato: el sufrimiento de un niño, pero Del Molino no se pasea por lugares comunes –al menos, no más de los precisos-, no se centra en el melodrama ni tampoco se enfanga en el dolor; es decir, no camina en círculos. Y es lo que le aplaudo: su lucidez, su serenidad, la verdad que late bajo las páginas. Es realmente conmovedor escucharlo hablar con ese amor de su hijo. Yo, os lo reconozco, necesitaba un poco de silencio cada treinta páginas. Es tal la intensidad, es tanto el dolor que rezuman estas páginas que necesitaba sacar la cabeza por la ventana, cerrar los ojos y sentir la vida.
             Capítulos cortos, frases concisas, palabras elegidas. Confesiones políticamente incorrectas, recuerdos quizás adulterados por la pena y el cansancio, las ansias de vivir, de volver al día previo al sufrimiento. Y así se narra la tragedia. O más bien, el que la narra es el autor-padre, el hombre sufriente, el ser humano que entiende que su papel es sólo despedirse. No hay grandes estridencias ni artificiosidad, todo está contado en voz baja –que es el tono de la derrota- todo está al servicio de Pablo, de su hijo. Qué generoso el narrador, qué temple para recordar con tanta dulzura. Porque leucemia y niño no debería ir en la misma frase. Y tampoco en la misma vida, como dice la escritora Lorrie Moore en uno de sus cuentos de Pájaros de América.
             La hora violeta le encomienda a la literatura la difícil tarea de ponerle palabras al dolor de unos padres, de convertirlo en algo tangible, para poder enseñarlo, para poder saber qué apariencia tiene. Sergio del Molino, narrador experimentado y analista lúcido, firma esta historia autobiográfica con una decisión clara, la de la ternura a toda costa, y con una capacidad innegable para conmover, para dejarnos plantados –de empatía, de pena–. Y uno, al final, sólo puede preguntarse cómo el dolor de unos padres puede ser contado de una forma tan bella, con tanta delicadeza. Quizás ésta sea la meta del arte, la de hacer soportable lo insoportable. 

domingo, 17 de febrero de 2019

Las cartas de Elena Francis


Elena Francis, un personaje de ficción, se convirtió en la consejera sentimental de las españolas a través de un consultorio de radio. Aunque fue concebido como motor publicitario de una empresa de productos de belleza, la influencia del programa trascendió hasta convertirse en un fenómeno de masas del brazo de la ideología nacionalcatólica. El presente estudio analiza un conjunto de cartas, datado entre 1951 y 1970, que establecen el escenario sentimental, laboral y familiar en el que se movían las mujeres de la clase trabajadora. Las cartas, que en su mayoría no se radiaron, constituyeron una vía de comunicación paralela al programa de radio y se contestaron particularmente, puesto que su contenido excedía la inocente consulta de belleza para describir graves casos de marginación, malos tratos y frustración personal. Este fondo documental confirma la supeditación de la mujer durante la dictadura a un sistema patriarcal que le vetaba la posibilidad de equipararse al varón en el ámbito educativo y social.


Esto, señores y señoras, es Historia de España, así, en mayúsculas. Es la experiencia callada de cientos, miles de mujeres durante la Dictadura, de nuestras abuelas y nuestras bisabuelas, es el reflejo de un país oscuro que estaba convencido de que ellas –o como las llamaban algunos: el bello sexo– debían perseguir pocas metas en la vida: la de hacer un hogar feliz, la de criar hijos felices, la de tener al marido feliz. Y la de no quejarse demasiado. En este paisaje, una voz femenina se alzó para dar consejos, para guiar y consolar. Y ella no es otra que la señorita Francis, a muchos os sonará el nombre porque estuvo más de tres décadas en antena. Hoy reseñamos uno de los libros con los que más he disfrutado, más estimulantes y más interesantes de los últimos años: Las cartas de Elena Francis. Una educación sentimental bajo el franquismo, un estudio firmado por Armand Balsebre y Rosario Fontova que trae la editorial Cátedra y que pretende ser una fotografía exacta de la sociedad de la época a través de las cartas que las entregadísimas oyentes enviaban a la ficticia señorita Francis y donde le consultaban sobre belleza, sobre relaciones, infidelidades y noviazgos, y hasta sobre problemillas de economía familiar. Ya les digo que estamos ante un documento impagable.
             27 de noviembre de 1950. Se emite por primera vez un programa radiofónico que dará a conocer a la consejera más escuchada y más admirada de la España de la posguerra: Elena Francis. Ella hará historia, sus consejos serán seguidos por miles de mujeres. Aunque el programa fue, en principio, concebido como un trampolín publicitario para ciertas marcas de bellezas, se convierte rápidamente en un espacio de conversación en el que una consejera-amiga-sabia atiende miles de consultas de las mujeres de la época, a las que se les habían recortado las libertades conseguidas en la República. El germen de todo esto –de la investigación, de que tengamos documentación tan valiosa sobre los desvelos femeninos de la Dictadura- fue la casualidad: en una masía casi abandonada de Cornellá (Barcelona) se encuentran decenas de sacas con más de un millón de cartas dirigidas a una misma mujer: Elena Francis. Muchas se quemaron, otras, las más reveladoras, se guardaron y han servido para cimentar este estudio que sale ahora publicado en una edición cuidadísima de más de 500 páginas. Elena Francis era la maestra de esta escuela de educación moral, en la que se hablaba, sobre todo, de hombres, del hogar y de los niños. Es curiosa la personalidad de esta mujer, entre mojigata y comprensiva, entre dulce y contundente, entre tajante y protectora. Sus consejos son de los más variopintos. Y para muestra, un botón: “Hágase la sorda, la muda y la ciega, es lo mejor”. “Los hombres son como niños grandes a los que nada les gusta más que conquistar”. “La desgracia de una mujer es siempre otra mujer”, dice en referencia a las que se lían con hombres casados. “Usted tiene el temperamento amargado y tiene el don de querer amargar a los demás. Nadie le abrió la cabeza de un sillazo porque tiene la suerte de estar rodeada de personas educadas y bondadosas”. “La mujer tiene el deber de estar bella”. Sí, a cualquier lector de este nuevo siglo se le abre la boca de asombro pero éstas, señores y señoras, eran las consignas de una época, las directrices habituales para las mujeres honestas.
             Ya les digo, el libro es una auténtica maravilla porque es capaz de retratar desde lo cotidiano las inquietudes y los sufrimientos de estas mujeres que escuchaban el programa de radio en la cocina, en la sala de costura o en las fábricas. El libro está concienzudamente documentado –además, aporta fotos de gran calidad- y tiene una prosa sencilla y fluida. Lo importante son las cartas, las oyentes, sus problemas. Hasta la cancelación del programa, en 1984 –treinta y cuatro años más tarde- no se supo que Elena Francis nunca existió y que eran otros los que atendían, por escrito, las consultas de las mujeres. En algunas cartas, los contestadores –no todas las consultas se leían en antena, pero todas se contestaban como una forma de fidelizar a la audiencia– anotaban un asterisco: era la señal de que tocaba un tema delicado, como un intento de suicidio o una violación, aunque nunca se decían con estas palabras, sino “hizo lo que quiso de mí”, “me hago la dormida y mi hermano…”. Estas cartas eran, atendiendo a la moral de la época, censuradas. Capítulo aparte merecen los originales pseudónimos con los que las mujeres firmaban sus cartas y que tenían el propósito de procurar el anonimato a la remitente: La fea, Desgraciada sin remedio, Doña Manchas, Una que ha sido descubierta…
            Las cartas de Elena Francis es parecido a hurgar en los cajones de nuestras bisabuelas o a ojeras sus diarios o en el joyero de sus secretos. Realmente, esta investigación habla de las mujeres durante la Dictadura, pero también de un país, de sus hombres y de sus corsés morales. Las conclusiones son curiosas –entiéndanme el uso la palabra- y aterradoras al mismo tiempo. El humor lo pone el paso del tiempo; el terror, la conciencia de lo que tuvieron que sufrir esas mujeres. Lo que está claro es que Elena Francis fue una madre para todas ellas, una hermana, una amiga; muchas veces, la única que podía consolar a las mujeres atribuladas. Señores y señores, esto es Historia de España, nuestra Historia. 

domingo, 10 de febrero de 2019

Fealdad. Una historia cultural


Páginas interminables se han escrito sobre la belleza, pero poca cosa hay por ahí sobre lo feo. Es decir, lo que a nosotros nos parece feo. Tenemos un gusto y es muy nuestro, incluso estamos orgullosos de él, pero ¿de dónde viene? He aquí una posible respuesta, un mapa de la fealdad a través de las épocas, las culturas y los continentes, y de cómo ha ido cambiando en la imaginación pública. De las bestias de la Antigüedad clásica a las gárgolas medievales, del monstruo de Mary Shelley a las exposiciones nazis del arte degenerado. El arte, la música e incluso los objetos de consumo masivo, como las muñecas feas de la década de 1980, esto y más está recogido en este libro bellamente ilustrado con ejemplos notorios de fealdad.


La fealdad es la nueva belleza. Lo feo, lo raro, lo imperfecto está de moda, nos llama la atención, quizás por curiosidad, por provocación o porque los cánones estéticos van cambiando con el paso del tiempo. No hay más que fijarse, por ejemplo, en esa tendencia japonesa tan original del kintsugi, que es la de resaltar las heridas, las cicatrices y las roturas de un objeto con oro o el wabi-sabi, una tendencia también japonesa que defiende el gusto por lo marchito, por lo que se considera “fuera de lugar”, por lo rechazado. Pongámonos guapos o feos porque vamos a hablar de modelos estéticos alternativos con Fealdad, Una historia cultural, un potente ensayo escrito por Gretchen H. Henderson y que trae a España la editorial Turner dentro de su colección Turner Noema –qué publicaciones más exquisitas- para hacernos un curiosísimo recorrido por la evolución de la fealdad, por los significados que ha ido adquiriendo en las diferentes civilizaciones y por los ejemplos más potentes de la exaltación de lo no-bello y nombro, por ejemplo, la exposición de arte degenerado que organizaron los nazis para mostrar un anti-ejemplo. Y aquí también caben más figuras: el surrealismo, mucha producción pictórica de Goya, el hombre elefante…
             La fealdad está en los ojos del que mira, dice en la contraportada del ensayo. Sí, porque es también el receptor el que coloca las etiquetas y el que decide desafiar los cánones, provocar o, simplemente, cuestionar las normas. Y porque somos nosotros, desde nuestra construcción y desde la sociedad en la que estamos, los que decidimos qué es feo y por qué lo es. Es cierto que la autora firma un ensayo lúcido, coherente sobre el tema de la fealdad para hablarnos de lo monstruoso, de lo que da miedo y también de lo humano. La belleza ha estado siempre vinculada a la perfección, a lo mitificado; y la fealdad se acerca más a esa necesidad milenaria del ser humano de nombrar lo que no entendía, lo que le daba miedo. Este libro es, sin lugar a dudas, un recorrido fascinante porque la autora sabe enganchar, sabe llevar la teoría a la historia, sabe ejemplificar lo que cuenta. Y tenemos, por ejemplo, los monstruos que decoran algunas iglesias, el expresionismo alemán, el nacimiento del jazz o Frankestein, y encontramos historias como la de la Primera Guerra Mundial, cuando empiezan a crearse máscaras para tapar las terribles deformidades de la cara de los soldados, o el trastorno de la fealdad imaginaria. No es un ensayo que se va por las nubes, es un estudio riguroso, pero accesible, serio, pero con un aire cotidiano que lo hace cercano.
             Sí, puede parecer incómodo hablar de fealdad y de feos, pero Henderson nos ayuda a tener una nueva perspectiva estética del arte, de la vida, de nosotros mismos. Lo feo siempre se ha relacionado con mostrar y con advertir, con  lo que es temido. Y es lo que hace la autora con este ensayo, mostrarnos y advertirnos, ponernos delante de situaciones y obligarnos a reflexionar, a posicionarnos y a advertirnos de que nuestra decisión es también fruto de lo que somos, de nuestra formación, de la época y el lugar en el que hemos nacido. Y es lo maravilloso de este ensayo: la capacidad de conversar con el lector a un nivel muy profundo y que se consigue gracias a la prosa, libre, directa, sin mayores florituras.
            Fealdad. Una historia cultural nos lleva hasta el meollo del asunto y nos hace plantearnos cómo redactamos nuestras leyes de lo feo. Y sí, este libro es un libro bello, interesante, absolutamente estimulante. Lo feo forma parte de nosotros, de lo que somos y de lo que nos rodea, lo que nos hace humanos porque en todas las sociedades siempre hemos intentado nombrar lo incómodo, lo anómalo, lo que daba miedo. Y quédense con esto: una época sin fealdad sería una época sin progreso. A partir de esta lectura, nadie, absolutamente nadie, despreciará con tanta ligereza lo feo.