jueves, 19 de septiembre de 2019

Sin rastro


Casada con un poderoso hombre de negocios neoyorquino, Audra Kinney ha reunido las fuerzas suficientes para dejar atrás una vida aparentemente acomodada pero marcada por el maltrato psicológico de su marido. Con sus hijos Sean y Louise, de once y seis años, Audra ha recorrido miles de kilómetros a través de carreteras secundarias con la intención de comenzar una nueva vida en California. Y ahora, frente a los escarpados paisajes de la desértica Arizona, siente que puede volver a respirar, que han dejado atrás el pasado y el peligro. Sin embargo, poco antes de llegar al pueblecito de Silver Water, el sheriff del condado de Elder la detiene por una presunta infracción de tráfico. Y las cosas se complican cuando en el maletero aparece una bolsa con un alijo de drogas. Audra tiene que dejar que la ayudante del sheriff se haga cargo de los niños, mientras éste la conduce a comisaría y la encierra en una celda a la espera del juicio. Pero cuando menciona a los pequeños, todo el mundo se sorprende. Según ella, el policía los ha secuestrado; según él, no había niños en el coche. Es la palabra de una fugitiva contra la de un agente con décadas de servicio y un expediente intachable, así que, a pesar de la intervención del FBI, el linchamiento mediático y social de Audra es inmediato e imparable. Hasta que Danny Lee, un detective privado con una historia personal muy parecida a la de Audra, decide entrar en acción.


Cuando una prima mía, Sara, me vio en la piscina leyendo embobado Sin rastro, de Haylen Beck, me dijo que parecía el argumento de una película de sobremesa de Antena 3, de esas en las que uno no para de menear la cabeza y de asombrarse por su trama impredecible, pero que no puede dejar de ver. Tenía razón y, en cierto modo, era un cumplido. El texto de la faja dice así: una madre desesperada, un sheriff despiadado y dos niños desaparecidos. El pasado siempre vuelve. Y este thriller policial publicado por Salamandra dentro de su colección Black tiene todo lo que se le pide a un thriller policial: que tenga un arranque que actúe de anzuelo, que no puedas cerrar el libro, que no tengas ni idea de cómo va a terminar la trama.
             La historia es la siguiente: una mujer va en coche con sus dos hijos pequeños por una carretera comarcal. Ella acaba de divorciarse de un exitoso y riquérrimo empresario. La policía la detiene y, durante el registro del coche, encuentran una bolsa de marihuana que ella jura y perjura que no es suya. Los agentes, evidentemente, no la creen y la llevan a comisaría, la encierran en el calabozo. Poco después, cuando ella pregunta que dónde están sus hijos, un policía le responde: ¿Qué hijos? Usted iba sola en el coche”. Y esta respuesta –este puñado de palabras- es la que desencadena la trama y la que engancha definitivamente al lector. Sin rastro es una prueba de que el ochenta por ciento de estos thrillers se sustenta en el planteamiento, en sugerir un paisaje lo suficientemente interesante como para que el lector no pueda desviar la mirada. Y lo cierto es que este planteamiento tiene todo para hacer que nos rindamos. Y a partir de ahí, la trama se desarrolla con solvencia, aguardando varios giros de guion interesantes, varias situaciones curiosas, donde lo único que importa es saber dónde están esos niños y por qué han desaparecido. Y, a pesar de ser una historia de ficción, el desarrollo tiene la virtud de hacernos ver (o de hacernos creer) que los responsables –los retorcidos, los malvados- están entre nosotros. El mal es un mal real, casi tangible.  
             Sin rastro sigue a rajatabla los cánones de la novela negra y sabe cuál es su prioridad: la intriga, la dosificación del misterio, ser impredecible. Y eso es lo que hace: lo supedita todo –los personales, el estilo, los diálogos- a mantener al espectador en vilo, a que caiga en la tentación de leer un capítulo más. Y nosotros, como lectores, le perdonamos las generalizaciones y que los diálogos no estén del todo trabajados o que los personajes estén dibujados a trazos grandes. Da igual. La novela funciona y lo hace porque tiene claro su propósito: poner nervioso al que lee.
            Sin rastro puede que sea el equivalente literario a una película de Antena 3 de la sobremesa, de ésas a la que uno sólo le pide que lo entretenga, que lo enganche, que no le deje levantarse del sofá. Y es eso lo que cumple esta novela, una de las últimas apuestas de la división de novela negra de Salamandra, que tiene uno de los planteamientos más originales de los que recuerdo. Y reconozcámoslo, a veces, a los lectores nos apetece una historia así, de las que nos dejan sin aliento, de las que se leen casi sin esfuerzo. De las que no te dejan dormir por las noches 

viernes, 21 de junio de 2019

Terror


Como oficial de la Fuerza Aérea de Alemania, Lars Koch debe intervenir en una situación de emergencia: un terrorista ha secuestrado un avión de Lufthansa y pretende estrellarlo contra el Allianz Arena de Múnich, donde en ese momento setenta mil espectadores asisten a un partido de fútbol internacional entre las selecciones de Alemania e Inglaterra. Contraviniendo las órdenes de sus superiores, y consciente de la responsabilidad que deberá asumir por su terrible acto, Koch derriba el aparato para impedir la masacre en el estadio, causando la muerte de las ciento sesenta y cuatro personas que viajaban a bordo. Así pues, el juicio al que se somete al infortunado piloto es el núcleo de la primera obra teatral del célebre abogado criminalista alemán Ferdinand von Schirach. Con una trama sencilla pero contundente, el autor de superventas como Crímenes y Culpa nos conmina a tomar partido como miembros del jurado popular que deberá dictar una sentencia de tintes dramáticos y consecuencias inquietantes.


Hay un concepto que me fascina, que me deja horas y horas pensativo, que quizás podría definirnos como seres humanos. El mal menor. Sí, hay veces en las que uno está en una tesitura tan difícil que, elija lo que elija, implica un daño. Imagínense, por ejemplo, que de una casa en llamas con dos inquilinos, sólo puede salvar a uno. ¿A quién elegiría? Imagínense, por seguir fantaseando, que está buscando trabajo porque lo van a desahuciar y que le ofrecen el puesto de su mejor amigo. ¿Qué decidiría? En casos así sólo queda tener el corazón frío y decantarse por lo menos desfavorable, lo menos malo. Todos rezarnos por no tener que vernos en una situación parecida, por no tener que elegir. Pero esto es justamente lo que hace el autor Ferdinand Von Schirach, con la última novela que le publica Salamandra, Terror, y que cuenta la historia de un oficial militar que, ante la amenaza de unos terroristas que han secuestrado un avión, decide derribar el aparato y matar a los pasajeros antes de dejar que se estrelle contra un estadio de fútbol lleno hasta la bandera. Y ahí está el juicio moral, la decisión difícil.
             Sí, no estamos ante una novela al uso porque está escrito como una obra de teatro: el narrador casi no aparece y la historia está cimentada sobre el diálogo, sobre lo que dicen los personajes. Lo que hacemos nosotros como lectores es asistir al juicio en el que se intenta dirimir la culpabilidad del protagonista, que está acusado de matar a los pasajeros del avión, más de ciento sesenta personas, contraviniendo la orden de sus superiores. En Terror, es curiosísimo el título, asistimos a la defensa del acusado y a los argumentos que se dan a favor y en contra de su decisión. Y, a lo largo de todas las páginas, sobrevuela el mismo debate ético: ¿quiénes somos para decidir sobre la vida de otro? ¿Valen más sesenta mil vidas que doscientas? ¿Por qué? ¿Quién lo decide? ¿Hizo mal el acusado? ¿Y si en ese avión iba el científico que iba a descubrir la cura del cáncer? Y el lector no puede hacer otra cosa que tragar saliva y sentir cómo la cabeza se mete en un bucle sin salida. Y en esta obra de teatro, los acusados somos nosotros, los interlocutores están al otro lado de las páginas porque lo que nos están preguntando directamente es: ¿y tú qué harías?
             Terror, que acumula ya cientos de representaciones por escenarios de todo el mundo, confirma el buen ojo del autor para elegir los temas y para plantear esos debates que definen al ser humano. Es brutal, una absoluta genialidad. Además, el autor nos vuelve a traer una historia bien contada, desde la sencillez y la cercanía, desde ese lugar en el que todos somos iguales, y donde pone sobre la mesa un problema mucho más profundo, de mucho más calado: el mal menor. Terror tiene pulso, tiene nervio y, sobre todo, tiene la capacidad de provocarnos mucho miedo.
            Terror es tener que decidir entre matar doscientas personas o dejar que mueran miles. Terror es verse en una tesitura parecida, Terror es tener tanta responsabilidad. Es cierto lo que dicen algunos de que la literatura a veces nos sirve de ensayo para la vida. En este caso, no me cabe duda, porque el protagonista podría ser cualquier de nosotros y la situación, cualquiera a la que nos enfrentemos en nuestra vida. Y ahora sí, llega la gran pregunta. ¿Hubieras dejado que el avión se estrellara contra el auditorio lleno? ¿Hubieras matado a los pasajeros del avión? Mójate, ¿qué hubieras hecho tú? Piensa en el mal menor.

lunes, 17 de junio de 2019

Laboratorio lector


Laboratorio lector presenta una visión amplia, interdisciplinaria y divertida de la lectura. Es solo un libro, pero incluye toda clase de experimentos, como en unos auténticos «juegos reunidos»: comprobar la amplitud de las fijaciones oculares, descubrir los automatismos del cerebro, tomar conciencia de las inferencias que hacemos o de la manera en que trabaja la memoria o revisar las estrategias con que exploramos un escrito para detectar su intención, su estructura o su ideología.


Nos dicen, por activa y por pasiva, que leer es divertido, que nos lo tomemos como un juego. Sin embargo, los jóvenes, en cuanto alguien intenta sacarles el tema, ponen los ojos en blanco y suspiran, aburridos de antemano. Los profesores, incansables, intentan demostrarlo, pero se desesperan. “Misión imposible”, dicen. Parece que sólo algunos elegidos tuvieran “el don de la lectura”, el interés por los libros, la paciencia para pasar páginas. Nada de eso. Como una especie de mediador, de experto que coge de las manos a las dos partes implicadas y las lleva a un punto intermedio actúa Daniel Cassany con su último ensayo, Laboratorio lector, publicado por la editorial Anagrama en su colección Argumentos, y donde reivindica precisamente eso: que leer es divertido, es un juego y es estimulante. Y que además, es una herramienta imprescindible para desenvolverse en este mundo moderno. El problema estriba en que, hasta ahora, no hemos sabido transmitirlo. ¿No os lo creéis? Pues seguid leyendo porque esto no ha hecho más que empezar.
             Ya lo revela el título: estamos en un laboratorio, un lugar donde se hacen experimentos, se disecciona y se observa, se ensaya y se toman notas, se investiga y se mezclan elementos, se prueban cosas nuevas y se produce el asombro, la sorpresa o el error. Pues eso es lo que vamos a hacer, pero con la palabra. Metamos el lenguaje en el tubo de ensayo y veamos, por ejemplo, cómo funcionan el cerebro y los ojos en el proceso de la lectura, aprendamos a interpretar entre líneas, a resumir y a construir significados, acostumbrémonos a ser lectores críticos, a dialogar con los textos y adivinar las intenciones de los autores. Y atención, porque aquí está una de las grandes aportaciones de Cassany en este ensayo, también aborda el peliagudo asunto de las fake news, del exceso de información en internet y de la manipulación y la posverdad. El libro, de principio a fin, tiene un objetivo claro y es el de hacer accesible la comprensión lectora. Fíjense que estamos en una sociedad en la que los jóvenes entienden menos lo que leen, en la que tenemos un problema (y grave) porque el mensaje no llega al receptor.
             No sé si conocéis a Daniel Cassany, pero dando conferencias es un auténtico showman. Tiene el carisma de la gente a la que le apasiona lo que hace, tiene la seguridad del que maneja la materia de la que habla. Y eso, precisamente, se contagia a este libro, que funciona como una guía, como una hoja de ruta para ir acercándonos a ese camaleón que es la palabra. El autor –qué lúcido– nos está haciendo un regalo porque nos está proponiendo ejercicios, juegos y experimentos para trabajar nuestras habilidades con algo imprescindible, que va a marcar nuestra relación con el entorno y que vamos a usar siempre: el lenguaje.
             Leer, señores y señoras, no es identificar las letras. Leer es entender qué dice un texto. Y eso es lo que nos enseña Laboratorio lector. Poneos los guantes y la bata blanca y preparaos para trabajar con la palabra. Vamos a sentir su peso y tu textura, vamos a jugar con ella, a experimentar, a darnos cuentas de cuál es su poder. Y es justamente esto lo que provoca este libro: asombro ante la magia del lenguaje, ante sus infinitas posibilidades. Os estoy hablando a vosotros, a los profesores, al alumnado, a los lectores y a los que siguen insistiendo en que leer no va con ellos: esta guía es para todos. Leedla y os daréis cuenta de que al final resulta que sí, que leer es un juego.