viernes, 14 de junio de 2019

Un pájaro quemado vivo


En el curso de los años, el piso principal de las Tres Palmeras se transformó en lugar de culto y campo de batalla. Allí, Paula Pinzón Martín venera la memoria de su madre muerta, la divina Celestina Martín, y los fetiches de la tiranía. Allí, evoca la guerra civil que su padre, el brigada Abel Pinzón, ganó contra los republicanos, pero sin haber sabido sacar frutos de la Victoria. En una ceremonia cruel e irrisoria, Paula se entregará al último combate de la memoria, una lucha monstruosa donde la realidad cuenta menos que los delirios de lo imaginario.


Es imposible que uno olvide qué estaba haciendo cuando se enteró del atentado de las Torres Gemelas, dónde estaba cuando conoció al amor de vida o cómo le dijeron que era el seleccionado para ese trabajo que tanto quería. Y también es imposible no recordar la sensación que tuvo cuando leyó por primera vez al autor -injustamente desconocido- Agustín Gómez Arcos. Leí El cordero carnívoro hace diez años y, tras cerrar el libro, estaba taquicárdico, rojo de emoción, con la garganta seca; supe entonces que la lectura era también una actividad física con poder para hacerme sudar, para provocarme sofocos, para dejarme casi al borde del desmayo. Le siguieron después Ana No, El Niño Pan, La Enmilagrada… y mi admiración no hacía más que crecer, que hacerse más sólida. Desde ese momento, Agustín Gómez Arcos se convirtió en un mito, en una leyenda, en mi tesoro. Y de él vamos a hablar hoy con la excusa de la publicación de Un pájaro quemado vivo, la última de sus obras publicadas en castellano, rescatada gracias al empeño de la editorial Cabaret Voltaire y que he devorado en sólo un par de días.
             Paula Pinzón, la mujer de la mirada bicolor a la que todos temen y que vive apartada de todos, atrincherada en sus recuerdos, recibe un día cualquiera el telegrama con el anuncio de la muerte de su padre, un brigada mediocre y derrochador, un hombre sin demasiadas aspiraciones en la vida, al que ella ha odiado rabiosamente desde niña y que, tras la larga enfermedad de su madre, formó otra familia con la puta Luciérnaga, a la que ya visitaba cada noche desde mucho antes. Este telegrama, enviado por su hermanastra, sirve a la protagonista para abrir la presa de la memoria y dejarse enterrar bajo sus odios y sus venganzas, bajo la historia que ella misma se ha creído. Paula construye su identidad con dos certezas: la adoración por su madre muerta, que era frágil, delicada y siempre enferma; y el desprecio por su padre, culpable, cree ella, de todas sus desgracias. La acompañan en esta historia el cura tragón, la vieja roja que lleva una peluca rubia a la que ella esclaviza como criada y un joven-amante, con tendencia a la masturbación y con el que ella ha conocido el vicio. Un pájaro quemado vivo trae de vuelta el asfixiante universo de Gómez Arcos, el de las casas en penumbra, el de los odios enquistados y las venganzas cotidianas, el del deseo y el pecado como castigo y como sufrimiento, el de los dolores íntimos de la España de la posguerra, de la primera democracia, el de la gente que sufre y que sólo sabe hacer daño a los demás para sobrevivir.
             Agustín Gómez Arcos, para los que no lo sepan, es todo un referente literario en Francia, adonde emigró durante la Dictadura y donde empezó a escribir en francés. Allí, en el país galo, ha quedado finalista del prestigioso premio Goncourt, fue condecorado con la Orden de las Artes y las letras Francesas con grado de cabalero y oficial y allí, fíjense, se estudia en las escuelas. Es ahora, gracias –insisto- a la editorial Cabaret Voltaire cuando empieza a conocerse en España, a traducirse muchos de sus títulos a su idioma materno. Quédense embobados con su prosa, con esa dureza poética, con esa innegable virtud para zarandearnos, como si las palabras fueran piedras que va lanzando al lector. Y uno, es cierto, sale magullado de la lectura, con la sensación de que lo han herido en alguna parte.
            Un pájaro quemado vivo es un paisaje de negros y blancos –ahí no caben los grises-, de niñas que odian a sus padres y de rencores que trepan por las casas como las enredaderas. Es un retrato nada complaciente de un país cruel donde los curas quieren hartarse a comer, los rojos sólo quieren que los dejen tranquilos y los muertos vuelven para torturar a los vivos. Y por si el ambiente fuera poco estimulante, les hablo también de esa prosa plástica, de ese chorreo constante de poesía, de ese estilo modelado con sangre y furia. A veces, me entran ganas de gritar a los cuatro vientos que leáis a Gómez Arcos, que hagáis el favor de hacerme caso. Otras veces, sólo quiero callármelo y que sea un secreto sólo mío, un placer que sólo me pertenece a mí. Supongo que no hay vuelta atrás: Gómez Arcos es ya uno de los grandes, sólo queda que los lectores españoles nos demos cuenta. Ya saben lo que se están perdiendo. 

2 comentarios:

  1. Uys, pues no conocía al autor. Y ya veo que tengo que empezar a buscar sus novelas. Con ésta me tientas mucho.
    Besotes!!!

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  2. No me llama mucho la atencion este libro, no creo que lo lea por ahora.

    Saludos

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