SINOPSIS:
Primavera de 1951. Consuelo, a la que todos llaman la Señora,
vive en un permanente estado de hastío: la agotan sus dos hijos pequeños, su
madre y criada, la asquea su matrimonio concertado y la asfixia su pueblo. Todo
cambia el día en que su marido es invitado a participar en el Primer Congreso
Nacional de Moralidad en Playas y Piscinas, donde un grupo de elegidos
intentará poner coto a las relajadas costumbres de los turistas. Este viaje de
toda la familia a una ciudad mediterránea —el sol, la luz, el mar— los abruma y
desarma, mostrándoles un nuevo paisaje de libertad, no siempre agradable. Los
pecados de verano es una historia «decente» sobre la rebelión íntima, sobre los
arrebatos y el deseo, pero es también un divertido paseo por esa España
mojigata y aún dolorida que empezaba a abrirse al turismo, a las suecas y
también, a pesar del alboroto, a los bikinis.
Jorge Manrique decía en
Las
coplas a la muerte de su padre:
cualquier
tiempo pasado fue mejor. Si él hubiera leído esta novela, habría puesto en
duda tal afirmación. Los años 50 en España fueron grises, muy grises, y para muestra
esta novela que ha escrito mi compañero de blog, Daniel Blanco Parra.
Hace 65 años España era muy distinta a la España que, por
fortuna, hoy conocemos. Son muchas cosas las que han cambiado, quizás la más
significativa sea que la dictadura de Franco retrasó la llegada de los cambios
que se fueron produciendo en el mundo. Parafraseando al autor: “eran tiempos
raros, y también curiosos, en los que los hombres no podían coger el cigarro
con la mano derecha, usar paraguas, fregar los platos o tener otro
hobby que no fueran deportes. Para las
mujeres quedaban reservados los bailes regionales, las flores, la decencia, los
espejos y, por supuesto, la cocina…”
En 1951, al tiempo que en Estados Unidos se conseguía financiación
para las investigaciones sobre la píldora anticonceptiva, en España se
celebraba el I congreso nacional de
moralidad en Playas, piscinas y márgenes de ríos (el turismo empezaba a
llegar a nuestras costas y había que proteger a este pueblo elegido por la
gracia de Dios de costumbres bárbaras). Y este es el hecho que desencadena la novela
de Daniel. Esta podría ser la
historia de nuestros abuelos, gente con nuestros mismos deseos, pero reprimida
por un Caudillo que competía en devotos
con el mismísimo Dios.
Cuando una lee una novela como Los pecados de verano, se siente pequeña, y a la vez siente algo de
envidia por no haber sido capaz de escribir una historia tan fascinante como
ésta. Esta es una historia de personajes, aunque yo me quedaría sin lugar a
dudas con Consuelo, o Chelito, que es como la llama su madre, o La señora, que
es como se hace llamar por todos. La Señora se siente atrapada en un matrimonio
que no desea, aprisionada en un pueblo que parece una cárcel, de casas
encaladas que recuerdan al teatro de García Lorca (La casa de Bernarda Alba), o que detesta a unos hijos que le resultan
desagradables. Sin embargo, La Señora (menos casquivana que La Regenta) muestra rebeldía en pequeños
detalles para escapar de una vida impuesta y castrada.
La Señora es una mujer joven y guapa, a la que el dinero no
puede otorgarle lo que tanto ansía. Porque hay algo mucho más primitivo en
todos nosotros que nos hace iguales: el deseo de ser felices. Y si ella no
puede ser feliz, los que la rodean tampoco pueden serlo. Puede parecer
paradójico, pero es el recurso al que acude para no volverse loca.
Es cierto que hay muchos más personajes, como Amalia, la criada
que sirve con verdadera devoción a Don Paco (el marido de Consuelo). También
está Trinidad, la madre de Consuelo-Chelito, una mujer que ha tenido una vida
difícil. Conoceremos a Don Paco, un hombre envidiado por todo el pueblo, que
podría considerarse afortunado por tener dinero, por poder comer lo que quiere
y por estar casado con Consuelo, y sin embargo, tampoco es feliz.
La novela está dividida en dos partes, en la primera
conoceremos el pueblo, la familia y la casa donde vive Consuelo. En la segunda,
descubriremos el viaje que hace esta familia a una ciudad del levante español,
y cómo este hecho los cambiará de alguna manera.
Hay
novelas que se leen con verdadera pasión. Ya lo decía Montesquieu: Feliz el pueblo cuya historia se lee con
aburrimiento. Soy de la opinión de que para que una novela guste, tiene que
remover sentimientos, y ésta lo hace. Hay un regusto agridulce cuando lees las
últimas palabras.
Me gustaría terminar con unas palabras de Marcelino Menéndez
Pelayo: “Pueblo que no sabe su historia
es pueblo condenado a irrevocable muerte”. Y si digo esto es porque esta
novela ha sido vetada en algunos medios de comunicación. ¡Con la iglesia hemos
topado! Ahí dejo esto. Por mi parte, sólo recomendar esta lectura que refleja
muy bien aquellos tiempos. Nuestros abuelos se sonreirían al recordar una
anécdota: El espacio que tenía que haber entre un hombre y una mujer cuando
bailaban era el espacio en el que cabía el Espíritu Santo.