jueves, 2 de noviembre de 2017

Confesiones de un amigo imaginario


¿Quién dice que los amigos imaginarios no existen? Jacques y Fleur Papier no solo son hermanos gemelos; también son los mejores amigos del mundo. Lo comparten todo: literas, baños, helados, secretos, ronquidos. Están tan unidos que una vez llegaron a compartir –preparaos- un chicle. Tan unidos que Fleur sabe lo que piensa Jacques incluso antes que él. Por eso, cuando Jacques se entera de que Fleur le ha ocultado un secreto gigante, un secreto monumental, el secreto más alucinante del mundo, no se lo puede creer: ¡Fleur tiene un amigo imaginario! Imaginaos cómo se quedará cuando Jacques empiece a atar cabos y descubra que ese amigo imaginario es... él mismo. Un momento… ¿qué? ¿Que Jacques es imaginario?¿Intangible? ¿Invisible?


Los amigos invisibles son también criaturitas del Señor, hombre, por favor. Ya está bien de ignorarlos, de abandonarlos o de dejarlos en la estacada a la mínima de cambio. ¡Merecen un respeto! Si hubiera un sindicato de amigos invisibles, les pedirían a los niños un compromiso firme, un poco de atención a los padres y un homenaje por parte de la sociedad. A ellos les debemos algunos de los momentos más fascinantes de nuestra infancia. Y a este mundo nos lleva Michelle Cuevas con la novela Confesiones de un amigo imaginario, publicada por Puck, y en la que nos cuenta la historia de Jacques, un niño que descubre por casualidad que no es el hermano gemelo de Fleur sino su amigo invisible. ¿Cómo? A partir de ese momento, encaja todo: por qué los padres no le hablan, los profesores no le piden los deberes o el conductor del autobús no le pide el billete. Y este jarro de agua fría desencadena un rosario de aventuras que lo llevará a reflexionar sobre la identidad, sobre el cariño que todos necesitamos y sobre la pertenencia a la comunidad
            Ya sé que hemos escuchado muchas veces historias de amigos invisibles, de ese duelo que se produce cuando los niños dejan de creer en ellos, pero esta novela es diferente porque habla desde la conciencia del propio ser imaginario: ¿cómo se ve el mundo a través de sus ojos? ¿Cómo se gestiona el abandono? ¿Qué futuro le espera? Y sobre todo, ¿quién soy y cuál es mi misión? Jacques inicia así un viaje iniciático que tiene como final su propia identidad, la búsqueda de un sitio propio en un mundo que lo ignora. La propuesta, no me digan lo contrario, es muy original, es tremendamente estimulante. Y empieza así un cúmulo de aventuras –algo parecido a tomarse tres bebidas energéticas- que llevará a al protagonista a cambiar su apariencia (a merced de las peticiones de los niños) o a rellenar un curioso cuestionario en las Oficinas de Reasignación de nuevos humanos.
            Confesiones de un amigo imaginario es un canto con la boca abierta a la imaginación, pero a la imaginación sin límites y sin los corsés de lo lógico, lo normal o lo aceptado; es como una fiesta llena de color sobre el maravilloso mundo de los niños, sobre lo visible y lo invisible, sobre aquello que sólo vive en la imaginación. Michelle Cuevas, además, sabe contarlo desde la dulzura y, sobre todo, desde el humor. Su prosa tiene chispa, tiene pulso porque es capaz de llegar a los niños, pero de interesar también a los adultos. Se nota que se siente cómoda en un estilo conciso, pero preciosista, con una voz muy peculiar, que es capaz de alternar lo banal y lo profundo, lo divertido y lo importante.  
            Confesiones de un amigo imaginario nos conecta con la inocencia y con la infancia, nos devuelve el disfraz de niños, nos lleva de la mano hasta ese mundo donde todo era posible. Es literatura para los pequeños, sí, pero también para los adultos que quieran seguir alimentando ese asombro ante lo invisible, ante lo ilusorio. Y qué bien escrito está, qué tierno todo. Denle una oportunidad, no digan que son demasiado mayores para creer en los amigos imaginarios porque nunca saben cuándo van a volver a necesitarlos. 

El sol de las contradicciones


Mar Zheirman, una joven escultora y galerista menorquina, recibe una inesperada llamada del módulo de Custodia penitenciaria del hospital donde su expareja, Álvaro Berni, está en coma tras una agresión en la cárcel. Hacía tiempo que no sabía nada de él, después de que desapareciese diez años antes, dejando una lavadora puesta y un disco de Tom Waits. El pasado de Mar vuelve a aflorar poco complaciente. Son recuerdos de una convivencia imposible, de noches de alcohol y drogas, del dolor causado por el abandono y de los años de incertidumbre dedicada al cuidado de Mateo, el hijo de Álvaro, un niño distante y extraño, al que se vio obligada a criar asumiendo una maternidad impuesta y no deseada." El sol de las contradicciones" recrea con sumo detalle y fidelidad el mundo del arte, los ambientes nocturnos del Madrid y la Barcelona de los años noventa.


Y de repente, un día, al salir de casa, te engulle el pasado y nada vuelve a ser igual. Aquello que creíste lejano y ajeno, regresa a ti y te obliga a recomponer tu vida, tus sentimientos, tus planes de futuro. Un verdadero desastre, un tsunami emocional. Nadie está preparado para enfrentarse a lo que creía superado. El pasado siempre vuelve. Algo así es lo que nos recuerda Eva Losada Casanova en El sol de las contradicciones, una novela publicada por Alianza Editorial y merecedora del último premio Unicaja Fernando Quiñones, donde narra la historia de una escultora de mediana edad que recibe una llamada de la prisión donde cumple condena su ex pareja, de la que no tiene noticias desde hace una década, cuando desapareció sin decir nada, dejándole un hijo (de él) y un montón de dudas. Le informan de que está en coma tras haber recibido una paliza. Y es en ese momento cuando se abren de par en par las puertas de su pasado, cuando nada vuelve a ser lo mismo.
            Esta llamada que recibe Mar, la protagonista, es la excusa perfecta para mirar atrás y analizar su pasado. La noticia de la agresión de su ex pareja le sirve para revivir todo el dolor y para enfrentarse a un presente que, de repente, deja de tener sentido. En esta historia, donde lo único que se persigue es la esperanza de redimirse, de volver a encontrar la paz, se ahonda en los conceptos de amor y desamor, de abandono y felicidad, de la identidad y el rencor, de cuánto ayer hay en el hoy. Y Eva Losada Casanova lo envuelve todo en un escenario estimulante, el de los años 90, y lo centra en el mundo del arte, donde todo es creación, todo rezuma pasión. “El arte es rabia, es serenidad, melancolía o violencia”. Como todo en esta historia desasosegante.
            La autora mantiene el pulso de la historia a través de una narración equilibrada y de un estilo sobrio y concreto, casi contenido, bien trabajado. La prosa facilita la lectura, le deja todo el protagonismo a la devastación que sufren los que se enamoran y pierden, los que se ven obligados a recomponer su vida una y otra vez, a empezar desde cero. La trama avanza a buen ritmo, es ágil. Y es cierto que El sol de las contradicciones tiene una pátina de pesimismo, de cansancio, que le viene muy bien al desarrollo de la protagonista. La historia se va moviendo entre el presente y el pasado, porque el hoy es siempre un cúmulo de las decisiones del ayer.
            El sol de contradicciones nos enseña que el pasado siempre llama dos veces, que vuelve cada vez que le apetece para desestabilizarnos, y nos recuerda que es imposible empezar de cero. Bienvenidos a esta nostálgica historia sobre la soledad femenina, sobre el vacío del abandono, sobre ese momento en el que lo único que queremos es un poco de comprensión. Esta novela tiene las emociones a flor de piel y avanza con un objetivo claro: el de redimir a la protagonista. Esta búsqueda de la serenidad sirve también para retratar a una generación, la de los ochenta y los noventa, vapuleada por los excesos, muy extremista, muy pasional. Quizás demasiado. Porque todo, absolutamente todo, tiene un coste. 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Escarlatina, la cocinera cadáver


Si tu cumpleaños coincide con el Día de los Muertos, prepárate para una sorpresa mortal. Eso es lo que le ocurre a Román Casas, que sueñacon ser un prestigioso chef y pide un curso de cocina por su décimo aniversario. En su lugar recibe un ataúd negro con las instrucciones para activar a Escarlatina, una cocinera del siglo XIX y su inseparable Lady Horreur, una escalofriante araña con acento francés. Los tres nuevos amigos y el gato Dodot viajan abordo del mortibús hasta el inframundo, donde los muertos viven (bueno, es un decir) bajo el imperio de Amanito, un siniestro tirano. Así arranca una odisea de muerte donde no faltan ingredientes de aventura, misterio y mucho humor.


Hoy es el día perfecto para hablar de miedos y de sustos. Este terror dulce que nos trae Halloween empapa también la literatura. Los niños salen a la calle convertidos en vampiros, zombies y monstruos, se habla de brujas, de muertos y de fantasmas, y nos llenamos la boca y los oídos de historias oscuras. Es el miedo que gusta, con el que disfrutamos, que nos eriza la piel. Hoy reseñamos Escarlatina, la cocinera cadáver, de la editorial Anaya, escrito por Ledicia Costas e ilustrado por Víctor Rivas, y que narra la historia de una cocinera que llega del Inframundo con una misión especial. Sí, la muerte y la cocina pueden ser buenas aliadas, y de hecho, casan de maravilla en esta receta literaria. Este libro fue galardonado con el premio Nacional de Literatura Juvenil en 2015, también con el premio merlín de Literatura Infantil, con el Neira Vilas y muchos otros. Está recomendado a partir de 11 años.
            Román quiere ser chef, no hay nada que le apasione más que cocinar, así que por su cumpleaños –que es justo el Día de los Difuntos- recibe un ataúd con las instrucciones para activar a Escarlatina, una cocinera del siglo XIX con unos gustos muy peculiares, y a su araña parlanchina. Juntos, viajarán al Inframundo para liberar a sus habitantes de un tirano sin piedad. Sí, en esta aventura caben la acción, el misterio y hasta la cocina. Y sobre todo, cabe una forma muy sensata y muy lúcida de abordar la muerte. Se habla de los familiares que ya no están, se deja intuir el duelo y se dota de naturalidad esto tan difícil de los difuntos. No se preocupen, que no me he puesto serio: me refiero a que, detrás de todo ese bullicio de aventuras, de humor negro y de intriga, hay un tema profundo que casi nunca se aborda en la literatura para los más pequeños, y que aquí se hace con una enorme delicadeza.
            Ledicia Costas sabe cómo escribir para los niños (y los adolescentes). Su estilo es fresco y natural, a veces un poco irreverente, perfecto para conectar con el público al que va dirigido. Sabe buscar la chispa no sólo con la prosa sino también con la historia y con la ambientación. Hay escenas divertidísimas con el menú del Inframundo o en la relación entre el vivo Román y la muerta Escarlatina. Además, cada capítulo se acompaña de una receta para que los lectores puedan cocinar y acompañar la lectura con el paladar. Es una lectura muy amena. Una mención especial merecen los dibujos de Víctor Rivas: son realmente estimulantes, y de una calidad incuestionable. (En serio, háganme caso: las ilustraciones tienen algo mágico). El conjunto es redondo. Texto e ilustración se complementan muy bien.
            Escarlatina, la cocinera cadáver sacia a los lectores más jóvenes en el gusto por las historias de miedo, de terror, por los zombies y su mundo. Hay que tener mucha mano para abordar la muerte como lo hace Ledicia Costas, con una sensibilidad especial, y con el humor (un poco irreverente) como arma principal. El conjunto es una historia divertidísima sobre muertos vivientes que cocinan, sobre platos que no seríamos capaces de comernos, sobre personajes disparatados, locos, esperpénticos. Porque se eso se trata: de hablar de cosas importantes y de potenciar la imaginación, de reírnos a carcajadas.