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viernes, 23 de julio de 2010

Frases de amor que me hubiera gustado oír

Step
Hola a todos. Hoy os traigo una nueva entrega de Frases de amor que me hubiera gustado oír. En esta ocasión le toca el turno a Step, el protagonista de Tres metros sobre el cielo. Reconozco que Step me pareció un poco sobrado, aunque tiene unas frases de amor que valen su peso en oro.

-Hola, ¿nos conocemos?
-Ahora sí.

-Prácticamente, ¿cuántas veces se ha roto este mes?
-Cuatro.
-De verdad, no sabes mantener una moto.
-No es eso, yo la hago correr al máximo. No soy como tú, que desde que te has enamorado no piensas más en las carreras. Porque, ¿te has enamorado verdad? ¿No piensas siempre en ella? ¿No estás esperando la hora en la que ella te llame? ¿No te bate el corazón cuando la ves?
-Sí, sí que estoy enamorado.

-Entonces, ¿viniste a verme correr?
-Ni sabía que estabas aquí.
-Pero te estás sonrojando. ¿Te da pena o te doy miedo?
-¿Tú? Tú me das risa.
-¿Quieres saber algo? Esta noche te denuncié. Dije que fuiste tú el que golpeó a ese hombre. Dije tu nombre, Stepano Mancini, ¿verdad?
-Sí, pero eres una estúpida, disculpa.
-Step, otra denuncia y vas a la cárcel.
-Lo que cuenta es lo que dirá en el proceso. Y tú ese día no dirás mi nombre.
-¿Estás seguro?
-Estarás tan loca por mí que harás cualquier cosa por salvarme.
-Yo diré tu nombre, te lo juro.

-Me da miedo decir algo equivocado… Te amo.
-Vuélvelo a decir.
-Te amo.
-Nunca dejes de decirlo.
-Te amo, te amo, te amo.
-Nunca había sido tan feliz en mi vida.
-Yo tampoco.
-¿Tan feliz como para tocar el cielo con un dedo?
-No, mucho más, al menos tres metros sobre el cielo.

-Las cosas se han puesto muy difíciles para nosotros. Me encantaría estar muy lejos contigo, sin que hubiera más problemas, sin mis padres, sin todos estos líos, en un lugar tranquilo, fuera del tiempo.
-No te preocupes. Yo sé adónde podemos ir, nadie nos molestará. Hemos estado ya muchas veces, basta quererlo.
-¿Adónde?
-Tres metros sobre el cielo, donde viven los enamorados.

De algo estoy seguro. No podrá quererla como la quería yo, no podrá adorarla de ese modo, no sabrá advertir hasta el menor de sus dulces movimientos, de aquellos gestos imperceptibles de su cara. Es como si sólo a mí se me hubiera sido concedida la facultad de ver, de conocer el verdadero sabor de sus besos, el color real de sus ojos. Nadie podrá ver nunca lo que yo he visto. Y él menos que ninguno. Él, incapaz de amarle, incapaz de verle verdaderamente, de entenderla, de respetarla. Él no se divertirá con esos tiernos caprichos.