miércoles, 14 de septiembre de 2016

Una voz escondida


Basándose en el caso real de un niño que no habló hasta cumplir los siete años, Parinoush Saniee toma el pulso a la sociedad de su país con una historia en la que el silencio cobra la fuerza de un grito de protesta. A Shahab le encanta mirar cómo brilla la luna en el cielo nocturno, silenciosa, como él, que nunca ha pronunciado una palabra. No se trata de una enfermedad, no es mudo, sencillamente ha decidido que el momento de hablar aún no ha llegado. Cómo es natural, todo el mundo lo considera un niño problemático, incluso menos espabilado que los demás chicos de su edad, y cuando la burla y la animadversión hacen acto de presencia, su padre, Naser, no encuentra ni el tiempo ni las ganas de defender a su hijo ni de entender su mutismo. Así pues, Shahab se encierra en un universo propio del que intentará rescatarlo su madre, Mariam, la única que cree en él, una mujer culta y educada que conoce de primera mano los daños que la incomprensión y la indiferencia pueden infligir a una persona. Día tras día, Shahab irá descubriendo que a veces el camino que lleva al corazón de la gente es largo y tortuoso, pero que, a la postre, la verdad siempre encuentra una forma de quitarse la mordaza y hacer oír su voz.

Que no lo veas no quiere decir que no exista. Que no lo oigas no quiere decir que no esté sonando un grito de socorro. Nunca los silencios fueron tan elocuentes ni tuvieron tanto fondo –y tantas aristas- como los que muestra la escritora iraní Parinoush Saniee en su última novela, Una voz escondida, que publica Salamandra y en la que, con su dulzura habitual, se adentra en el drama familiar que supone el mutismo de un niño. Un cataclismo silencioso, un hogar sobre arenas movedizas. El pequeño Shahab tiene edad para nombrar el mundo con palabras, pero ha elegido no hablar, no comunicarse, lo que provoca las sospechas de sus parientes: “¿Será tonto?” “¿Será retrasado?” “¿Será imbécil?”. El entorno, sobre todo el padre, lo desprecia, se burla. Y aquí se abre el cisma, nos acercamos al abismo. La decisión del niño y la desesperación de los otros sirven para retratar las complejas relaciones paterno-filiales, para reflexionar sobre las expectativas que volcamos en los demás y para homenajear la palabra a través del silencio. He aquí la censura, lo que uno prefiere callarse. Y en esta casa, dentro de estos muros, se entiende y se reconoce a todo un país, Irán.
            La infancia es un estribillo, algo que nos acompaña a lo largo de la vida y que suena cuando menos nos lo esperamos. Parinoush Saniee sabe lo que tiene entre manos y por eso nos presenta a un protagonista-niño atrincherado en el silencio, pero que observa y que escucha, y en el que se manifiestan emociones que debieran ser de adultos, como el rechazo, el odio y, sobre todo, la venganza. Con Una voz escondida asistimos a un viaje hacia la pérdida de la inocencia, una bajada a los infiernos. La maldad, la crueldad y la ira conviven con la inocencia, con la necesidad de afecto y con los juegos. La mezcla es explosiva, absolutamente aterradora. Además, es el niño el que cuenta en primera persona -con breves intervenciones de la madre- su particular concepción de la familia y de su entorno. ¿Quién no se estremecería al ver a un chaval de cinco años que busca el mal, el sufrimiento y a veces la muerte de los otros? Así de cruel es la venganza. Y uno de los grandes aciertos de la autora es que huye del maniqueísmo. Todos los personajes tienen sus razones para actuar como lo hacen. Todos están llenos de frustraciones y de esperanzas, de duros silencios. Al final, son víctimas. ¿De qué? De algo más grande que ellos.
            La autora, que tras la muerte de su marido dijo haberse quedado sin voz, es capaz de narrar con sencillez y contundencia las grietas de una familia, los incendios interiores, y las regiones del silencio. Porque los silencios en Una voz escondida se parecen a los de una bestia antes de abalanzarse sobre su presa. Y ésa es la sensación que tenemos durante toda la lectura, la del conflicto latente, la de la proximidad de la tragedia. Callar no siempre significa cruzarse de brazos, callar no equivale a resignarse. 
            Parinoush Saniee, que se hizo conocidísima con El libro de mi destino, también publicada por Salamandra y que es la obra más traducida de un autor persa vivo, ha conseguido armar una novela sin grandes acontecimientos. Todo lo terrible ocurre anclado en la cotidianidad, en el ámbito de lo doméstico. Como una catástrofe sin catástrofes. Ayudándose de una prosa pulida al máximo y sin grandes alardes estilísticos –quizás por la elección del narrador, un niño-, nos vuelve a acercar a un país en el que se sigue matando por honor, en el que se siguen condenando a las mujeres a las tareas del hogar y en el que que se le prefiere dar la voz y el voto a los hombres. Pero no lo hace de forma burda. Su trazo es fino, ella se mueve muy bien en el terreno de lo sutil. Y la historia rueda, rueda sin apenas motor –el conflicto es casi toda la obra el mismo: el mutismo del protagonista-, y desemboca en un final asombroso. El último párrafo le da una dimensión nueva a la novela, a lo leído.
          Una voz escondida habla de lo que no se dice, de los pilares que sustentan el silencio: el miedo, la venganza, el dolor. Y el mutismo de este protagonista no es inocente -¿alguno lo es?- sino que se revela como una estrategia y una protesta, como su lugar en la casa y en su mundo, como su cruel venganza. Parinoush Saniee construye una historia íntima para mostrarnos una terrible relación padre-hijo, porque hay silencios que son un hueco en el pecho, una declaración de guerra. La ira de un niño parece mucho más que ira. Y la autora, además, es capaz de contarlo con ternura. De vellos de punta.

3 comentarios:

  1. Ays, cómo me tientas con este libro... Tengo qeu leerlo, sí o sí...
    BEsotes!!!

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  2. La verdad es que no me llama mucho la atencion, lo dejo pasar.

    Saludos

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