viernes, 24 de octubre de 2014

Astrid y Veronika


Para enfrentarse en soledad a una pérdida reciente, Veronika, una joven escritora, se instala en una casita de campo en una zona boscosa del interior de Suecia. En ese tranquilo enclave, su único contacto con el mundo es Astrid, una mujer taciturna que habita en la casa de enfrente y con quien apenas intercambia un saludo. Veronika ronda la treintena, ha recorrido medio mundo y ahora busca la reclusión; Astrid, por el contrario, es anciana, nunca ha salido de su pueblo y no tiene quien la visite. Y sin embargo, a partir de una circunstancia imprevista, ambas inician una frágil relación que va creando entre ellas un espacio de intimidad que les permite hablar de su pasado y sus recuerdos.

 Ya tenemos el movimiento Slow Food, que apuesta por comer con tranquilidad, disfrutando de alimentos de calidad, el Slow Travel, que aboga por integrarse en el lugar de destino, comunicarse con sus habitantes y participar de sus costumbres, y ahora yo os traigo el Slow Reading, creado por mí, y que sería algo así como una actitud a la hora de elegir un libro y de enfrentarse a él. Las bases de esta nueva corriente lectora podrían resumirse –se me ocurre así, a bote pronto- en decantarse, al menos una vez al año, por una historia de ésas pausadas en las que lo importante no es la acción sino las sensaciones que transmite y que habría que leer con calma, en un lugar especialmente confortable y silencioso, recreándose en el estilo, en la musicalidad de las palabras. Hoy hablo de un título que bien podría encajarse en esta nueva filosofía del Slow Reading: Astrid y Veronika, de la escritora sueca Linda Olsson y que publicó Salamandra –está también en versión bolsillo- hace unos años, aunque yo lo descubro ahora. Mea culpa, aunque más vale tarde que nunca. Esta novela se parece a un retiro en el campo, a un paréntesis del mundo, a algo así como un buen masaje en la espalda. La cara que se te queda después de leerla es la misma.
            ¡Sorpresa, sorpresa! De los países nórdicos no sólo nos llega la novela negra, esas frías historias de suspense y misterio, llenas de cadáveres y sospechas. En Astrid y Verokina hay paseos por el campo, siestas junto al río, comidas caseras, tarde de silencio, confesiones en el porche. Nada, en principio, parece especial y extraordinario porque, y ésa es la clave, nada es especial o extraordinario. Las protagonistas son dos mujeres, solitarias, heridas y desesperanzadas, abatidas ambas, de generaciones diferentes –las separan cincuenta años-, que se encuentran por casualidad y que empiezan a conocerse, a acompañarse, a compartir su dolor. La autora no tiene prisa y los lectores tampoco deben tenerla, porque todo transcurre de forma suave y pausada, en el ámbito de lo cotidiano. Astrid y Veronika es un delicioso homenaje a la amistad, a esas relaciones entre desconocidos que, en determinados momentos, son imprescindibles porque salvan, porque te alejan del abismo. Las dos mujeres, aunque no lo tenían previsto, terminan descargándose de los que las hace sufrir: una encuentra su futuro; la otra se reconcilia con su pasado. 
            Es ésa una novela visual, auditiva, gastronómica: todos los sentidos participan. Las descripciones son tan sugerentes, tan eficaces, que podemos ver los paisajes, oler los guisos y degustar (casi) las fresas silvestres, porque Linda Olsson tiene una habilidad especial para levantar escenarios, para trasladarnos a momentos concretos. Con respecto a la estructura, está organizada en capítulos cortos, correspondientes a cada una de las protagonistas, y recurre con frecuencia al flashback. Conocemos a través de esos recuerdos la desgraciada infancia de una, los amores terribles de otra, las decepciones de ambas… La acción ocurre en el pasado, porque el presente está reservado sólo para lamerse las heridas, para tomarse un descanso de la vida. Y así es esta historia, en la que también se trabajan mucho los silencios, como dos amigos cuando no tienen ganas de hablar, que se bastan haciéndose compañía.
            Es novela cautivadora, tierna e indiscutiblemente elegante sobre el dolor y el lirismo que hay en él, no me extraña que el New York Times le dedicara una fantástica reseña. Me queda una reconfortante calidez dentro del pecho, no sé, unas ganas tremendas de abrazar a alguien. No os voy a engañar: es una narración lenta, que se detiene en los detalles, pero que os gustará si queréis tomaros un respiro de conspiraciones, persecuciones e historias de amor superlativas. ¿Sabéis? Si cierro los ojos, aún sigo viendo los verdes de ese paisaje sueco.
            Bienvenidos al Slow Reading.


10 comentarios:

  1. ¡Hola!
    Me lo apunto sin duda. Me llama mucho la atención la sinopsis, y me gusta lo que dices de él. Sobre todo la forma en la que está narrado, me gusta que se detallen los paisajes y las situaciones. Espero tener la oportunidad de disfrutarlo.
    Un beso

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    1. Pues ya verás qué delicia. ¡Buenos días! Un beso fuerte. Dani.

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  2. Hola! No lo conocía pero me lo apunto ya que tiene muy buena pinta. En cuanto al término Slow reading, en cuanto has nombrado los "síntomas" me ha venido a la cabeza las obras de Marlena de Blasi, lectura para saborear los momentos de la vida, los pequeños placeres sin mucha acción en la obra. Gracias por la reseña, besos!

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    1. Huy, tomo nota de tu recomendación. Muchísimas gracias. Dani.

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  3. No me sonaba. Y me has dejado con muchas ganas de disfrutar de esta historia.
    Besotes!!!

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    1. Yo también lo descubrí por casualidad y me quedé prendado. ¡Un beso fuerte! Dani.

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  4. Hola!
    No conocía el libro, pero tiene muy buena pinta, me lo apunto :)

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    1. Te gustará, pero elige bien el momento: que estés muy relajada. Un beso. Dani.

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  5. La verdad es que Salamandra es una de esas editoriales de las que leería absolutamente todo...
    Me lo llevo =)

    Besotes

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    1. Igual que yo. ¡Quiero todos los ejemplares de Salamandra en casa! TODOS. Un beso. Gracias.

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