sábado, 12 de noviembre de 2016

Conociendo a nuevos autores


Humor. Acción. Amores extraños. Misterio. Paranoia. Fantasía urbana.

Un joven atrapado con su perro en una delirante aventura nocturna.
Un montañero enfrentado a un desafío inimaginable.
Un hombre que mantiene una relación muy poco beneficiosa para su cordura.
Una chica incapaz de distinguir entre la vigilia y el mundo de los sueños.
Un profesor de matemáticas sometido a un juego mortal.

Todos ellos tienen algo en común. Su mundo se viene abajo con la llegada de un hecho inexplicable. Un encuentro con lo absurdo, lo surrealista, lo ilógico. El universo los va a poner a prueba. Serán llevados al límite. Pero no son héroes, ni tampoco lo pretenden. Son personas corrientes, sin más propósito que escapar del caos y volver a la cotidianidad de sus vidas. Sucumbirán a la risa tonta, nerviosa, de la desesperación. Recurrirán a inesperados mecanismos de supervivencia. Pero, sobre todo, se preguntarán si lo que viven es real o sólo está en su cabeza. Y tú, que lees esto, también lo harás. Sí, tú, mi querida persona corriente, porque ya es demasiado tarde para ti, estás dentro de TRANCEMÓNIUM. Algo extraño está pasando, ¿qué vas a hacer? No enloquezcas todavía. Aunque no lo sepas, eres capaz de las cosas más extraordinarias.

AITOR BERTOMEU es actor, animador, escritor y espadachín. Compagina la escritura con el teatro a nivel profesional, la animación y las clases de esgrima escénica. Tiene en su haber varias novelas juveniles, de aventuras y de género fantástico. Aparte, es guionista y autor de sketches humorísticos. Ha ganado varios premios literarios, dos de ellos con algunos de los relatos que conforman TRANCEMÓNIUM.
Entrevista al autor
Pues muchas gracias por dedicarme esta entrevista. ¿A qué cámara tengo que mirar? Genial. Es mi perfil bueno, y hoy no tengo herpes. ¡Comencemos!

¿Qué podemos encontrarnos en tu novela y a qué público va dirigida?
Trancemónium: Cuentos lunáticos es una antología de cinco relatos largos, emparentados en tono y temática, todos ellos narrados en clave de humor y compartiendo el tema central de la locura y la paranoia. Sus protagonistas son personas corrientes, hasta que de repente topan con un hecho insólito, algo que desmorona sus cotidianas vidas y que incluso cambia su concepción de la realidad… ¡Pero esto es España! Toca arreglar las cosas, apañarse con lo que pille más a mano y, por qué no, quizá hasta soltar un par de leches. A menudo se preguntarán si lo que viven es real o sólo está en su cabeza, y esa ambigüedad jugará un papel importante en los relatos. En resumen, que la cabra de la portada no es casual: Trancemónium busca volverte loco/a, casi tanto como a sus protagonistas. O por lo menos que enloquezcas de risa.
Para mí, una de las cosas buenas de Trancemónium es que puede gustar a cualquier tipo de público –eso sí, mayor de edad, que uno tiene ideas calenturientas–. Los relatos son en esencia humorísticos, pero coquetean en mayor o menor medida con otros géneros: acción, romance, novela erótica, ciencia ficción, género fantástico, thriller e incluso crónica montañera. Dependiendo del género predilecto de quien lo lea, cada relato puede entusiasmar más o menos, pero los temas son universales… y el humor también.

¿Cómo se te ocurrió la idea de la trama?
A mí me encanta destrozar tópicos, sobre todo tópicos de género. Siempre me han gustado las historias fantásticas, de terror y de ciencia ficción. No obstante, estoy algo cansadillo de ver una y otra vez las mismas reacciones en los protagonistas, por lo general serios y estúpidos, verdaderas dianas con patas. Supongo que es un esquema muy americano. Más de una vez me he preguntado: ¿y si eso pasara aquí en España? ¿Y si pasara en mi calle? ¿Y si me pasara a mí? Decidí coger un tema recurrente en la literatura de género y versionarlo a mi manera. Y así nació el primer relato de la compilación, La noche del chihuahua. El experimento me dejó muy satisfecho y decidí escribir varios más con ese estilo de humor, tratando otros misterios similares e igual de surrealistas, destruyendo cliché tras cliché y parodiando otros géneros. Me gusta ver a Trancemónium como un recopilatorio de historias tipo Más allá del límite o En los límites de la realidad, pero a la española. Muy a la española.


¿Uno o dos adjetivos que definan a tus protagonistas?
No sé si cuenta como adjetivo, pero «Como una puta cabra» les iría de perlas. Y no es que vengan así de serie (bueno, alguno hay), sino que van desquiciándose poquito a poco conforme avanzan los acontecimientos. Cachondos, por supuesto, y aunque todos ellos tienen peculiaridades que los hacen únicos, respecto a su sentido del humor no se puede negar que son hijos míos. Muy cercanos. Con expresiones, referencias y chistes malos de sobra conocidos. Gente como nuestros amigos, novias, vecinos, parejas… Como nosotros. Y alguno más tocadito del ala, también.
Son, sin discusión alguna, el motor del libro, lo fundamental. No son historias en las que alguien pasaba por allí. Son personajes a los que algo extraño les pasó.

¿Qué crees que le falta a la literatura actual?
¡Me alegra que me preguntes eso! ¿Cuenta como literatura actual la autoedición? No nos engañemos, hay tanto maravillas como auténticos bodrios en todos los mercados posibles… Pero si tenemos en cuenta que las editoriales son un negocio y que todo lo que se publica responde a fines puramente comerciales y lucrativos, el mundo de la autoedición, con multitud de joyas ocultas y tapadas, me parece una representación mucho más fiable de la «literatura actual». Así que, para empezar, que se dé más cancha a este mercado.
Después, que se apueste más por las antologías de relatos. Hay una especie de maldición que rodea a este formato, parece que alguien no es escritor de verdad hasta que no saca una primera novela exitosa. Estoy en contra de eso. Soy un acérrimo defensor del relato, pero no del relato de 4 páginas cuya única finalidad es ganar un concurso (para luego escribir una novela). Tengo predilección por el relato largo y la novela corta. La mitad de muchas novelas que leo es pura paja, relleno para aumentar la extensión, erudición exhibicionista o directamente copypaste de Wikipedia que no interesa para nada. Prefiero narrar una historia lo suficientemente larga como para desarrollar una trama y unos personajes, pero lo suficientemente corta como para quedarme con lo esencial y no perder intensidad. No veo qué problema hay, algunos de mis autores favoritos, como Poe y Lovecraft, prácticamente sólo cultivaban ese formato y hoy son eternos.
Tengo además auténtica obsesión con el ritmo. Está claro que un buen libro debe tener calidad en el fondo y en la forma… Pero creo que una narración debe enganchar de principio a fin, y si no lo consigue, algo falla. Así que lo siento, en materia narrativa no apruebo los tostones, por muy bien escritos que estén.
No digo que los siguientes elementos no figuren en buena parte de la «literatura actual», pero me parecen indispensables: Originalidad. Frescura. Irreverencia. Gamberrismo. Personajes carismáticos a la vez que verosímiles. Nunca mais a los clichés…
Y la erradicación total y absoluta del best seller. Por el Amor de Zeus, no más «enigmas-históricos-de-asesinatos-en-el-pasado-con-ecos-en-la-actualidad-y-secretos-esparcidos-por-la-ciudad-que-pondrán-en-jaque-a-la-cristiandad-hasta-que-un-grupo-de-putos-sabelotodo-con-un-códice-mugriento-hagan-las-pruebecitas-de-turno». Está claro que el mundo editorial es un negocio… pero que no se note, caray.

¿Cómo te ves dentro de unos años?
Cazando moscas.
No, en serio. Igual pero con algunas canitas. Un madurito interesante.
No, en serio. Escalando fajos de billetes, buceando entre lingotes y con mis pupilas convertidas en el símbolo del dólar.
No, en serio. Uno no se hace escritor por el dinero. Ni actor. Y yo soy ambas cosas –por lo visto me va el masoquismo–. No tengo grandes ambiciones económicas (salvo viajar, viajar, viajar), pero me conformaría con alcanzar dos ideales: que me lean, y ya si acaso poder vivir de mis profesiones, que son la escritura, la esgrima, el teatro y sus derivados lácteos. Por lo demás, mi sueño húmedo es vivir rodeado de naturaleza, tal vez en el valle de Arán o de Baztán, así que una vez haya vivido todo lo que mis años mozos y locos tienen que darme en materia de espectáculos, me gusta imaginarme como un escritor retirado en medio del bosque…
No, ahora en serio. Cazando moscas.

Aitor Bertomeu

viernes, 28 de octubre de 2016

La sacudida


Un volcán se desploma y sepulta a tres mil personas mientras el huracán Mitch devasta Centroamérica. Un periodista vasco acude al lugar de la tragedia para hacer un reportaje y desentierra a un individuo sin identidad que agoniza entre los escombros. Pero el hombre a quien acaba de salvar la vida no es un completo desconocido. Pronto descubrirán que tienen muchas cosas en común: ambos se ocultan tras una identidad falsa y tienen numerosas muertes a sus espaldas. Y aún hay más: uno de ellos es un sicario que tiene la orden de matar a quien ahora se ha convertido en su compañero. Emprenderán un largo viaje por un escenario desolado, destruido por el Mitch, en el que deberán enfrentarse a sí mismos, descubrir quién es el otro y, finalmente, resolver el enigma final: ¿es esta una historia de víctimas y verdugos?
Siempre es un gustazo escuchar/leer a alguien que sabe de lo que habla/escribe. Se nota en la precisión, en la profusión de detalles y en la lucidez con la que aborda los acontecimientos. Fernando Goitia fue un periodista que estuvo cubriendo para algunos de los medios más importantes las consecuencias del feroz Huracán Mitch. Veinte años más tarde ha convertido sus recuerdos y sus vivencias en una novela que lleva por título La sacudida, publicada por Ediciones B, y en la que nos sitúa frente a la muerte y la destrucción, nos llena los ojos de escombros y nos obliga a reflexionar sobre la supervivencia y el valor de la vida. El autor construye un alter ego, un reportero curioso y decidido –¿acaso podría ser de otra forma?– que acude como testigo al lugar de la tragedia, pero un encuentro fortuito lo llevará por otros derroteros.
            Tiene esta novela una impronta que recuerda a una road movie, a uno de esos viajes iniciáticos en los que los protagonistas se salvan, se redimen, encuentran su otro yo. En este caso, La sacudida narra la historia de un reportero que salva a un desconocido sin saber que, este hecho, les transformará la vida a ambos: uno es un reportero con un pasado turbio; el otro, un ex guerrillero reconvertido en sicario. A raíz de este encuentro se inicia un viaje por una región devastada –no sólo exterior sino también interior– en el que se dialoga sobre las responsabilidades y el destino, sobre la culpa, la decepción y la búsqueda, sobre la supervivencia en el más amplio sentido. ¿Cuánto pesa el pasado en nuestras vidas? ¿Cómo influye nuestro entorno en nuestras decisiones? ¿Es posible huir de lo que hemos sido? Narrada en primera persona por los dos personajes principales, la trama se va armando como un puzle, y en ese paisaje global, vemos más muerte, más dolor y más desolación. ¿Es posible una salvación cuando casi todo está perdido?
            El estilo, y de eso es consciente el autor, está pulido, es potente y directo, seguramente herencia de sus labores periodística. Sabe cómo usar el lenguaje para crear tensión, para azuzar la intriga, aunque aquí todo está trabajado desde la lentitud. No hay prisas por contar, no apuesta por acciones vertiginosas en cada capítulo. Quizás la jerga latinoamericana obliga a estar más atento y ralentiza un poco la lectura, pero entiendo perfectamente que es un requerimiento de la historia. No os quiero engañar: La sacudida es una novela sobre la tragedia, pero la tragedia es un telón de fondo. Me explico: el huracán y sus efectos es parte del decorado porque la acción va por otro sitio y se adentra en otro terreno. No estaría por tanto dentro de las novelas de catástrofes, porque lo de fuera es sólo un elemento más para hablar de los fantasmas de dos personajes. Esta historia está concebida –o al menos así lo parece- como algo más profundo, y más intenso.

            La sacudida es eso: una novela sobre las sacudidas interiores, como símbolos de los temblores externos. Una historia creíble, compacta con un mensaje muy claro que al final lo importante es sobrevivir, a lo que sea. Aparecen la culpa, las malas decisiones y, sobre todo, la necesidad de redención. Fernando Goitia nos pone frente a la muerte y nos enseña que no sólo las catástrofes matan. Ahí lo dejo. Los reportajes que el autor escribió para El País sobre el paso del huracán Mitch en Nicaragua y que ahora inspiran esta novela fueron merecedores del premio Iberoamericano de Periodismo Lázaro Carreter.

martes, 18 de octubre de 2016

Los 65 errores más frecuentes del escritor


Los grandes relatos provienen también de la detección de los errores. De eso trata este libro. Habrás comprobado que no basta con tener buenas ideas y que lograr un texto atrapante depende también de varias cuestiones que se contemplan en este libro. La meta: un libro que los lectores se recomienden entre sí. Como dice Cyril Connolly: «Todo lo que no sea escribir para intentar una obra maestra es una pérdida de tiempo». Consulta tu problema y encontrarás el remedio entre estas páginas: «Noto que algo falla y no sé qué es.» «He llegado hasta aquí y no sé cómo continuar.» «No sé cómo redondear la idea brillante que se me ha ocurrido.» «Quiero sopesar posibilidades antes de ponerme a escribir.» «Quiero valorar todas las posibilidades tras el punto final.» Y muchos más.

Me los encuentro casi a diario: gente que dice que quiere escribir, que tiene una buena historia y que le gustaría contarla. Son médicos, arquitectos, camareros o alguno que se ha tomado dos cervezas de más. Después, me cuentan que confían en la inspiración, en las musas, en algo que vendrá de arriba y que les susurrará al oído. Y todo eso está muy bien –tener ganas es siempre un buen punto de partida–, pero en estos casos y por desgracia, la buena intención no es suficiente. Silvia Adela Kohan lo sabe bien y por eso lanza ahora, de la mano de Alba Editorial, una útil y clara guía para los profesionales y los aficionados titulada Los 65 errores más frecuentes del escritor, en el que, como filóloga, profesora de escritura y miembro de jurado de multitud de concursos literarios, recopila no sólo los batacazos más comunes (y más imperdonables) de la profesión, sino que da respuestas, pone ejercicios prácticos y ofrece fragmentos de libros conocidos para decirnos cómo se hace o, atención, cómo no. Esta lectura promete.
            Hay algo maravilloso en esta guía y es el respeto hacia la profesión del escritor, hacia la escritura en sí misma. La autora se lo toma en serio porque 'parir' un buen texto no depende (en exclusiva) de la suerte o de un fugaz momento de inspiración sino que debe estar respaldado por ciertas técnicas de escrituras que hará que nuestras historias brillen más y mejor, comuniquen más y mejor, atrapen más y mejor. Puede ser un caso parecido al de un aparejador que debe hacer cálculos para que los edificios se mantengan en pie. El escritor debe hace otro tipo de cálculos para que la estructura narrativa no se le venga abajo en las primeras cincuenta páginas. Silvia Adela Kohan no se deja nada en el tintero y, con una precisión indiscutible, habla desde los personajes a la trama, aconseja sobre los capítulos, y deja claros ciertos condicionantes para el protagonista, la estructura o el estilo. Y así aprendemos –y aquí recopilo sólo unos pocos ejemplos- cómo de construir personajes con aristas y con ciertas incoherencias, evitar decir lo obvio o dosificar bien la intriga; la autora recomienda quitar, pulir, sacar brillo, nos recuerda lo interesante que es cuando el villano dice algo que es cierto o nos da pistas para saber si una trama es endeble. Además, ¿sabéis que hay frases enfermas y comas comestibles, que tenemos que huir del empacho lingüístico o que los adjetivos nos tienden trampas? Y como éstas, muchas más, muchísimas más. Y todas imprescindibles.
            Es posiblemente la mejor guía con la que me he topado. En primer lugar, porque va dirigida a escritores y a gente con ciertas inquietudes literarias, es decir, se mete en el barro y muestra problemas concretos con soluciones concretas, no se queda en las generalidades ni en consejos superfluos. Además, trata a los lectores como profesiones y, como decían en aquella serie, "para triunfar hay que sudar", y la autora nos pone firmes, nos hace sudar, no tiene compasión. Descubriremos, con seguridad, detalles en los que no habíamos caído, comprenderemos mejor las vigas narrativas de cualquier novela y, encima, nos llevaremos un puñado de recomendaciones de libros que la autora pone como referente.
            Me atrevería a decir que Los 65 errores más frecuentes del escritor es una de las guías definitivas, sí, porque pone el foco en los errores, y nosotros abriremos de par en par los ojos, chasquearemos la lengua y diremos: "jopé, eso lo he hecho yo". Y tómenla en serio porque es la creadora del método del taller de escritura y porque sabe de lo que habla. Hay una parte de escribir que puede ser innata y que corresponde al talento, al oído o al currículum como lector, pero hay otra que depende exclusivamente del conocimiento que tengas y de las herramientas que manejes. Y aquí, Silvia Adela Kohan ofrece un kit de supervivencia imprescindible para los escritores. Leánla, reléanla, y tomen nota, porque –háganme caso- aquí hay consejos muy buenos.