viernes, 4 de septiembre de 2015

La princesa Tarakanova


En 1772 aparece en París una hermosa y misteriosa joven que se presenta entonces en sociedad con el título de Princesa Vlodomir, posteriormente conocida como Princesa Tarakanova. De ella nada se sabe apenas, sólo que afirma haber sido raptada en Alemania y luego enviada a Persia. Siempre según esta mujer, en Ispahan un príncipe le revela su identidad noble y la convence para que regrese a Europa a fin de conquistar el trono que le pertenece. Rodeada de personajes sospechosos e intrigantes lleva una vida extremadamente lujosa en París, Londres y Berlín, lugares donde se encargará de propagar el rumor de que es hija de la difunta emperatriz Isabel I de Rusia y de su favorito cosaco con el que se casó en secreto.
 Una misteriosa mujer dice ser descendiente directo de la emperatriz difunta y viene a reclamar el trono. Nada parece respaldarla: ni papeles ni testigos o testimonios fiables. ¿Qué harías? ¿Confiarías en ella? ¿La ayudarías, aunque eso implicara la traición a la emperatriz actual? Pues este dilema es el que se plantea desde las primeras páginas y el que nos va asfixiando, como el agua que se nos va subiendo hasta el cuello –mirad la portada y me entenderéis-, y que sirve de base para La princesa Tarakanova, una contundente novela histórica escrita por G.P. Danilevsky y editada, y de una forma maravillosa, por Ediciones D’Época. No os asustéis ante ese binomio tan delicado que puede ser novela+historia de Rusia (y a esto habría que añadirle ‘escrita por un ruso’), porque el resultado es asequible, emocionante y cautivador. A pesar de sus poco más de 200 páginas, es una historia donde cabe de todo: la ambición, los traidores, las cárceles y la falta de escrúpulos. Algo así como una novela de intrigas palaciegas, pero real. Todo real. Ay.
            Prejuicios (rusos) aparte, La princesa Tarakanova es una novela histórica con todos los ingredientes de la novela de aventuras. Narrada con un ritmo sorprendentemente ágil y con un estilo sin grandes estridencias, Danilevsky deja todo el protagonismo a la mujer que reclama el trono, a ésa que no sabe de quién fiarse, a ésa que sólo quiere que le reconozcan que lleva sangre real y a ésa a la que nadie le quita ojo. Y el lector, contagiado de esta paranoia, termina leyendo el libro con la misma desazón, deseando que el entuerto se aclare y que alguien se apiade de la pobre princesa destronada. La historia está estructurada en dos partes: la primera, narrada desde el punto de vista de de Konzov, un teniente que está en un barco que va a la deriva. Y la segunda, queda a manos de un narrador omnisciente –más propio de la novela histórica- que aclara los acontecimientos y los contextualiza.
            Como toda novela histórica rigurosa, está tan documentada que el autor no deja ni un fleco suelto: de hecho, al final, a modo de epílogo, se adjuntan aclaraciones y hasta retratos de los protagonistas para darle más veracidad a la historia, y para situarnos en el panorama bélico y político de Rusia.
            Y vuelvo a hacer hincapié -¡qué pesado!-, en la maravillosa edición. En el cuadro de la portada. En la pasta dura. En el gramaje de las páginas. En las decenas de postales y marcapáginas que vienen en el libro. Porque a la hora de leer, señores, todo cuenta y todo suma (o todo resta). Y en este sentido, la Editorial D’Época lo pone siempre muy fácil. Facilísimo.
            La princesa Tarakanova es la prueba de la realidad muchas veces supera a la ficción. La historia de esta mujer que reclamaba el trono de Rusia parece sacada de un guionista singular. Como he dicho antes, los quiebros en la trama están muy bien conseguidos y van enganchando al lector en esta historia donde nada es lo que parece, ni siquiera el desenlace. Para los que disfrutáis con la novela histórica y de intrigas palaciegas, encontraréis en esta obra de Danilevsky, escrita en 1885, las dosis justas de misterios, engaños y sufrimientos. 

jueves, 3 de septiembre de 2015

Extinction

Hace unas semanas me picó la curiosidad y me fui a ver una de Zombies, la ocasión lo merecía y más si era para ver el gran debut de la adaptación cinematográfica de un escritor muy querido por la blogosfera, Juande Garduño. Es muy delicado hacer una reseña de la película sin haber leído el libro y por eso creo que es de recibo que hable de lo que he visto de la película y lo que me ha  incitado a leer el libro.

               Comenzando por una puesta en escena impactante. Desde el inicio del largometraje somos testigos de la tensión y el terror que viven los que se vislumbran que van a ser sus protagonistas ante un ataque zombie. Debo decir que soy muy “Caguetas” y en algún momento de ese inicio algún salto  pegué, algo positivo teniendo en cuenta que esperaba una película de tensión constante y con algo de “gore”. Después de ese gran inicio empieza el verdadero hilo argumental de la película: La vida años después de esa fatídica noche.

               Matthew Fox, Jeffrey Donovan, Ahna O’Reilly, Quinn Mc Colgan y Clara Lago son los personajes más relevantes de esta historia. Lo que más me sorprendió de esta película es que se centrara más en la relación de los dos primeros actores que interpretan a Patrick y Jack. Pensaba que desde el principio esta película se iría desarrollando con ataques zombies y sangre, pero no, el verdadero potencial de esta producción estaba en esa relación conflictiva entre los dos hombres y la pequeña Lu. Al no haber leído el libro y gracias a que no me molestan los  “spoilers” pregunté a mi compañera Anabel y me confirmó que la historia se centraba en eso, ya que no entendía  por qué en la película no se explicaba el origen o mutación de esos seres tan letales.

               La película baja el ritmo casi todo el largometraje pero lo compensa con “Flashbacks” al pasado donde se explica la relación de los dos protagonistas masculinos. No voy a negar que me ha gustado mucho ese concepto evolutivo zombie, pero no queda explicado en el film,los escenarios son muy atractivos, pero poco variados, cosa que imagino que era necesaria por exigencias del guión y de la historia misma.

               De todo el elenco lo que sí quiero destacar es la actuación soberbia de la pequeña Quinn, creo que a su corta edad se come literalmente a los dos actores, con gracia, una expresividad y una puesta delante de cámara que le augura muchos éxitos en un futuro. Lo que no entiendo es la aparición (y lo siento mucho) de Clara Lago. Al final de la película aparece ese personaje muy metafórico y que augura el futuro de la especie, pero carente de interés e innecesario (al menos) para la película. De hecho creo que le cogí más cariño a Perro que a la propia Clara.


               En conclusión creo que es injusto valorar esta producción sin haber leído el libro. Intuyo que es una adaptación decente y muy introductoria que  promete futuras entregas vía libro y  películas. Lo que sí que puedo decir  es que la curiosidad sí  que te pica después de verla, al menos yo como espectador que no ha leído el libro. Si me preguntáis si quiero saber más de Harmony y alrededores os diré que… Sí.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Souvenirs


España, 1960. La Dorada, un pequeño pueblo de la costa Brava, empieza a albergar turistas de toda Europa que descubren por primera vez las playas españolas. El profesor Gerald Fraser es uno de ellos. Después de llegar al pueblo y conocer a sus gentes, Gerald se enamora del ambiente distendido y diferente y decide quedarse a vivir allí. Sin embargo, el contraste cultural y los nuevos aires extranjeros no solo traen modernidad sino también un cambio radical en el ecosistema costero: el boom inmobiliario. En este contexto, Gerardo, como le llaman sus nuevos vecinos, será espectador del cambio profundo de una sociedad atónita que el profesor defenderá e intentará salvar, junto a algunos de los pobladores, de la voracidad del negocio del ladrillo del que algunos intentan aprovecharse sin escrúpulos. Patrick Buckley, creador y guionista de Cuéntame cómo pasó, nos traslada a un momento de nuestra historia cercana marcado por la inocencia de un país que emergía asustado a su libertad.
 Hay una edad para la nostalgia, que es básicamente a partir de los 30 años y hasta que te mueres. Es desde entonces (y en adelante) cuando uno empieza a suspirar mientras echa de menos cosas: la infancia, la adolescencia, las comidas de la abuela o los amigos en la plaza. También el asombro de la Noche de Reyes, las excursiones del colegio y las monedas debajo de la almohada. Y si no, que se lo pregunten a Patrick Buckley, el autor de Souvenirs, publicada por Suma de Letras, una historia ambientada en los años 60 en la que el protagonista, alter ego del escritor, hace un tierno ejercicio de memoria para narrar la llegada masiva de los turistas a las playas españolas y la impresionante transformación que sufrieron esos pueblecitos costeros que quedaron enseguida convertidos en altísimas moles de hormigón. Y la novela, aunque a veces se parezca más al ensayo, al diario o a los recuerdos históricos, cuenta, desde la perspectiva de un guiri enamorado de ese país sencillo y casi virgen, cómo eran recibidos los extranjeros, ésos que venían con ganas de pasárselo bien: sol, mar, sangría. Y olé.
            Souvenirs no tiene un conflicto narrativo claro. Es decir, no hay nada que el protagonista –o el héroe- tenga que solventar, ningún malo, ningún nudo que deshacer. Patrick Buckley se decide por una narración casi meramente paisajística;  nos va contando escenas, detalles y costumbres con un hilo conductor claro: el apoyo o el rechazo por parte de los vecinos de La Dorada, un pueblecito catalán, a adaptarse a los turistas. Y su valor estriba justo aquí, en la recuperación de esas costumbres que eran las nuestras hace cinco décadas. Habla de la llegada de los primeros váters –antes tenían letrinas-, de los bailes agarrados y de las comidas raras. Y terminamos con la certeza de que tuvo que ser una época curiosa, que se debatía entre aferrarse a sus costumbres y la fascinación por lo nuevo, por lo libre, por lo exótico.
            Los personajes, levemente estereotipados por exigencias del guion (o de la historia), se mueven con soltura por la novela y van sirviendo de contrapunto en las diferentes situaciones que se van presentando. Tenemos al joven que ve el turismo como una forma de enriquecerse, al que prefiere conservar su pueblo sin la invasión de los extranjeros, a la muchacha que quiere bailar como las suecas y al narrador inocente e impresionable.
            El estilo del autor, reconocido guionista de televisión, es naïf a postas. La visión principal es la de ese inglés joven y apocado que queda enamorado de un pueblecito de costa y que hace todo lo posible por impedir la llegada de turistas porque sabe que acabará con la esencia. Y desde los ojos de ese personaje-narrador conocemos cómo se prometían los jóvenes de los 60, cómo organizaban corridas con vaquillas para que los extranjeros se creyeran toreros y cómo los hoteles se llenaban de actuaciones dirigidas a los europeos. Y una de las más graciosas era una mujer, a la que llamaban La Terremoto, y que era anunciada como The Human Earthquake. Los que me conocéis a mí (y mi producción literaria) sabréis de mi fascinación por la época, y por los albores del turismo y por los pecados de verano.
            Souvenirs es una novela amable y nostálgica, muy nostálgica –incluso para mí, que no he vivido esa época-, porque habla de lo que fuimos y de lo que pudimos ser. Patrick Buckley, el afamado hispanista autor de esta historia, narra con esa voz pausada y cariñosa de los que amaron lo que vivieron. Y eso se transmite: esta lectura es como escuchar a un abuelo, como conocer de primera mano las historias de nuestros antepasados. Y se agradece.

PS: Y yo sigo fascinado con The Human Earthquake. Así de tonto soy.