miércoles, 26 de abril de 2017

Orfancia


Un niño sin apetito. Unos padres hambrientos. Un libro sin igual. Un niño demasiado delgado dentro de un mundo demasiado insípido. Un padre y una madre obsesionados con la comida: una lucha en familia que sólo puede acabar en tragedia. O en comedia, en una comedia muy negra. «Cada día es una lucha. Dicen que crezco débil y torcido, que no soy normal porque apenas tengo un hilito de grasa encima, que los otros niños, a mi lado, parecen gigantes. Dicen que tengo que comer, que no es posible que un niño de mi edad nunca tenga hambre. Pero yo no quiero comer.» El protagonista de Orfancia se siente perseguido por sus padres, una pareja de Nápoles que quiere verlo rollizo y feliz. Él está convencido de que, llegado el momento, todos los adultos devoran a los niños y no tiene claro que quiera acabar así. Pero la vida tiene un sabor imposible de resistir...

Los amores están en la comida. Sí, dicen que la forma en la que uno come –con ansia, despacito o masticando mucho- está relacionada con la forma en la que ama –con ansia, despacito o saboreando mucho-. Parece que hay una relación invisible y poderosa entre ambas acciones: cuando uno no tiene suficientes abrazos puede refugiarse en la bollería industrial y en las chocolatinas, y cuando uno está locamente enamorado pierde el apetito y se le cierra el estómago. Parece que los afectos y los alimentos pudieran compensarse mutuamente. Pues es este binomio el que analiza Athos Zontini en su úlrima novela, Orfancia, una de las grandes apuestas de Destino para esta temporada y en la que nos narra la historia de un niño –el protagonista, el héroe, el miedoso- que no quiere engordar porque tiene la seguridad de que el último objetivo de sus padres es cebarlo para después comérselo. (Aquí me acuerdo del cuadro de Goya Saturno devorando a sus hijos y se me ponen los vellos de punta). Fíjense: los padres convertidos en monstruos, en los malos de la película. Y así, el autor habla de comidas y amores, de atracones y desplantes, de vómitos y flaquezas en un escenario especial: el de una infancia triste y solitaria, un paisaje con sus propios miedos.
            Tiene Orfancia algo –no sé qué- parecido a El niño del pijama de rayas. Es ese aire de novela profunda con un matiz infantil, es ese niño que intenta comprender –sin éxito- ese mundo de adultos, es ese estilo sencillo, directo, sin grandes florituras, pero pulido, sobre todo en el caso de Zontini, es esa apariencia de historia amable bajo la que se esconde una cruel percepción de las relaciones humanas, del daño que somos capaces de hacernos unos a otros. El niño, frágil, enclenque, sin fuerzas, es el encargado de luchar contra el mundo adultos representado en sus propios padres: gente infeliz, que grita y se desespera, que no conoce la amabilidad. Y aquí, en esta especie de fábula, están varios debates interesantísimos de las relaciones de padres e hijos, como qué pasa cuando los hijos no cumplen las expectativas de los padres, o los pequeños le pierden el respeto a las personas que deben ser sus ejemplos: pues que se produce algo parecido a la orfandad, a un paseo por la infancia sin guía y con miedos, a una etapa en la que el niño está continuamente temeroso. No hay que olvidar –además, nos topamos con algunas escenas muy fuertes- la obsesión malsana del protagonista con la comida: no duda en meterse los dedos para vomitar, y con la que nos ofrece un retrato triste de la bulimia (en los niños).
            No se equivoquen. Orfancia no es una novela-fábula triste ni pesimista, ni tan siquiera gris: tiene momentos de humor y está contada con una dulzura innegable, con cierto carisma. Sin duda, Athos Zontini tiene una mirada particular sobre el mundo y, además, sabe hacer creíble una historia contada por un niño. La historia está dividida en cuatro estaciones, algo así como un recorrido completo, en el que el hijo descubre la verdad del mundo y que puede interpretarse como un viaje iniciático que concluye con la pérdida de la inocencia, con la caída de la venda de los ojos. La publicidad de esta novela se basa en el final: no se impacienten con llegar a la última página y disfruten del camino y del protagonista. De hecho, para mí ha sido más apasionante la evolución del niño y la relación con sus padres que la conclusión.
            Orfancia podría ser una orfandad con padres, algo así como sentirse solo estando acompañado. Esta fábula sobre la infancia desvalida y la pérdida de la inocencia se vertebra en torno a la figura de un hijo que ve en sus padres a sus enemigos, a los monstruos que hay que vencer. Y la única forma que tiene de salir victorioso es dejar de comer. Leed y sentid esa inundación de ternura en el pecho por ese niño triste que son todos los niños tristes del mundo. Porque sí, comer se parece a amar, sobre todo, cuando el que ama o el que come está desesperado. 

martes, 25 de abril de 2017

Entrevista a Elena Garquin


Hola a todos. Hace unos días os traía la reseña de Tiempo de promesas, de Elena Garquin  (AQUÍ), hoy os traigo una entrevista que tiene relación con la novela. 

1 —¿Quién es Elena Garquin?
Una persona sencilla, directa (me dicen que a veces demasiado), de principios arraigados y completamente volcada con mi familia. Sí, escribir es casi vital para mí, pero no le doy prioridad absoluta. Quizá porque desde la adolescencia aprendí a ser pragmática con ciertas cosas, me gustaran o no. O Quizá porque, a veces, la realidad supera con mucho a la ficción. Soy amiga de mis amigos. Sigo viviendo en el mismo lugar donde nací y me crié. Sigo pensando que crear historias es hermoso, tierno y duro a la vez, pero también necesario para mí. Así que supongo que me seguiréis teniendo por aquí un poco más, jajajajajajaja!

2 —¿De dónde surge esta historia situada en el siglo X? ¿Qué hay detrás de todo el trabajo de investigación?
De la amnesia. Sí, puede resultar extraño, pero así fue. Pensé en mi personaje femenino, Jimena, marcada por esas lagunas mentales en la actualidad. Claro, en pleno siglo XXI la amnesia es más que conocida. No supondría ninguna debacle que mi protagonista la padeciera. Pero… ¿Qué ocurriría si lo trasladara a una época de total oscurantismo en esa materia? No quería un siglo en particular; tampoco uno donde la Inquisición estuviera realmente asentada. Sería demasiado fácil condenar a Jimena y sus «visiones» a la hoguera.
Por eso, cuando empecé el trabajo de investigación, me decanté por el siglo X.
Te confieso que es un trabajo que me resulta apasionante y denso a partes iguales. Sobre todo, porque aparte de los consabidos datos de batallas y demás, no soy de las que se conforma con eso. Busco detalles que puedan despertar la curiosidad del lector acerca de la vida cotidiana. Fiestas, costumbres, mobiliario, vestimenta…
 Así nació TIEMPO DE PROMESAS. Me gustó comprobar que la situación de la iglesia era la idónea para salvar la vida de Jimena durante más de trescientas páginas, además de la situación política. Guerras constantes entre moros y cristianos, donde se avanzaba con la misma facilidad que se retrocedía. Un rey cristiano, Ordoño, que se veía superado en ocasiones por las rencillas de unos condes castellanos cuyos ejércitos necesitaba para sus campañas militares. Un esquema social rígido, en el que se pertenecía a un estamento determinado por nacimiento…

3 —¿Cómo definiríais a tus personajes?
Luchadores. Siempre lo son. Estén en la época que estén. En este caso, por supuesto, es Martín quien tiene más libertad de movimientos para hacer valer ese espíritu de lucha. Es un hombre. Y eso, en el siglo X, era sinónimo de muchas cosas.
Nobles y orgullosos, pero apasionados. Soy de las que piensa que la pasión, tanto en el ámbito del amor como del sexo en sí o en otras parcelas de la vida, se ha dado desde que el mundo es mundo. Bien es cierto que también se coartaba por los convencionalismos sociales, pero me gusta pensar que también hubo personas transgresoras en este sentido, que fueron a buscar lo que querían y que no pararon hasta encontrarlo.
Valientes y decididos. No cabe otra cosa en una época en la que las mujeres se casaban con trece años, pasando a ser ancianas a los treinta. Cuando averiguas que su vida se componía en su mayor parte de sucesos dolorosos, pérdidas irreparables, enfermedades desconocidas y muertes tempranas, bien fuera por esas enfermedades o por la simple situación de guerra continuada, decididamente no puedes describir el carácter de tus protagonistas como débil. Sí como dócil, sobre todo en lo que a las mujeres se refiere, pero también me gusta pensar que eran inteligentes y sabían sacar provecho de esa inteligencia en detrimento de la sumisión. Al menos en determinados momentos.

4 —¿Qué destacarías en Jimena?
Su capacidad de cambio, como si fuera un camaleón. Al comienzo de la historia es una muchacha muy joven, que no conoce más mundo que aquel que le muestran sus hermanos mayores, y bastante confundida. Vive angustiada por el olvido al que la ha condenado su propia mente, recluida por miedo a las represalias. Aun así, acepta sin rechistar el matrimonio que han preparado para ella.

Pero a lo largo de la novela, veremos cómo todo lo que había dado por sentado se va desmoronando poco a poco. Cómo surgen dudas donde no deberían surgir. Cómo se va sobreponiendo a las señales que su mente le envía y a todas las dificultades añadidas, hasta convertirse en una mujer fuerte y dispuesta a luchar por lo que quiere.
No teme descubrir los placeres del sexo cuando llega el momento. Al mismo tiempo que se deja guiar por Martín, con muchísima más experiencia que ella, desarrolla una iniciativa que va creciendo junto con el conocimiento mutuo. Crecen como pareja, pero también crece el único sentimiento al que ella tiene miedo: el amor. Y ese es su mayor desafío.

5 —¿Qué destacarías en Martín?
Todo. Y no hablo del físico (que también, jajajajajaja). Pudiera ser el prototipo de superviviente de aquella época. Un hombre de origen humilde, al que la vida ha golpeado de mil maneras, pero que ha encontrado un lugar relativamente seguro dentro de las tropas del rey Ordoño. No obstante, es paciente. Tanto como ambicioso. Sabe esperar su momento. Y cuando este llega, en forma de golpe de suerte, no duda en aprovecharlo, sea de la manera que sea.
Desde mi punto de vista, es el mejor exponente de la ambición bien utilizada. Además es apasionado, con un talón de Aquiles con nombre propio (Jimena). Ella es su debilidad y, al mismo tiempo, la fuente de toda su fuerza. A la vez que la inicia en el sexo, se convierte en su referente para todo lo demás.
Tiene un carácter duro, desde luego. Es cabezota, pero antepone el valor del honor y de determinadas promesas a su orgullo cuando sabe que debe hacerlo. Después de todo lo que ha vivido, no se deja sorprender tan fácilmente. Es un estratega. En el campo de batalla y fuera de él. Tiene muy claras sus metas, pero también conoce sus limitaciones para llegar a ellas, y eso le obliga a emplear esas estrategias de las que hablaba para conseguir lo que más quiere en el mundo: el amor y la aceptación de Jimena.
Y sabe que para conseguirlo, no le sirve el empleo de la fuerza bruta, sino un plan finamente trazado que irá surgiendo casi sobre la marcha.

6 —Aunque son personajes secundarios, creo que tienen peso en la novela, ¿qué destacarías de Odón?

Uy, Odón… Para mí, reúne todos los requisitos para ser un villano de los que se recuerdan. La otra cara de la ambición. Y la que posiblemente se diera demasiado a menudo en aquella época.
Desea tierras, poder. El favor completo de Ordoño. Y sabe que lo puede obtener a través de su matrimonio con Jimena. Pero como todo personaje que se precie, tiene un pasado. Desde niño le han educado para ser un guerrero infalible, sin sentimientos de ningún tipo. Ha crecido sin la presencia constante de un padre, pero con la influencia nefasta de una madrastra. No demuestra sentimientos por nadie, excepto por una persona: su hermanastra Munia. Pero esos sentimientos no son los adecuados (dejémoslo ahí), y él lo sabe. En el fondo, vive atormentado por eso, aunque su lado oscuro siempre ganará.
De él destaco su fría inteligencia. Al igual que Martín, sabe cómo actuar para conseguir lo que quiere, pero tiene una ventaja, y es el poder de un título, unas tierras, unas riquezas y la necesidad que de él tiene el rey.

7 —Tanto Ansur como Sabina son el punto cómico de la novela, pero a la vez también vemos que dicen verdades como puños ¿qué destacarías de estos dos personajes?
Son los «Pepito Grillo» de Martín y Jimena, respectivamente. Creo que son los pilares de su relación, al menos hasta que esta se asienta. Y sí, sus verdades son universales porque no tienen nada que perder al decirlas. Su estatus social y su relación con los protagonistas les protegen, en cierto sentido. Son valientes, pero cautos. Saben el terreno que pisan en cada momento. Tienen experiencia, pero el amor que les une a Martín y Jimena prevalece sobre todo lo demás.


8 —Aunque han salido muy poco en esta novela, ¿Habrá segunda parte con Hernán y Munia?
POR SUPUESTÍSIMO, jajajajajajajaja!! Desde el capítulo en el que Martín conoce a los hermanos de Jimena, supe que Hernán era especial. Con un carisma que pocos personajes tienen. Cuando terminé de escribir TIEMPO DE PROMESAS, tuve una sensación extraña. De añoranza. Y supe sin ninguna duda que Hernán y Munia se merecían su propia historia.

9 —¿En qué proyectos estás metidos ahora?
Ahora mismo estoy corrigiendo la historia de Hernán y Munia. Una historia intensa, profunda, llena de fuerza, de pasión, pero también de debilidades, de miedos, de alegrías y de penas… No sé cuándo verá la luz pero espero que sea pronto, porque los lectores me están pidiendo al Lobo Gris a aullidos!! De cualquier forma, espero que os guste.
Aparte del Lobo y su intensa vida, tengo en mente una novela contemporánea, con la intención de escribirla en primera persona, desde el punto de vista de ambos protagonistas. Algo que no he hecho nunca, pero que me gustaría probar.
Además, estoy tomando nota de algunas ideas para componer la historia de cierto personaje secundario que aparece, tanto en TIEMPO DE PROMESAS como en la historia de Hernán y Munia, y que creo que se la ha ganado por méritos propios.

Como ves, mi cabeza no para, jajajajajajaja!!

10 —El padre de Odón se llama Íñigo de Montoya, ¿es un guiño a la princesa prometida?
¡Y con los dos ojos, además! Esa película me encanta. La vería cientos de veces (bueno, ya la he visto cientos de veces…). Recordé la frase del susodicho: «tú mataste a mi padre. Prepárate a morir», y decidí tomar prestado su nombre con el mayor de los respetos, claro está.

11 —¿Alguna manía a la hora de escribir?
Ninguna, salvo el silencio y, a ser posible, la soledad. Por lo demás, creo que he escrito en todos los rincones de mi casa y a cualquier hora del día o de la noche.

12 —Qué motivos darías a los lectores para que se adentren en esta novela situada en el siglo X.
Infinitos, y todos relacionados con el amor y la historia. Porque soy de la opinión de que es perfectamente posible escribir una historia de amor ambientada en una época tan remota en el tiempo, pero tan fascinante, sin necesidad de emplear un lenguaje incomprensible o miles de datos que terminen por aburrir. Porque creo que es necesario conocer parte de nuestro pasado para construir nuestro futuro, y qué mejor manera que hacerlo a través de aguerridos guerreros embutidos en cotas de malla y dispuestos a perder la vida a favor del honor, la verdad, la nobleza y el valor de una promesa por mucho tiempo que pase. Porque me parece que he sido capaz de crear un mundo donde, en ocasiones, reflejé la dureza de aquella vida, el poder de los que ocupaban los puestos más altos en la escala social, y a un tiempo su precariedad. La rigidez de ese esquema, que se ve roto a base de golpes de suerte, Cartas Puebla que conceden beneficios en forma de recompensa, Juicios por combate apasionantes, un largo viaje a través de algunos reinos cristianos salpicado de aventuras y, cómo no, otro más profundo a través de sus protagonistas, todo envuelto en un sentimiento tan fuerte e inquebrantable como el amor verdadero.




Desde aquí te doy las gracias por responder a mis preguntas. Te deseo mucha suerte con tus próximos proyectos.

Muchísimas gracias a ti por haberme dado esta oportunidad, Anabel.

martes, 18 de abril de 2017

El libro de los espejos


Cuando el agente literario Peter Katz recibe un manuscrito tituladoEl libro de los espejos, no puede evitar sentirse intrigado por lo que encuentra en él. Se trata de las memorias de un tal Richard Flynn, y en ellas habla de su época como estudiante en la Universidad de Princeton en la década de los ochenta, al tiempo que relata su estrecha amistad con una estudiante llamada Laura Baines, y su relación con el profesor Joseph Wieder, un reconocido psicoanalista especializado en la pérdida de la memoria. En el manuscrito, Flynn vuelve a los detalles olvidados de aquellos meses para contar la verdad sobre un asesinato que tuvo lugar la víspera de Navidad de 1987. Pero el manuscrito termina de forma abrupta y el agente literario se obsesiona con este suceso ocurrido hace veintisiete años. No será el único: un periodista de investigación intenta reconstruir los hechos y el detective original del caso, ya jubilado, pretende desenterrar la verdad antes de que el Alzheimer devore sus recuerdos.


Piensa en tu primer recuerdo, en el más antiguo. Según los expertos, suele ser de cuando tenías dos o tres años, y marca el inicio de la memoria, de la nuestra. Ahora imagínate que ese recuerdo no es tuyo sino que es adquirido, es decir, que de tanto escuchar a los demás hablar de él lo has asumido como tuyo, le has dado forma y lo has guardado contigo. Y lo peor es que estás convencido que pertenece a ti, que lo has vivido. Sería algo así como una trampa. Por ejemplo, fíjense, mi miedo a los perros –que ya voy superando- no viene de una mala vivencia sino del miedo atroz de mi madre; y de tanto repetírmelo, llegué a convencerme que un perro negro me había mordido. Nunca pasó, pero durante mucho tiempo me lo creí. Pues en algo así se sustenta El libro de los espejos, una de las últimas apuestas de Literatura Random House, escrita por E.O. Chirovici y que se nos presenta como un thriller peculiar cuyo objetivo es arrojar luz sobre un crimen ocurrido hace casi treinta años atrás y en el que está involucrada, en cierta forma, la memoria tramposa. El asesinato tendrá que ser resuelto con lo que recuerdan los supervivientes que, además, eran los principales sospechosos.
            Es la memoria un asunto fascinante por su capacidad de transformar la realidad. Los hechos, al pasar por la experiencia humana, quedan filtrados y se guardan entre los recuerdos de determinada manera. Y cuando ha pasado mucho tiempo, no nos queda la realidad sino lo que cada uno recuerda de ella. Con esta premisa tan estimulante y tan delicada, el autor nos habla del asesinato de un famoso psicólogo, en el año 1987, y en el que son sospechosos sus ayudantes, sus amigos, sus colegas: su círculo más cercano. Es estimulante porque la resolución del caso tiende un puente entre el presente y el pasado, por lo tanto, dibuja dos escenarios, dos realidades y dos conflictos; y delicado porque es como atravesar un río en balsa: uno puede ahogarse a mitad de camino, es decir, la trama podría quedar confusa y desvaída con tantos saltos en el tiempo. No se preocupen. Nada de eso ocurre. A Chirovici se nota que le apasiona el tema y lo maneja a su antojo. Sale triunfante de este experimento literario.
            El libro de los espejos entra dentro de esta nueva corriente tan de moda del domestic noir: el asesino siempre está entre los más allegados de la víctima, en la zona de confort y está divido en tres partes, cada una correspondiente a un narrador que cuenta la historia según la recuerda (o según la conviene). Así, entre todos, van componiendo los hechos, tal y como ocurrieron treinta años atrás. En esta obsesión por la memoria cabe, cómo no, la mentira, la invención, la falta de precisión. El estilo, como requiere este tipo de novelas, es contenido y tiende a la simplicidad, pero está muy cuidado y, además, lo utiliza de una forma muy inteligente para la dosificación del misterio. Y lo más importante: que al final todo encaja, y el motivo del asesino para terminar la víctima son contundentes o al menos, creíbles.
            Los espejos de El libro de los espejos son como los de los circos: que te devuelven una imagen de ti distorsionada. Así es la memoria, que contamina los hechos. La primera novela de Chirovici, que ya se ha convertido en un súper ventas en muchos países, viene precedido de estupendas críticas que alaban la elección del tema. Como thriller funciona a la perfección, pero lo mejor sin duda es ese análisis de la memoria y es que el autor lo consigue: no te fíes ni de tus propios recuerdos.