domingo, 1 de febrero de 2015

Toda la verdad sobre las mentiras, José Antonio Palomares


SINOPSIS: Recuerdo las cosas más curiosas de mi infancia a principios de los ochenta. No me preguntes por los afluentes más importantes de la Península, ni por las ecuaciones de segundo grado, ni por las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. En cambio, recuerdo el intenso sabor del ColaJet de limón, la rugosidad de las costras en mis rodillas, la barriga de John Wayne en los westerns de Primera Sesión, la ansiedad por conseguir chapas que no estuvieran dobladas o la alegría de ver a Santillana marcar un gol. Recuerdo la manera exacta en que el aliento de mi padre olía a Soberano; y la frase favorita de mi madre: "¿Te crees que soy el bancospaña?". Recuerdo que la felicidad era el primer mordisco del dónut en el recreo de las once. Quizá recuerdo todas esas cosas porque están entrelazadas con el momento en el que descubrí por fin toda la verdad sobre las mentiras de mi familia.
Yo debía de tener once años, o quizá diez, o quizá doce, el día en que papá vendó teatralmente los ojos de mamá con un paño de cocina y la condujo a ciegas al salón...
El protagonista de esta historia, del cual no se sabe su nombre hasta prácticamente el final, nos cuenta ese paso que se produce de la niñez a la pre adolescencia, y qué hecho lo desencadenó. Recuerda que fue un televisor a color que compró su padre y cómo a su madre no le terminó de hacer gracia. Durante unos meses, el protagonista se irá dando cuenta de todas esas mentiras que sus padres han ido tejiendo alrededor de esta familia, sobre todo su madre. Una infancia marcada por las chapas, las canicas, los dónuts, los bocadillos de fuagrás, el "Un, dos tres… responda otra vez" o los veranos que se pasaban en el pueblo de los abuelos. ¿Qué fue esa gran mentira que le ocultaron sus padres?

Esta es una de las tantas infancias que vivimos los niños de aquella época, con ese toque inocente que tienen los niños al contar ciertas cosas, pero que deja un sabor amargo cuando el lector advierte qué está ocurriendo en realidad. Es cierto que hay momentos duros, o más bien amargos, pero todo está contado a través de ese velo de los ojos de un niño. En más ocasiones de las que me gustaría admitir me recordaban a parte de mi infancia (salvo cuando se pone a hacer jabón la familia al completo).

Tengo muchos recuerdos de aquella época, la mayoría son estupendos. Al leer ciertas escenas, no podía dejar de sonreír porque era como si el protagonista compartiera también muchos de mis recuerdos. En este sentido, alabo esa capacidad del autor por hacer partícipe al lector de las vivencias del protagonista. También, parte de que me haya gustado tanto esta novela, es por toda la documentación previa que ha hecho el autor con los chascarrillos, con las canciones, con los juguetes o con los programas de la tele de aquella época. Yo era de las que guardaba algunos juguetes en un bote (redondo) de colón, de las que descubrió que La masa era en realidad El increíble Hulk, de las que se iba a jugar cuando su madre decía: “hay ropa tendida”, porque aquello era una conversación de mayores, de las que cantaba: “Cuate, aquí hay tomate”, o de las que le pasaba la lengua a los bocadillos de fuagrás, porque a mí, a diferencia del protagonista, me encantaban estos bocatas.

Muchas veces leo en redes sociales estados de gente de mi generación comentando que nuestra infancia fue la mejor, la de los años 70 y 80, y yo no sé si ha sido la mejor, pero leyendo esta novela tengo que reconocer que nuestra niñez fue estupenda y que no la cambiaría por nada del mundo. Y es aquí cuando me entra la nostalgia al recordar cómo jugábamos los niños de aquella época, cómo nos divertíamos y qué películas veíamos.

Resumiendo, los nostálgicos de aquella época saborearán esta novela, y para quienes no la vivieron, estoy segura de que disfrutarán de ella como lo he hecho yo.   


viernes, 30 de enero de 2015

El edificio de las mujeres que renunciaron a los hombres


Que cuatro mujeres vivan juntas no tiene nada de especial, pero ¿y si esas cuatro mujeres comparten la idea de que «los hombres, cuanto más lejos mejor»? Bienvenidos al edificio de las mujeres que han renunciado a los hombres. En un bonito edificio de París viven Simone, Rosalie y Giuseppina. La propietaria ha impuesto una norma estricta: en el bloque no se admiten hombres. Cada una de ellas tiene una razón de peso para haber renunciado a ellos. En sus nuevas vidas no tienen que preocuparse de sufrir por amor pero ¿por qué renunciar al amor? Ellas afirman: hemos renunciado a la esperanza loca de vivirlo. A las montañas rusas. A querer acercar el polo norte y el polo sur. A dejarse tomar el pelo por una caricia. A perder la cabeza y estar enganchada a una relación tóxica. Y así hasta que un día llega la joven Juliette a ocupar un piso vacío.
 No pienses en un elefante. Venga, en serio, hazme caso y no pienses en un elefante. E irremediablemente, tu cerebro, sin pedirte permiso, construye la imagen de este animal y quizá evoque aspectos relacionados con él: un circo, una selva o la sabana. ¿Os acordáis de este experimento de comunicación? Pues algo parecido ocurre en El edificio de las mujeres que renunciaron a los hombres, que ellas están todo el rato hablando de ellos. No pienses en hombres. No pienses en hombres. Imposible. Esta historia, que escribe la debutante Karine Lambert y que publica Reservoir Books, nos lleva hasta un elegante barrio parisino para hacernos un curioso planteamiento: las inquilinas de un bloque de apartamentos han decidido vivir sin amor. Bueno, parece fácil decirlo… Pero, ¿cómo se hace eso? Y sobre todo, ¿de dónde nace esta elección? ¿Del rencor? ¿De la necesidad de protegerse? ¿O es sólo una forma de reivindicar su independencia? Veamos.
            Es complicado –ya puestos a poner a prueba a nuestro cerebro– que no acudan a nuestra mente escenas de ese referente televisivo internacional que fue Sexo en Nueva York, como si la serie, recuperada un tiempo después, nos mostrara a las cuatro protagonistas con diez años más y tan cansadas de fiascos amorosos que han decidido cortar por lo sano. Sí, sería algo así como Castidad en Nueva York, o en este caso, en París. Y todo es tranquilidad hasta que llega un nueva inquilina que intenta convencerlas a todas de que siempre merece la pena intentarlo, y para ejemplo, un botón: ella está tan obsesionada que no deja de meterse en webs de contactos, de encadenar citas y de llevarse un chasco tras otro. Ea, pues ya os he resumido el argumento. El edificio de las mujeres que renunciaron a los hombres es sencilla y fresca, y no tiene otra intención que la de entretener, y además se sirve de una prosa ágil y accesible, con lo que el libro se lee en un par de tardes. Funcionan muy bien los numerosos guiños al cine (¡Bien), a la música clásica, y al estilo de vida parisino. Oh, la la.
            Me da a mí la sensación de que esta novela –no necesariamente para mujeres, aunque ellas quizás se sientan más identificadas– tiene un sutil trasfondo de autoayuda para ésos que se han cansado de buscar el amor, porque este edificio no es más que eso: un búnker contra los dolores del desamor, un hospital para abandonados, heridos o engañados. Ah, y cornudos. Ellas, las protagonistas, tienen que recordarse continuamente por qué no quieren amar. Y la consecuencia es que, al final, terminan hablando todo el día de hombres y de heridas.
            La novelita –y no es en tono despectivo, sino en referencia a la extensión, poco más de 200 páginas– es una visita agradable a este edificio, que también tiene varias vigas endebles. O humedades en alguna de las paredes. Por ejemplo, no termina de quedar claro cuál es el motor de la trama: Juliette, la recién llegada, quiere tener novio y no entiende a sus vecinas se hayan resignado a una vida sin amor, pero… ¿Y? Esta decisión no interfiere en las demás, por lo que la historia acaba convertida en una serie de episodios sobre cada una de ellas en las que entendemos por qué han acabado así, cuáles son sus traumas. Está de más decirlo, pero no da tiempo a profundizar en los personajes.
¿Puede un libro de mujeres solitarias ser un canto al amor? Pues sí, un canto a pleno pulmón, y aquí tenéis la prueba. El edificio de las mujeres que renunciaron a los hombres es una novela coral que podría enmarcarse en el género chick lit; una historia amable, sin excesivas pretensiones literarias, sobre el amor, la amistad y la independencia. Y además, nos deja una pregunta en el aire: ¿se puede renunciar al amor y ser feliz? ¿Lo has pensado alguna vez?


PS: Y aquí, un par de reflexiones sobre el amor, que sé que es lo que os importa:
«El amor es como lanzarse al vacío. Los hombres tienen vértigo, por eso se agarran a sus madres, a sus amigos o a sus juguetes».
«Caminar, bailar, caerse, envejecer: la vida es una sucesión de desequilibrios». Y supongo que aquí también incluimos ‘amar’. 

jueves, 29 de enero de 2015

After Almas perdidas


El amor de Tessa y Hardin ya ha sido complicado en otras ocasiones, pero ahora lo es más que nunca. Su vida no volverá a ser como antes… Justo cuando Tessa toma la decisión más importante de su vida, todo cambia. Los secretos que salen a la luz sobre su familia, y también sobre la de Hardin, ponen en duda su relación y su futuro juntos. La vida de Tessa empieza a desmontarse, nada es como ella creía que sería. Nunca ha sentido nada igual por nadie, pero empieza a cuestionarse si todo esto vale la pena. El amor bastaba para mantenerles juntos, pero ahora ya no está claro lo que dictan sus corazones…
 Ya ha llegado la tercera parte del fenómeno After. Este tercer tomo de la saga es el más denso, pero quizás es también el más grueso en cuanto a la evolución de sus personajes. La premisa con la que partimos en esta saga es: ¿Es suficiente el amor para que dure una relación? Personalmente creo que es un tema muy acertado ya que a lo largo  de nuestra vida nos haremos esta pregunta.
               Tessa se encuentra con su padre, un borracho indigente que hará todo lo posible por recuperarla. Las cosas están muy tensas, el futuro de Hardin pende de un hilo por su mala cabeza, y la sombra de Seattle es una sombra que amenaza sobre su relación.  Este amor se sustenta en un delicado hilo que si se estira más irremediablemente se romperá.  Cuando digo que esta saga me gusta es porque como dije en su anterior reseña, cuando los miedos e inseguridades entran dentro, es irremediable que se caiga en un círculo vicioso de dolor y frases fuera de tono.
               Veremos a dos protagonistas mentalmente cansados. El amor es fuerte, pero pende la duda entre ellos de si es amor o si es una mera necesidad enfermiza. Una tabla de salvación para no estar solos, ya que su amor es lo único que le hace sentir únicos. Es muy delicado plantear una relación tan difícil en la literatura, una pareja que tiene un treinta por ciento de momentos de dicha, y un setenta de momentos de desdicha, pero que pese a todo quieren seguir luchando. Otros elementos como las mentiras y  el orgullo tendrán bastante protagonismo en esta tercera entrega, pero quizás, lo más refrescante de este título es la aparición de Lillian y Riley dos jóvenes lesbianas que serán el alter ego de nuestros protagonistas. Lillian como Tessa y Riley como Hardin, estas dos chicas les mostrarán con sus acciones, como está siendo la relación que están llevando. Es la versión más sana del dúo que forman nuestra Tessa y el chico tatuado.
               ¿Qué pasa cuando la persona que amas te hace elegir? Quizás es la disyuntiva más cruda a la que tendrá que enfrentarse Tessa. ¿Confiarías en la persona en la que amas si te hiciera elegir si la relación o tu futuro? Esto es lo que pasa con las relaciones que no están equilibradas, un mal que sufren hoy en día muchas parejas, ya que el trasfondo de esta historia no es un mero amor adolescente, es la necesidad de tener a alguien que signifique algo en tu vida, y ante todo no sentirte solo.
               Si me preguntan el ¿porqué? Me está llamando tanto el huracán After, os diré que  veo en esta historia la realidad de muchas parejas, ya sean adolescentes, adultas o ancianas. Por mucho que amemos con todas nuestras fuerzas ¿Hasta dónde estaríamos dispuestos a aguantar por amor? Y… ¿Seríamos capaces de ponernos delante de nuestra pareja con total sinceridad  y decirle… Lo siento, te quiero, pero más me quiero a mí? Lectores y lectoras, eso ya es otra historia, pero seguro que muchos de vosotros/as os lo preguntáis ahora mismo.