sábado, 30 de julio de 2016

La viuda


Si él hubiera hecho algo horrible, ella lo sabría. ¿O no? Todos sabemos quién es él: el hombre que vimos en la portada de todos los periódicos acusado de un crimen terrible. Pero, ¿qué sabemos realmente de ella, de quien le sujeta el brazo en la escalera del juzgado, de la esposa que está a su lado?El marido de Jean Taylor fue acusado y absuelto de un crimen terrible hace años. Cuando él fallece de forma repentina, Jean, la esposa perfecta que siempre le ha apoyado y creído en su inocencia, se convierte en la única persona que conoce la verdad. Pero ¿qué implicaciones tendría aceptar esa verdad? ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar para que su vida siga teniendo sentido? Ahora que Jean puede ser ella misma, hay una decisión que tomar: ¿callar, mentir o actuar?


Aunque viene precedida del mega-éxito editorial del año pasado –que todavía hoy colea y que no es otro que La chica del tren–, La viuda, la fortísima apuesta de Planeta para esta temporada, no necesita referentes ni madrinas, ni tampoco aprovecharse de triunfos ajenos, porque tiene méritos propios para convertirse en el boom de este 2016. Sí, así de claro lo tengo. Fiona Barton, la autora, ha dado en el clavo con esta desconcertante historia sobre la confianza que depositamos en los demás, sobre la fe que tenemos en las personas que amamos, algo que podría resumirse en "No hay más ciego que el que no quiere ver". Las similitudes con La chica del tren –y será la última vez que la nombre en esta reseña- son varias, pero sobre todo comparten el perfil de sus protagonistas, dos mujeres a medio camino entre la tristeza y la locura, frágiles e impulsivas, con más sombras que luces y en medio de unas circunstancias adversas y/o rocambolescas. Si en el siglo de Oro se popularizó eso de la "literatura del loco", con un ejemplo incontestable como El Quijote, ahora le ha llegado la hora a la literatura de las paranoicas, sí, porque las dos se han creado un mundo propio, tan extraño, pero tan contundente, que confunden al lector. Su turbación es tal –vamos, que están como una cabra- que el lector va leyendo con pies de plomo, intentando no creerse nada, no empatizar, no fiarse de nada ni de nadie, intentando, al fin y al cabo, sospechar de todo.
            La viuda, como habéis leído en la sinopsis, arranca con una muerte, la del marido de la protagonista –de ahí el título–, y esto sirve de excusa para conocer un hecho aún peor: la grave acusación que pesaba sobre él. La novela trabaja, por lo tanto, en dos escenarios temporales: por un lado, en el presente, donde la viuda se enfrenta a la soledad, a la presión mediática, al rechazo popular y quizás al alivio, y también en el pasado, cuando desaparece una niña de dos años en el vecindario y todos los dedos señalan al marido y, de paso a ella. El matrimonio se convierte en la pareja más odiada del país. Ella decide apoyarlo, porque son un equipo, porque su marido no puede ser un monstruo. Es una historia desconcertante porque la situación parece tan rocambolesca que da miedo. Fiona Barton ha conseguido combinar de forma magistral unos ingredientes: el misterio, la ambientación, los personajes y, por supuesto, la paranoia. ¿Y cuál es el resultado? Que el lector se espera cualquiera cosa. Y teme incluso perder un poco la cabeza.
            Ya me habréis leído hablar en otras reseñas de la moda del domestic noir, esos thrillers que se desarrollan en el ámbito cercano y familiar, donde cualquiera puede ser el culpable. La viuda se enclava en este nuevo género que tantas alegrías le está dando al mercado editorial. La prosa es correcta y pulcra –se nota que está escrita por una periodista- y el lector va componiendo el puzle gracias a las declaraciones de la viuda paranoica y misteriosa, de una periodista que sólo quiere tener una exclusiva y de un inspector de policía que parece abocado al fracaso. Y las cosas cuadran. ¿Y saben lo mejor? Que no se queda en una dosificación de la intriga vacía y banal sino que detrás de cada acto, sobre todo de la protagonista, hay una motivación, un razonamiento psicológico claro y creíble. Se habla de la maternidad, del fracaso, y también de la pedofilia. Se abordan los límites de internet, las nuevas vías del sexo y, sobre todo, plantea la pregunta de ¿Llegamos a conocer a la gente a la que tenemos alrededor? O, paraos un momento y decidme, ¿puede ser el amor tan fuerte que no deje ver nada más?
            La viuda nos mira a los ojos y nos obliga a posicionarnos: ¿qué harías si intuyeras que la persona que más amas ha hecho algo terrible? Sí, esa cara es la que se nos ha quedado a todos. Estoy convencido de que sumará lectores (y fanes) por miles porque la historia es adictiva y tremendamente estimulante, y  además, está tratada con mucho tino. Fiona Barton, la autora, ha sabido conectar con el público: sabía lo que estaba escribiendo. Los personajes tienen cuerpo, son creíbles,  y la sucesión de acciones nos va metiendo en ese ambiente opresor, nos deja sin aire. La viuda nos lleva hasta los laberintos emocionales más oscuros y nos deja ahí, perdidos. Para esto sirve la literatura, para hacernos las preguntas más difíciles, para hacernos temblar. Háganme caso, no pierdan de vista esta novela.

PS: Y además, la autora hace un retrato muy certero de cierto tipo de periodismo. 

jueves, 28 de julio de 2016

El tesoro de Herr Isakowitz


El divertido y tierno road trip familiar que Danny Wattin emprendió junto a su padre y su hijo de nueve años a través de Europa en busca de sus raíces. "Antes de que esta historia se pierda en descripciones demasiado detalladas, es preciso revelar lo que mi abuelo le contó a sus hijos: que su padre, Hermann Isakowitz, antes de desaparecer, enterró junto a un árbol de su patio lo mas valioso que poseía", dice el autor. En El tesoro de Herr Isakowitz Danny Wattin nos cuenta el viaje real que emprendio junto a su padre, un anciano gruñon, y su hijo de nueve años, Leo, en busca de un objeto misterioso. Los tres tuvieron que atravesar media Europa, desde Suecia hasta el pequeño pueblo polaco de Kwidzyn, con la esperanza de encontrar la caja que el abuelo del escritor habia enterrado justo antes de ser deportado y convertirse en una victima del Holocausto.Lo que empezo como una aventura cargada de humor en un coche destartalado, se convierte en una ocasion para el recuerdo: vuelven los fantasmas de la familia Isakowitz, que sobrevivio al horror de la Segunda Guerra Mundial, y lo hacen a traves de las divertidas y disparatadas conversaciones que mantienen los dos hombres y el niño, convertido en testigo inocente de los conflictos de los adultos.

Todos tenemos una historia personal, la de nuestras vivencias y nuestras circunstancias, y otra colectiva, la del pueblo al que pertenecemos. Es decir, somos lo que vivimos nosotros, pero también lo que vivieron nuestros antepasados. La Literatura se ha nutrido desde siempre de la búsqueda de identidad del ser humano, como si todos necesitáramos saber cuáles son nuestros orígenes, de dónde venimos o cuánto sufrieron las generaciones que nos precedieron. No quiero ponerme profundo ya en la sexta línea de esta reseña porque la novela de la que os hablo hoy, si bien es cierto que tiene un punto intenso, está contada desde la ternura, casi desde la infantilidad. El tesoro de Herr Isakowitz, uno de los lanzamientos de Lumen para este verano, nos narra el viaje en coche que emprenden tres generaciones –abuelo, padre y nieto- en busca de algo –un tesoro- que les haga entender a sus antepasados. La historia toma especial relevancia cuando sabemos que tiene tintes autobiográficos porque su autor, Danny Wattin, es uno de los protagonistas: pertenece a una familia judía que sufrió la persecución, la derrota y el exilio.
            La premisa, como decía antes, es un clásico de la literatura: el viaje físico que acaba convertido en un viaje vital, emocional y casi iniciático, es decir, en el que sus protagonistas aprenden a ver la vida de otra manera a raíz de ciertas enseñanzas. Ninguno termina siendo el mismo que empezó, porque esta experiencia los transforma, los hace mejores. Y si algo aprendemos nosotros tras leer este libro –de apenas 250 páginas- es que no podemos juzgar tan a la ligera las decisiones de los otros, no podemos condenar sus elecciones ni su forma de vivir. El autor, a medida que va componiendo su historia familiar, va rellenando el puzzle y va entendiendo las motivaciones de sus antepasados. Por ejemplo, en un pasaje de la novela él no entiende por qué tuvieron que cambiarse el apellido Isakowitz por el de Wattin y, ya de vuelta, comprende que lo hicieron por facilitarse la vida, por quitarse el estigma. Desde luego, y creo que nosotros no podemos imaginarlo a pesar de lo bien contado que está en este libro, es impresionante la sensación de desamparo y rechazo que sufrieron los judíos a mitad del siglo pasado con el Holocausto. Y eso deja poso en las generaciones siguientes, deja una sensación de no estar a la altura, de no ser merecedor de nada. Y es quizás éste uno de los principales logros de El tesoro de Herr Isakowitz.
            Decía al principio que, a pesar de la dureza de alguna de las historias, la novela está narrada desde un punto un poco naïf, como El niño del pijama de rayas o como la película La vida es bella. Todo parece tierno, con una inocencia pueril. El autor aprovecha el viaje para ir contándonos los episodios más difíciles de sus antepasados, y ellos son los verdaderos protagonistas de este libro. El estilo es sencillo, sin ningún alarde estilístico y con cierta tendencia a la ironía –a veces con más acierto que otras-. Y la relación del padre y el hijo, que ya queda claro desde el principio que se llevan regular, se hace a veces un poco pesada: “Quiero comer”. “¿Por qué quieres comer?” “Tengo hambre” “Siempre tienes hambre”. “¿Y qué?”. “Que siempre tienes hambre”… Todo demasiado tonto.
            El tesoro de Herr Isakowitz es una novela sobre la herencia genética, sobre la necesidad de poner en orden el pasado y saber de dónde venimos. ¿Sabes cuánto sufrieron tus antepasados? ¿Conoces sus sacrificios, sus renuncias o sus logros? Danny Wattin no se ha querido quedar con la duda y forma una historia autobiográfica de esa búsqueda, hace un ejercicio literario con una finalidad clara: saber quién es su familia. Y esta novela no puede entenderse sin el componente judío, es decir, sin el sentimiento de ese pueblo perseguido por los nazis. Sin el exilio. Sin la muerte. Sin el sufrimiento. El autor sabe abordar el tema con cierta gracia, con mucha ternura. Y a veces, créanme, lo que nos cuenta es tan brutal que uno sólo puede abrir la boca y seguir leyendo. Para esto sirve la literatura, para hacer alguna forma de justicia. 

sábado, 9 de julio de 2016

Las sombras de la memoria


Tras la muerte de su tía Lina, Maribel Ordóñez se siente más perdida que nunca. Hacía tiempo que esta joven cordobesa se sentía sola, desde que falleció su padre, a quien estaba muy unida. Al menos ha heredado la casa familiar, un lugar que la reconforta y donde habitan dulces recuerdos que la abrazan. Sus paredes parecen haber sido testigo de un centenar de vidas... Casas como estas suelen ocultar secretos del pasado. Curioseando en su nuevo hogar, Maribel encuentra varias obras de grandes artistas de la talla de Matisse o Picasso, así como cuadros que pintó su abuelo, Tomás Ordóñez, cuando vivía en París en los años cuarenta, que jamás hubiera imaginado que eran originales. Maribel acaba de abrir la caja de Pandora y los acontecimientos se precipitan. Cuando el experto al que acude es asesinado, ella se convierte en la principal sospechosa. Con la policía pisándole los talones, deberá descubrir la verdad acerca de las obras antes de que sea demasiado tarde.

La trampa de las primeras impresiones. Y lo peor es que siempre caigo. ¿Y cuál es? Pues que uno se hace una idea preconcebida y la asimila con tanta fuerza que, cuando se da cuenta de su error, tiene que hacer el terrible esfuerzo de quitársela y reemplazarla por la nueva. Algo así me ha pasado con esta novela, Las sombras de la memoria, a la que yo había metido dentro del grupo de las historias románticas y, cuál es mi sorpresa, que, cuando empiezo a leer, me doy cuenta de que es un thriller en toda regla. Uno de esos de acción, muertes, engaño y secretos antiguos. Sí, como los de Dan Brown, pero ambientado en Córdoba y escrito por una autora española, Mercedes Guerrero, que se revela como una gran conocedora del género y de los engranajes que se precisan. Las sombras de la memoria, publicada por DeBolsillo (Penguin Random House), parte de la siguiente premisa: joven hereda casa de su familia donde se esconden ciertos objetos que ayudarán a completar la historia de los antepasados y que, de paso, la pondrá en peligro y se saldará con una muerte (o con muchas).
            Sigo pensando en mi error. La catalogué como novela romántica, quizás por la portada (dulce e inofensiva) o por el título y, aunque tiene su poquito de amor, la maquinaria que la sustenta es el thriller puro y duro: asesinatos, robos, asaltos, traiciones y un catálogo de personajes lo suficientemente oscuros como para no fiarnos de ninguno de ellos, y cómo no, las tribulaciones de Maribel, la protagonista, que tiene una vida personal-emocional tirando a desastrosa. Las sombras de la memoria no aporta nada nuevo al género, pero, ojo, esto no es nada negativo: ¿Qué hay que aportar a un estilo que está consolidado y que ha demostrado con creces que funciona estupendamente y que tiene una legión de lectores fieles? Efectivamente: nada. Su ambientación en Córdoba es todo un acierto y da cierta cercanía, sobre todo a los lectores del Sur. En resumen, esta novela cuenta con tino la historia de un héroe por casualidad, de un personaje de a pie que, de buenas a primeras, debe sobrevivir a una organización sin escrúpulos, sin piedad y con unos intereses nada claros.
            Mercedes Guerrero, como decía antes, sabe cuál es la receta y la sigue a rajatabla, como una buena pastelera. La prosa, a pesar de cierta tendencia a lo poético o a lo barroco, es sencilla y asequible; la trama es una sucesión de giros más o menos inesperados, el misterio va deshaciéndose con una mesura calculadísima, y los personajes cumplen su cometido –el oscuro, el amigo, el protector, el incrédulo, el pesado-. Hay un par de escenas en las que dan ganas de zarandear a la protagonista porque no hace más que mentir a los que la protegen y ponerse más en peligro, actúa como una niña consentida. La historia, como decía, tiene también su toque romántico con esas frases de: “Quiero quedarme para siempre… Tengo que cuidar de ti", dice él. (pág. 304). Sí, necesito protección y compañía”, reconoce ella más tarde. (p. 312). Hay decisiones que he valorado muy positivamente porque le dan una dimensión diferente a la historia: se nota que la autora tiene un gran conocimiento del pasado cordobés y que ha elegido un asunto histórico que da mucho juego y que no es otro que el contrabando de obras de parte por parte de los nazis.
            Las sombras de la memoria es un thriller patrio, un ejercicio de entretenimiento cien por cien en los que se combinan los ingredientes imprescindibles del género: acción a raudales, misterio dosificado, giros de última hora y escenas de amor (del teatral, ése de las pelis románticas). Y encima, paseamos por Córdoba de la mano de una guía estupenda –la autora- y nos acercamos a un capítulo de la Historia interesantísimo con dos de mis asuntos favoritos: el arte y los nazis. La novela - funciona como un reloj y cumple, más que de sobra, su función de absorber al lector, que no puede levantar la cabeza de sus páginas.