sábado, 17 de septiembre de 2016

Me llamo Lucy Barton


En una habitación de hospital en pleno centro de Manhattan, delante del iluminado edificio Chrysler, cuyo perfil se recorta al otro lado de la ventana, dos mujeres hablan sin descanso durante cinco días y cinco noches. Hace muchos años que no se ven, pero el flujo de su conversación parece capaz de detener el tiempo y silenciar el ruido ensordecedor de todo lo que no se dice. En esa habitación de hospital, durante cinco días y cinco noches, las dos mujeres son en realidad algo muy antiguo, peligroso e intenso: una madre y una hija que recuerdan lo mucho que se aman.

Una habitación de hospital, dos mujeres y un abismo; poco más necesita la observadora escritora norteamericana Elizabeth Strout para retratar las laberínticas relaciones entre padres e hijos, para hablar de la jaula de la infancia y de eso tan terrible de querer estar siempre a la altura. ¿A la altura de qué? De lo que nos exigen los demás, la sociedad. Y así ocurre en Me llamo Lucy Barton, la última novela de la autora, publicada de forma exquisita por Duomo Nefelibata y donde todo es desconcertante y turbador, de un desasosiego silencioso, como la que debe sentir una presa que se sabe en peligro. La historia es, grosso modo, la siguiente: la joven Lucy, de unos treinta y tantos años, está ingresada en el hospital, sola. Su madre, a la que no ve desde hace tiempo, llega por sorpresa y la cuida durante unos días. Esas dos mujeres, sin confianza y con los afectos dormidos, intentan entenderse, buscar lo que tienen en común, justo como dos personas sordas que, en mitad de una habitación completamente oscura, intentan encontrarse con los brazos extendidos, tanteándolo todo, para saber que están acompañadas.
            Los niños, todos los niños, tienen una relación peculiar con los padres: crecemos y conformamos nuestro carácter por imitación o por rechazo. Y Lucy rechaza lo que ha sido porque los otros la marginan continuamente. Le han reprochado que era pobre, que era poco elegante, que era demasiado delgada, que no sabía nada. Y eso la tiene perdida. Ella, que creía que lo valioso era la sustancia, la valentía, se da cuenta de que no, de que los demás sólo quieren que encajemos en sus moldes. Fíjense, por ejemplo, en una conversación con la madre. Hablan de algo cutre, y ella, Lucy, le dice: “Eso es de gentuza”. Y su madre le responde: “Es que éramos gentuza”. Y esto marca su angustia, porque es de lo que ha intentado huir siempre. Nada parece especial en su vida, ni siquiera lo que debería ser sagrado: los afectos. Y Elizabeth Strout hace una radiografía magistral –sí, magistral- de ese vacío, de esa necesidad de agarrarse a algo, de la certeza de no poder cambiar lo que somos ni lo que hemos vivido. “Mamá, tú me quieres”. “Oh, vamos, Lucy, déjalo ya”. “Pero mamá, ¿tú me quieres?” “Cállate, no sigas con esas tonterías”.
            La prosa está al servicio del desasosiego. La protagonista, Lucy, que es a la vez narradora, es la encargada de contar su historia. Y es brutal el estilo, un estilo en apariencia descuidado, con repeticiones continuas y a veces caótico –a propósito-, pero que define muy bien al personaje, absorbente, hipnótico. ¡Qué pericia la de la autora de hacer que la palabra subraye la desesperanza! Lucy, que parece andar toda su vida sobre arenas movedizas, se siente apartada de su familia, de su marido –que apenas va a verla al hospital- y de sus hijas. La literatura parece salvarla, sólo eso. Recordar la hace feliz. Sentirse acompañada la hace feliz. Y presten atención a esas escenas metaliterarias con las que va trufando su historia: Lucy quiere escribir, y para conseguirlo, asiste a unas clases con la frágil novelista Sarah Payle, en las que decide escribir la novela que estamos leyendo y en la que asistimos a reflexiones tan estimulantes como éstas: “Todos tenemos una historia, una única historia que contamos continuamente”. Así resume la novelista la historia que estamos leyendo: “Es la historia de una madre que quiere a su hija. De una manera imperfecta, porque todos amamos de una manera imperfecta. Pero si mientras escribes esta novela te das cuenta de que estás protegiendo a alguien, recuerda una cosa: que no lo estás haciendo bien”. ¿No es maravilloso?
            Me llamo Lucy es la nueva novela de la autora de la genial Olive Kitteridge, Elizabeth Strout, que se revela como una gran observadora, como una gran retratista de los vacíos humanos, de las caídas libres. Ella es una maga, que puede mostrar y eludir, que sabe enseñar y ocultar, que habla y calla, todo por la historia y sus personajes. Lucy y la madre son, ella mismas, todas las hijas y todas las madres del mundo que construyen su amor sobre las decepciones y los engaños, sobre las tristezas; el problema es que su amor, el de las protagonistas, es frágil y rencoroso, volátil como la ceniza de un cigarro. Como ella dice en la novela, escribir es dar a conocer la condición humana, y Strout lo hace. Y de qué forma. A pesar de todo, nos regala la esperanza, nos invita a amar nuestra infancia. La novela te deja con un peso en el estómago, con las ganas de gritarle a tu madre: “Mamá, ¿tú me quieres?”. 

1 comentario:

  1. Sólo estoy viendo reseñas positivas de este libro. Cada vez le tengo más ganas.
    Besotes!!!

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