martes, 24 de noviembre de 2015

Y tú no regresaste


A los ochenta y seis años, Marceline Loridan-Ivens ha volcado en esta carta abierta a su padre un cúmulo de sentimientos profundamente arraigados desde su juventud, de los que ha si do incapaz de desprenderse durante toda una vida. «Tú podrás regresar, porque eres joven, pero yo ya no volveré.» Esta simple frase, que Marceline oyó de boca de su padre cuando eran deportados en el mismo tren al campo de Auschwitz-Birkenau en abril de 1943, quedó grabada en su memoria para siempre y es el origen de este relato extraordinario. La dramática lucha de una chica de quince años por sobrevivir en una situación que ha pasado a la historia como paradigma de la máxima depravación de la que es capaz el hombre queda plasmada con una voz asombrosamente desprovista de sentimentalismo y autocompasión. En su lucha imposible contra una fuerza aplastante, Marceline narra los hechos cotidianos con la frialdad y la distancia de quien, incluso después de setenta años, no puede permitirse ni siquiera el sufrimiento; de alguien que invirtió hasta la última fibra de su persona en un solo fin: salir con vida del infierno y honrar así las palabras de su padre.
 Y no es otro libro más sobre el exterminio nazi, sobre la gente-cadáver que malvivía (y malmoría) en los campos de concentración, sobre los buenos, los malos y los peores. No es una novela oportunista sobre lo mismo y los mismos, que sólo da vueltas a lo superficial, que se agarra a lo facilón. Y tú no regresaste, publicado por la exquisita Salamandra y escrito por Marceline Loridan-Ivens, es otra cosa, mucho mayor, mucho más hiriente y más terrible, porque es la carta que una mujer le escribe a su padre, junto con el que fue arrestada, torturada y humillada, por ser judíos. Ella tenía quince años, su padre, poco más de cuarenta. Ella pensó que la gasearían, su padre le hizo llegar una nota que decía: «Tú podrás regresar, porque eres joven, pero yo ya no volveré.» Ella regresó; su padre no. Es ésta la historia de una herida que sigue sangrando, de una despedida a destiempo, de un vacío constante y de una mujer que debe aprender a vivir de nuevo. Ella lo explica así: como haber estado en la oscuridad durante muchos meses, y tener que salir después a una luz cegadora y violenta ante la que una no puede abrir los ojos.
            Y tú no regresaste no tiene más de 100 páginas: son suficientes para conocer su dolor oceánico, para hacernos una idea de su calvario y de su vida, para notar cómo nos caen las lágrimas sobre las páginas. Sí, he llorado. Marceline Loridan-Ivens firma una novela sencilla, sincera y dura en la que se esmera en ese difícil trabajo que es hablar de uno mismo, y de sus cicatrices a través de esa carta que firma su padre y que se convirtió en un vaticinio. A través de los recuerdos, desordenados, libres, va hilando la historia de cómo era su vida antes del cautiverio, de cómo sobrevive y ve morir a cientos de personas, y sobre todo, de cómo se relaciona con su familia una vez que ella vuelve. Si algo nos enseña la autora es que los que experimentaron los campos de concentración tuvieron que aprender a callarse, a gestionar en soledad el infierno. A la gente no nos gusta tener al lado a alguien siempre triste.
            Hay algunos pasajes absolutamente escalofriantes en esta novela, desde la madre de la autora, que se cansa de la actitud de su hija y la obliga a olvidar, hasta la de sus hermanos –se suicidaron-, y en especial, el más pequeño, que nunca supo desprenderse de la rabia por ser ella la que había vuelto del campo de concentración y no su padre. Era tal el odio que le tenía que se tatuó las SS en el hombro, le dibujaba cruces gamadas en el buzón y la llamaba imitando la voz de los generales nazis diciéndole que la iban a matar o a mandar a otro sitio. ¡Es una de las cosas más espantosas que he leído en mi vida!
Tienen aquí, en Y tú no regresaste, un brillante ejercicio de memoria íntima. Los homenajes, los aplausos, las condolencias públicas están bien, sí, por qué no, pero los fantasmas se aparecen siempre en soledad y uno no tiene ayuda para luchar contra ellos. Marceline Loridan-Ivens comparte sus fantasmas con nosotros a través de una prosa lírica y asequible, absolutamente cautivadora, y sin ahorrarse sus quejas y sus incomprensiones. Esta historia, se lo advierto, tiene efectos secundarios y puede provocar ansiedad y pesimismo, desconfianza en el ser humano. La autora termina su libro preguntándose si mereció la pena haber sobrevivido a los campos de concentración. Espero que antes de morir, dice, la respuesta sea claramente un sí, porque ahora no lo tengo muy claro.
            Nada más que añadir. 

8 comentarios:

  1. La quiero leer en breve. Todo el mundo coincide en que en tan pocas páginas se concentra mucho. Estoy segura de que me gustará.

    Besos

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    1. Pues cuéntame después, a ver si coincidimos. Un beso fuerte.

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  2. Me dejas con ganas, que se ve de esas lecturas que dejan huella.
    Besotes!!!

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    1. De esas lecturas que te levantan el estómago porque eres incapaz de entender la maldad humana. Un beso!

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  3. ¡Holaa!
    Pues yo creo que voy a dejar pasar este libro aunque parece muy interesante, pero a mi el tema de los nazis no es que me encante y prefiero leer libros que me hagan disfrutar y se que con este... No voy a disfrutar mucho que digamos, mas bien voy a sufrir... Pero me alegro de que te haya gustado :)
    Un besooo

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    1. Jaja. Sí, éste es un libro de mucho sufrir, de dejarte con un poquito de congoja... Un beso.

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  4. Me ha dejado una profunda huella este libro. Genial. Un beso!

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